València, 284
El Museu Egipci, que mostrará "cosas maravillosas" en septiembre, afianza su éxito en el público joven
La biblioteca del Museu Egipci atesora un ejemplar completo del maravilloso (y maldito) libro que desató la egiptología
El Museu Egipci festeja, con hitos 'piramidescos', sus primeros 30 años de legado a Barcelona

Jordi Clos, fundador del Museu Egipci de Barcelona, junto a uno de los sarcófagos de su colección. / JORDI COTRINA

El Museu Egipci de Barcelona, que para septiembre promete “cosas maravillosas” que (la cita es suya, en 1922) le hubieran encantado al mismísimo Howard Carter, acaba de certificar con una encuesta lo que ya sospechaba. La mitad de sus visitantes tiene entre 18 y 40 años. Es un museo contracorriente. Su colección, de unas 1.400 piezas en su sede de la calle de València, pertenece a una de las civilizaciones más ancianas y despierta el interés del público joven. Ya quisieran eso otras salas de exposiciones y museos. Hacía más de 10 años que no realizaba el equipo que dirige Maixaixa Taulé una encuesta pormenorizada sobre las edades y procedencias de sus visitantes y, con los resultados en la mano, Jordi Clos, no solo dueño de la colección, sino el mecenas que personal y presencialmente ha adquirido todas y cada una de piezas, comenta los resultados y, de paso, algunos de sus trucos.
La franja de edad más nutrida es la de los visitantes de entre 18 y 29 años. Son un 27,3% del total. Vienen después los que tienen entre 30 y 39 años. Son el 23%. Esos dos grupos superan por tres décimas la mitad del total de entradas vendidas. Es curioso, y podría decirse que atípico, que los mayores de 66 años sean solo el 10,7% de los visitantes cuando, por peso demográfico, comienzan a ser legión en las estadísticas y son también voraces consumidores de actividades culturales en esta ciudad. Uno de los secretos para que el público del museo se acerque más a la edad en que murió Tutankamón (19 primaveras) que a la del gran Ramsés II (90 años) es, dice Clos, la insistente campaña que el museo lleva a cabo desde hace años para llevar la egiptología a las escuelas. Bueno, en realidad, para que las escuelas viajen hasta València, 284, con salidas becadas por la propia institución si es necesario, y dejar allí boquiabiertos a no pocos niños. Una de las actividades que nunca falla es el ‘desembalsamado’ de una momia, un maniquí, por supuesto, pero ese viaje inverso al que los egipcios realizaban tras morir puede que no tenga rival en otros museos.
En cifras redondas, unos 35.000 alumnos han pasado por el allí, sobre todo de Barcelona y su corona metropolitana, pero los ha habido incluso de Andorra. Es ese, desde la perspectiva de Clos, el momento de sembrar. Una parte, pequeña pero importante, de esos visitantes menores de edad (vamos, que ni siquiera computan en la estadística que encabeza el texto) terminan por inscribirse como miembros del club junior. Es un reto. Los que completan siete actividades adquieren el grado de guías junior. “Alguno de ellos es hoy profesor de egiptología en la Universitat de Barcelona”, celebra Clos.
Hace un mes, aunque solo sea por buscar una interesante comparación, la Sagrada Família presentó su memoria de resultados de 2025 y (ya no es una sorpresa) constató que los estadounidenses son la principal porción del pastel de sus visitantes, que en segundo lugar están los españoles (proporcionalmente pocos barceloneses entre ellos) y que el tercer lugar del podio lo ocupa el público procedente de China. Nada que ver con lo que sucede en el Museu Egipci. Un 30,6 de los visitantes son vecinos de Barcelona y un 29% es extranjero, y, por orden, dentro de ese segundo grupo, sobre todo italianos, franceses, británicos, portugueses, alemanes y polacos. Entre los visitantes llegados del resto de España (un 9%) llama la atención un detalle: encabeza esa lista, nada extraño, el visitante de Madrid, (13,7%), pero a la segunda posición escala una de las comunidades autónomas menos pobladas, La Rioja, que no llega a los 325.000 habitantes. Aporta al museo un 12,6% del público de fuera de Catalunya, por delante, por ejemplo, de Andalucía. (11,6%).
Fue en 1968 cuando vez Clos, con mochila y justo de presupuesto, nada que ver con el empresario hotelero que es hoy, visitó por primera vez Egipto. Regresó, tras varios días de regateo y porque el anticuario se apiadó de él, con la que sería la primera pieza de su colección. Pagó por ella lo poco que le quedaba en el bolsillo. Comenzó así su andadura como un dignísimo heredero de Eduard Toda (1855-1946), el gran pionero de la egiptología en este país, algo que es digno de elogio porque, a poco que echa la vista atrás, queda claro que la relación de España con Egipto ha sido siempre remota, nada que ver con la de Francia e Inglaterra, que dirimieron allí parte de sus guerras a principios del siglo XIX, o Alemania, que hizo lo mismo en el XX. Esa falta de un pasado común, sin embargo, no ha impedido que la egiptología haya tenido siempre un tirón inigualable, por Lord Carnavon o por el cine, tanto da. Es un experimento interesante ir a una librería con una buena oferta de historia y buscar la estantería en la que se exhiben los ensayos y la literatura dedicados a los iberos, la cultura autóctona. A veces no son ni dos palmos de lomos de libros. Tras esa primera comprobación, basta con repasar la biblioteca a la venta que está nada más entrar en el Museu Egipci, antes de la taquilla. Es una cornucopia de obras, una dieta de títulos que hasta puede llegar a sorprender. ‘La lactancia en el Antiguo Egipto’. ‘El préstamo en el Antiguo Egipto’. ‘La vida amorosa en el Antiguo Egipto’. ‘Las enseñanzas de Ptahhotep’, imprescindible si de repente los viajes en el tiempo no fueran científicamente inviables y uno aparece de repente en Tebas o Alejandría y no sabe cuáles son los usos sociales para pasar inadvertido. Por haber, hay en esa lista de libros a la venta un tratado sobre qué papel tenía el cerdo en aquella sociedad.

