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Calle París, 203

La Barcelona de Opisso, el artista que renunció a Gaudí, la exposición más oportuna para el centenario del arquitecto modernista

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Jordi Clos, junto a una parte ínfima de su vasta colección de obras de Ricard Opisso.

Jordi Clos, junto a una parte ínfima de su vasta colección de obras de Ricard Opisso. / FERRAN NADEU

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Carles Cols

Carles Cols

Barcelona
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A menos de un mes de que Barcelona, en modo aluvión de actos, conmemore el centenario de la muerte de Antoni Gaudí (un tranvía le atropelló el 7 de junio de 1926 y murió en la cama del hospital tres días más tarde) quizá sean estos días que faltan la ocasión perfecta para volver la vista a una de las exposiciones permanentes más interesante, desconocida y oportuna del Eixample, la que atesora el hotelero, mecenas y egiptólogo Jordi Clos en la planta baja del Hotel Astoria, más que nada porque exhibe ahí medio millar de obras de Ricard Opisso (1880-1966).

¿Por qué esa colección cobra ahora una relevancia especial? Primero, porque la obra de aquel superdotado pintor y caricaturista es una ventana a la Barcelona de hace un siglo mejor incluso que cualquier fondo fotográfico de la misma época. Y, segundo, porque Opisso hizo lo que nadie, ni entonces ni parece que ahora, se atrevió a hacer, “mandar a hacer puñetas a Gaudí”, gruesa expresión que, sin duda, requiere ser contextualizada y así se hará a continuación.

La faceta de Clos como egiptólogo es frecuentemente subrayada, pues a menudo su museo de la calle de València incorpora notables piezas y, sin ir más lejos, en septiembre tiene prevista la inauguración de una sala inmersiva, de aquellas que con gafas 3D permiten teletransportarse a cualquier otro tiempo y lugar, que parece que será sensacional. La cuestión es que por las mismas fechas, segunda mitad de los años 60, en que Clos, en un viaje como mochilero, adquirió su primera estatuilla del reino del Nilo, compró también su primer ‘opisso’. Se lo vendió el hijo del artista. Ya no pudo parar. Son cientos los originales que hoy se exhiben en el vestíbulo, la cafetería, el salón de té y hasta en los pasillos del Astoria.

Tres marineros de permiso en la Barcelona de principios de siglo.

Tres marineros de permiso en la Barcelona de principios de siglo. / FERRAN NADEU

Las fotografías anteriores a ese 1926 en que murió Gaudí raramente retratan el aire de la Barcelona de entonces, primero porque no era una herramienta al alcance de todos los bolsillos, pero, sobre todo, porque fotógrafos como Joan Colom o Francesc Català Roca, maestros en retratar el ‘zeitgeist’ local, no nacieron hasta principios de los años 20. Opisso ejerció esa valiosa tarea antes que ellos.

En 1928, con motivo de una exposición retrospectiva sobre su obra, el periodista Màrius Aguilar, encargado de reseñar aquella muestra, escribió: “Cuando en tiempos venideros se quiera conocer la Barcelona de hoy, habrán de consultarse los dibujos barcelonísimos de Opisso, tal como hoy para conocer -por ejemplo- la Francia de la Revolución consultamos los grabados y dibujos de Duplessis-Bertaux, Moreu el joven, Cochin, Boilly, Sant-Aubil, Graveloy y Watteau de Lille”. Solo por aquel vaticinio de Aguilar ya merecería la pena visitar hoy la colección de Clos sobre Opisso, pero, lo dicho, está de fondo el telón del centenario de Gaudí, y eso es un aliciente incuestionable.

Un dibujo de Opisso, de la colección del Hotel Astoria.

Un dibujo de Opisso, de la colección del Hotel Astoria. / RICARD OPISSO

Opisso llegó a Barcelona, procedente de Tarragona, con dos años de edad. Que era talentoso para el dibujo y a la par mal estudiante es un detalle biográfico común en tantísimos otros artistas. En su caso, lo singular, es que con seis años su tío Pepe se lo llevaba al atardecer a un cabaret entonces de moda, el Edén Concert, en lo que hoy es la calle Nou de la Rambla, y con siete, pintaba de memoria en casa los muslos de las artistas para escándalo de su madre. El remedio fue, cumplidos los 12, que su padre le encontró un empleo como chico para todo de Gaudí en la Sagrada Família.

