Homenaje póstumo
Casanova 71: una placa recuerda la finca natal de Oriol Bohigas y, a su manera, el lugar en que se gestó la Barcelona actual
Muere Oriol Bohigas, el amante de Barcelona
El placer de vivir 30 años en un 'bohigas'

Inauguración de la placa conmemorativa al arquitecto Oriol Bohigas en la calle Casanova, 71. / Manu Mitru

Barcelona, tan exasperantemente calmosa y descuidada a veces a la hora de rendir honores a quienes se desvivieron por ella, se ha demorado esta vez solo cuatro años y medio, poco tiempo, no está nada mal, en reconocer la figura de Oriol Bohigas. Una placa recuerda desde este sábado la casa en la que nació y en la que, en cierto modo, se esculpió lo que de mayor terminaría por ser, en realidad muchas cosas a la vez, arquitecto, concejal, editor, escritor, pensador, alguien siempre educadamente algo gamberro o, por resumirlo como lo ha hecho a menudo Juli Capella, un ‘noucentista’ tardío, pero “‘noucentista terrorista’”, que no es poca cosa. La placa, estrenada como corresponde con una pequeña ceremonia y con entrañables palabras, estaba previsto inicialmente que se estrenara muy simbólicamente el pasado 20 de diciembre de 2025, la fecha en la que habría cumplido 100 años, pero un tormentón aconsejó entonces posponer la fecha. Ha sido ahora, en presencia de Guim Costa, decano en funciones de los arquitectos colegiados, de Eulàlia Gómez Escoda, directora de la escuela de este gremio profesional, la ETSAB, y, por supuesto, de su familia.
Casanova, 71. Esa fue la casa natal de Bohigas. En esta ciudad se le asocia más a la plaza Reial, adonde, consecuente con sus ideas, se fue a vivir en los años 80. Dejó los algodones de su piso de Sarrià y se mudó a Ciutat Vella. Reivindicaba que los barceloneses no podían dejar caer el centro histórico de su ciudad y se trasladó a aquella plaza del Gòtic sur, que entonces era una suerte de prolongación del barrio chino al otro lado de la Rambla. Otros tiempos. Pero la placa está muy justificadamente en la calle de Casanova, no solo porque eso suele ser lo canónico (‘aquí nació…’), sino porque no es exagerado decir que, además, allí se plantó la semilla de la transformación de Barcelona.

La placa conmemorativa al arquitecto Oriol Bohigas en la calle Casanova, 71, en l'Esquerra de l'Eixample / Manu Mitru
Los obituarios que se le dedicaron a Bohigas cuando el 30 de noviembre de 2021, acompañado de los suyos y en la plaza Reial, dijo adiós a este mundo, hicieron hincapié en su polímata y fértil vida intelectual y profesional, pues fue tantísimas cosas que hasta era posible dejarse alguna fuera de la lista. Ahí están esas crónicas de hace cuatro años para quien las quiera releer. En muchas se le definía como el padre de la Barcelona postolímpica, y lo era. En otras se subrayaba lo polifacético de su herencia. Solo la de articulista, por citar un caso que parecerá menor, ya era envidiable, por lo que decía y, a menudo, por cómo lo decía. Nunca rehuía la controversia. En este diario se optó, en aquella sucesión de obituarios, por resumir la jornada de luto de otro modo, ‘Muere Bohigas, el amante de Barcelona’. Podría parecer, pues, que llegada la hora de inaugurar la placa apenas nada quedaba ya por decir. Una de sus hijas, Glòria, muy a lo Bohigas, desmintió meses atrás, en los días previos a la fallida colocación de la placa, que así fuera. Quedaba aún mucho por reseñar.
Invitó a adentrarse en los dietarios de su padre, publicados al completo en 214 bajo el título ‘Refer la memòria’, que, según se mire, es un magnífico libro de historia, perfecto, por ejemplo, para revivir lo que era ser un niño en la Barcelona de la infancia de su padre. Jugaban los críos a fútbol, recordaba Bohigas en sus dietarios, en el cruce de Consell de Cent con Casanova. “Los chicos montaban dos porterías con montañas de jerséis y abrigos y fabricaban una pelota con pedazos de papel y trapos viejos. El partido duraba horas y horas y solo se interrumpía pocas veces, cuando alguien veía llegar en la distancia un coche o un carro”. Pasaba el vehículo y retomaban el juego lanzando la pelota al aire. Desde los balcones, las madres avisaban cuando ya tiraban el agua al arroz o pedían que fueran a comprar algo al colmado, “un grito persistente y siempre desatendido”.