Jordi Clos, junto un fragmento de la tumba de Iny. / JORDI COTRINA
El caso es que desde que abrió sus puertas, la colección de Clos ha sido conocida, cara a cara, por unos seis millones de personas, una cifra que incluye el público de las aproximadamente 120 exposiciones itinerantes que han ido de gira por España y por el extranjero. No está nada mal. Pero, lo dicho al principio, en septiembre habrá maravillosas novedades. Trabaja el museo para ofrecer a los visitantes lo que Rachel Weisz experimentó en la segunda entrega de la saga de ‘La momia’, pero sin necesidad de tener sus más y sus menos con la temible Anck-Su-Namun. Sí, será una experiencia de realidad virtual, de una fidelidad inobjetable, y con un protagonista que es un viejo conocido de la casa. En 1991, Clos pujó en la sala Sotheby’s de Londres por un fragmento de la tumba de Iny (2236-2290 a.C), hombre de confianza de tres faraones de la VI dinastía (Pepi I, Merenre I y Pepi II) y, según su propia hagiografía, pieza clave de la expansión comercial con los países vecinos durante aquel periodo. “He sido un hombre muy importante. Todo lo he hecho bien. Desde los tiempos del gran explorador de la época de Izezi, nadie ha hecho las cosas tan bien como yo”. Eso cuentan los jeroglíficos que atesora el museo y, al parecer, no mentía Iny cuando presumía se haber sido el almirante de tres expediciones navales a la costa este mediterránea para regresar con oro, plata, lapislázuli, aceite, plomo y estaño. Lo que jamás imaginó aquel diplomático y explorador fue que fragmentos de su tumba viajaran algún día a mundos entonces desconocidos, porque los hay hoy en Japón y en Estados Unidos. Y en Barcelona. Los de la colección Clos.
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