Esa relación entre maestro y aprendiz duró 11 años. Es interesante imaginar la situación. En las horas laborales en el templo, Opisso estrangulaba las lagartijas que después servirían de molde para esculpir esculturas, daba de comer a las aves del corral que sufrirían la misma suerte, prestaba su propio cuerpo para que, cubierto de yeso, inspirara la figura de unos de los ángeles de la Fachada del Nacimiento (y por poco no sobrevive para contarlo), pero fuera del laburo se dejaba seducir por la entrepierna de Barcelona (vamos, los antros del barrio chino) y, sobre todo, con Miquel Utrillo como embajador, comenzó a cultivar una buena relación con los artistas que se reunían Els Quatre Gats. Que tenía un don para el dibujo era tan evidente que desde París, Pablo Picasso, al que conoció y retrató varias veces, le decía que si de verdad quería salvar su alma, tenía que “enviar a Gaudí y a la Sagrada Família a hacer puñetas”.

Toulouse-Lautrec, dibujado por Opisso.

Toulouse-Lautrec, dibujado por Opisso. / RICARD OPISSO

Tardó, pero lo hizo. La gota que colmó el vaso la contó en su día su hijo. El arquitecto le dio un sobre con dinero para que comprara los billetes de un camarote para viajar a Palma de Mallorca. Quería que le acompañara para zanjar unos detalles de las vidrieras de la catedral isleña. Opisso le preguntó a Gaudí si reservaba también un par de habitaciones en una pensión u hotel. Le respondió que no, que se alojarían en casa del obispo. Metió el dinero de nuevo en el sobre y le encargó a un muchacho que se lo llevara a Gaudí de vuelta. Puso así punto y final a su relación con el genio de Reus, al que, eso sí, dibujó ya cadáver, una obra que, por cierto, Clos desdeñó adquirir para su colección. En verdad, desentonaría.

Un cartel de publicidad, otro de los géneros que cultivó Opisso.

Un cartel de publicidad, otro de los géneros que cultivó Opisso. / FERRAN NADEU

Lo que se exhibe preciosamente en el Hotel Astoria es una cosecha rica y variada de obras, nada extraño si se tiene en cuenta, como recuerda Clos, que Opisso a veces pagaba el almuerzo en los restaurantes de la ciudad con un dibujo a vuelapluma. Hay ahí, por supuesto, caricaturas de las que publicó en las revistas satíricas de la época, retratos de sus conocidos (congenió mucho en París con Toulouse-Lautrec, más que con Picasso), escenas costumbristas, postales de multitudes (en eso era, además de muy bueno, muy pillo, porque el editor de L’Esquella de la Torratxa pagaba a tanto el personaje) y, en definitiva, lo dicho, una radiografía en alta definición de la Barcelona de su tiempo, más canalla que beata.

Sirve eso último para recomendar por último un detalle de la colección del Hotel Astoria que no debería pasar inadvertido para los mayores de edad y, de paso rememorar una anécdota sensacional.

Lo primero es que entre los cientos de cuadros de la exposición hay media docena que aparecen cubiertos con una advertencia, vamos, con algo así como la versión analógica de esas advertencias que en Instragram ocultan las imágenes que puede herir algunas sensibilidades. Opisso recibió en algún momento de su vida la tentadora oferta de subir el tono que ya se intuía en algunas de sus obras, dicho de otro modo, adentrarse directamente en el porno. Lo hizo. De una forma muy original, Clos ha puesto una puerta a esos cuadros. Como le dice Drácula a Jonathan Harker en la novela de Bram Stoker, hay que entrar ahí libremente, por propia voluntad. Quedan advertidos.

Jordi Clos observa una de las obras de Opisso con medio pie en el erotismo.

Jordi Clos observa una de las obras de Opisso con medio pie en el erotismo. / FERRAN NADEU

La cosa es que ese barniz de voluptuosidad estuvo presente muy a menudo en otros trabajos de Opisso, como si esas tardes con el tío Pepe en el Edén Concert hubieran dejado una huella indeleble. Fue por eso que en el mercado dominical de los libros de Sant Antoni sucedió un día algo digno de una película de Luis Buñuel. Lo contó el crítico de arte Josep Maria Cadena en uno de los libros que ha dedicado a estudiar la obra de Opisso.

Llegó un hombre a un tenderete y preguntó si tenían ejemplares de ‘Papitu’, una de las publicaciones en las que colaboró el artista. Tenía que ser, claro, un número antiguo que incluyera un ‘opisso’ entre sus páginas. Tras un fallido regateo por el precio, pagó el precio de salida, aunque le parecía caro para lo que a continuación iba a hacer. Lo rompió en mil pedazos delante del vendedor y le dijo que regresaría el próximo domingo a por otro y con idéntica intención. Era la particular penitencia que se había impuesto porque las mujeres que dibujaba Opisso le hacían pecar de pensamiento. A ver qué otro artista es capaz de superar eso.

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