Un 'impuesto' finalista
El Hospital de Sant Pau recuerda, en su 625 cumpleaños, sus siglos de idilio con el Teatre Principal
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La reliquia laica de un mártir de la radiología que atesora Sant Pau

La Rambla, centro de la vida social, en parte gracias a la presencia de la entonces majestuosa fachada del Teatro Principal. / AGDB

Ha tenido a bien el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, al soplar las velas de su 625 aniversario, no olvidarse del que fue su más singular compañero de viaje desde finales del siglo XVI, el Teatre Principal, porque durante dos siglos fue una de sus fuentes de financiación. Bajo el reinado de Felipe II y gracias a la buena voluntad del capitán general de Catalunya Fernando de Toledo, los administradores del hospital desbordados por el descuadre de sus cuentas que ocasionaba la atención de los barceloneses sin recursos para pagarse un médico obtuvieron el monopolio de las representaciones teatrales en la ciudad. Parte de los ingresos de cada representación fue a parar así a las arcas del hospital. Ese pasado y, también, lo que vino después, la guerra (nunca tan bien dicho) tras bambalinas entre el Principal y el Liceu han sido rememorados esta semana de la mano de tres inmejorables ponentes.
Que una institución cumpla 625 años no está al alcance de cualquiera. Muchas dinastías monárquicas se conformarían incluso con menos. Por eso, por la perspectiva que da el tiempo y la edad, los responsables de la gestión del Recinto Modernista de Sant Pau están dedicando con calma este 2026 a celebrar su aniversario con lo que podría calificarse con la fiesta de cumpleaños más larga del mundo, como mínimo del hospitalario. Tras el verano, por ejemplo, el recinto tiene previsto contar y exhibir cómo se ha terminado por atesorar una interesante colección de pintura barroca, una etapa artística poco común esta ciudad. El pasado miércoles al atardecer, por el momento, fue el turno de ahondar en esa relación entre la medicina y las comedia.

La distribución de palcos y asientos preferentes, con los apellidos de cada familia. / AGDB
Los encargados de refrescar la memoria fueron, lo dicho, tres. Antoni Ramon Graells, arquitecto especialista precisamente en teatro, invitó a reconsiderar la historia del crecimiento urbanístico de Barcelona desde una perspectiva inédita. Los teatros, dijo, han sido pioneros en la conquista de las nuevas tierras. Fueron los primeros en asentarse en el paseo de Gràcia cuando cayeron las murallas de Barcelona, aunque muchos después desaparecieran, y fueron también la avanzadilla que dio forma al Paral·lel cuando esa avenida fue llamada a coser los barrios de la montaña de Montjuïc y los de la ciudad antigua. Incluso el telón del Teatre Nacional se levantó en Glòries mucho antes de que la plaza se convirtiera en lo que es hoy. Y esa misma función ejerció en la parte baja de la Rambla el Principal cuando por primera vez se representaron obras bajo techo en esta ciudad. La historia de Barcelona y sus teatros es larga y extensa y, para saber más, no hay más que esperar hasta el próximo 28 de mayo, porque se inaugurará ese Born una exposición comisariada precisamente por Ramon. Solo a modo de anécdota, aquel magnífico edificio de hierro, obra de Josep Fontseré, estuvo a punto de ser demolido hace ahora 50 años y fue una obra de teatro la que lo salvó. Fue un desopilante Don Juan Tenorio que los contrarios a aquel pretendido atentado patrimonial organizaron con gran éxito de público lo que evitó la catástrofe. Ramon estuvo ahí.

El Teatre Principal, nada menos que con Tórtola Valencia en cartel. / AGDB
Desde Elche y para el aniversario del Hospital de Sant Pau vino el filólogo Biel Sansano, profundo conocedor de la escena catalana, pero no la actual, sino la de los últimos siglos. De Sansano hay que subrayar que tiene en su currículum una gesta que ninguna sala de neonatos superará jamás. A principio de julio de 1939, Josep Artís Balaguer (1875-1956), historiador, periodista y, ya puestos, padre de Sempronio, puso el punto final a un manuscrito en el que, tras meses de investigación, relataba la historia del teatro catalán, con reveladores datos, cómo no, del teatro principal. La Guerra Civil complicó sobremanera el parto editorial de aquel libro, tanto que no ha sido hasta muy recientemente que, gracias a Sansano, 85 después, ha podido salir de la incubadora.
Más allá de celebrar la publicación del libro por parte de la Universitat d’Alacant, Sansano fue el encargado de ofrecer un punto de vista, como mínimo, seductor. ¿Por qué? Preguntado de otro modo, ¿era el privilegio de las representaciones de teatro algo más que una manera de pagar las facturas del hospital? A su manera, sí. Las entradas que los espectadores pagaban no incluían IVA, por supuesto, pero parte del precio equivalía a un par de avemarías y tres padrenuestros, por decirlo de algún modo. El teatro era un placer, transgresión a veces, relatos poco edificantes… Que con la entrada se financiara la caridad era, a ojos de la Iglesia, una solución aceptable a ojos de Dios.

Postal de las 'Bellezas de Barcelona' dedicada al Teatre Principal. / AGDB
El tercer ponente de la jornada fue un flamante doctor por la Universitat Autònoma de Barceloa, que la semana pasada obtuvo ese título por una tesis titulada ‘La Casa de Comèdies de Barcelona, el lloc del teatre: estudi documental per a la representació 1597-1787’. Marc Adan ha ‘reedificado’ documentalmente el Teatre Principal desde sus más primitivos orígenes, un lugar donde, por cierto, en una primera etapa tenían vetada la entrada a las mujeres. Cuando se accedió a subsanar ese disparate, el remedio fue que, a través de una escalera distinta, accedieran a la parte alta de la sala, que por eso y despectivamente pasó a ser llamada el gallinero.
Abordó Adan, como sus compañeros de mesa, la más que difícil relación que el Teatre Principal tuvo a partir de 1847 con el recién estrenado Liceu. Aquello dividió a los barceloneses más allá del sentido común, como si hoy en día llegaran a las manos los defensores del Lliure y los del Teatro Nacional. Pero así fue. Sucedió. Solo un año después de la apertura del Liceu, por ejemplo, el alcalde de Barcelona recibió una dolida carta de parte de los responsables del Principal, porque en el nuevo coliseo operístico de la ciudad se aprovechó el estreno de una obra para ridiculizarles.

La comedia en dos actos de Pitarra, de 1865, sobre la mala vecindad entre el Teatre Principal y el Liceu. / Biblioteca de Catalunya
Recordó Adan que tan en boca de todos estaba el choque de pareceres en la calle que Frederic Soler ‘Pitarra’ adaptó la trama de Romeo y Julieta en ‘Liceistas y Cruzados’, para el caso, los capuletos y montescos locales. A la hija de Don Ambrós, irreductible defensor del Teatre Principal, no se le ocurre otra cosa que enamorarse de Lluís, hijo de una saga liceísta, que por amor llegar a aprenderse las obras que en su casa están prohibidas.
Como fiesta de aniversario, las cosas como son, la del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau no tiene igual.
La mayor parte de las imágenes de este artículo, muchas inéditas, proceden del Archivo General de la Diputación de Barcelona, en pleno proceso de digitalización).
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