Oriol Bohigas, durante un acto de recuerdo de los JJOO. / RICARD CUGAT
Es muy interesante viajar en el tiempo a través de aquellas páginas. En la barbería de delante de su casa, a la que cada día 15 días le tocaba ir, leía Bohigas el ‘Papitu’ y alguna revista ilustrada mientras los encargados, Cipriano y Ciriaco, se enfrascaban en sus conversaciones, y así entró él en “las malicias de la marranada”, casi sin darse cuenta, con aquellas revistas que anunciaban en las páginas interiores “desnudos artísticos” o desvelaban la escandalosa relación que mantenían el presidente del Parlament, Joan Casanovas, y la artista de varietés Margarit Carvajal.
Eso, en cualquier caso, no es la semilla antes citada, la que quizá fue determinante para el futuro de la ciudad. Cuando aquello era el hogar de los Bohigas, la calle de Aragó, a media manzana, era una trinchera ferroviaria. El ferrocarril pasaba a cielo abierto y para ir de uno a otro lado de la calle había que pasar por el ‘pont del mico’, una pasarela a la que le pusieron ese nombre en el año del catapún por unos gitanos que allí se colocaban con su chimpancé amaestrado. Para Bohigas, la esquina de Casanova con Aragó era la frontera a partir de la cual comenzaba la desurbanización del Eixample, algo que años después, como es sabido, revirtió, allí y, sobre todo, en otros barrios de la ciudad.
El otro recuerdo que podría ponerse en la balanza para comprender el adulto que un día llegaría a ser Bohigas está fechado en los años del plato único y los cupones de racionamiento. “Las dificultades eran evidentes, pero mis padres se esforzaron para que un cierto nivel cultural de nuestra familia apenas se desgastara”. Fue, sin duda, una sabia elección. Sigue siendo un buen consejo.

Oriol Bohigas en su piso de la plaza Reial. / JULIO CARBÓ
Entre quienes han participado en el homenaje hay que destacar, además de a sus familiares, a Juli Capella, que trabaja ya, cara al 2027, en un año dedicado al legado de Bohigas. Le tuvo como profesor en su día, pero entonces no supo ver su escala como docente. Fue uno de los alumnos que, en una protesta estudiantil, participó en el tapiado del despacho de Bohigas, un pecado de juventud del que exactamente no se arrepiente (qué menos que tapiar una puerta siendo estudiantes de arquitectura, peor habría sido si lo fueran de medicina forense), pero con el paso de los años terminó por reconocer que si algo era aquel hombre era un cóctel de riesgo, innovación e ideas claras.
Y también ha participado en el homenaje alguien que, en cierto modo, debería ser considerado parte de la familia, Costa, decano en funciones del colegio profesional de los arquitectos catalanes (COAC), no por el cargo que ocupa, sino porque su familia fue otra de aquellas que en su día creyó que para remontar la plaza Reial, en plena caída libre, había que quererla, tanto como para ir a vivir allí. Tenían los Costa un piso justo encima del de Bohigas. Trabó el hoy decano una buena amistad con uno de los hijos de Bohigas, Josep. Aún perdura. El caso es que, aunque fuera de esa forma tangencial, Costa terminó por formarse una opinión propia sobre quién era aquel hombre. Era, dice, alguien que jamás buscó el aplauso en ninguna de las facetas profesionales que cultivó, ni como arquitecto ni como editor ni como político, por citar tres de sus facetas, buscó el aplauso internacional. El único examen que deseaba aprobar era aquel al que le sometían los propios barceloneses, los vecinos de la ciudad que transformó. En ese sentido, la placa ahora colocada es una póstuma matrícula de honor.
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