Éxito deslucido
Los motoristas invaden la pacificación de los Jardinets del Passeig de Gràcia
Numerosos conductores usan la zona peatonal para llegar a la Diagonal sin rodeos
La reforma de los Jardinets del paseo de Gràcia encandila y, de paso, realza su novelesca historia escultórica
Barcelona empieza a multar por aparcar motos en aceras en estas calles y plazas

Un motorista cruza de cabo a rabo la zona peatonal de los Jardinets dels Passeig de Gràcia. / JORDI COTRINA

La reforma de los Jardinets del Passeig de Gràcia (a los que nadie se refiere por su verdadero nombre, Salvador Espriu) fueron reurbanizados con gran acierto hace menos de un año (basta ver su uso cotidiano para concluir que han gustado) y, no obstante, sufren una enfermedad congénita desde el primer día: con la frecuencia de un grifo que gotea y perturba la paz, los motoristas utilizan la zona, clarísimamente peatonal, para circular en dirección a la avenida de la Diagonal.
Es otra batalla perdida antes de comenzar, y van… Los hay que, conscientes de que desobedecen las señales, lo hacen despacio. Otros, no, incluso a velocidades incompatibles, por ejemplo, con la presencia de niños que juegan a la salida del cole o con gente que simplemente pasea (como corresponde) sin prestar atención a un tráfico que no debería existir.
La mayoría de los motoristas acceden a esa zona de paseo desde la calle de Sèneca, que ya tiene su qué, pues a ese filósofo de los primeros años de la Roma imperial se le atribuyen esas tres palabras que resumen la historia de nuestra especie, ‘errare humanum est’.

Otra motocicleta, por la misma zona peatonal / JORDI COTRINA
Justo en la boca de esa esquina está la más inequívoca de todas las señales de tráfico, un círculo redondo sobre un fondo blanco. Sin conocerla no se obtiene el permiso para manejar vehículos. Es la de circulación prohibida. No hay más tutía. Si de un juego de cartas se tratara, esta señal ganaría, pongamos por caso, a la de dirección prohibida, toda roja con una franja blanca. Circulación prohibida es sencillamente que es una calle o zona por la que no se puede rodar a motor.
A su lado hay otra señal. Es la que subraya, además, que esa es una zona en la que está prohibido también aparcar. Con contadísimas excepciones en algún momento del día, al menos esa se respeta, nada que ver en esos jardines, pues, con la campaña recién iniciada por el Ayuntamiento de Barcelona en Sants para expulsar motos de las aceras por las reiteradas quejas de los vecinos. De acuerdo, no se aparca, pero el problema, aunque distinto, no es menos grave.

Un motorista, algo inusual, respeta las señales y baja de la moto para recorrer la zona peatonal. / JORDI COTRINA
En la zona peatonal de Jardinets no se ha articulado aún un enfado asociativo por el paso de motos. Cierto. Nadie ha recogido firmas contra los motoristas, no hay cartas al director, apenas nadie recrimina a los incívicos su descaro… El motivo es, quizá, porque hasta hace bien poco por ahí, antes de las obras, sí podían circular coches y motos en sentido mar. Desde que se reurbanizó la zona, no. En la práctica, la sorpresa debería ser la misma que si las motos circularan por mitad de la plaza de Catalunya o por el paseo central de la Rambla de Catalunya.
No sucede. Un niño, que tendrá unos tres años, juega con una pelota con su padre. La maneja aún muy torpemente, pero toda su atención está fija en el balón. Se acerca una moto. No reduce la velocidad. El padre aparta a su hijo. No le recrimina nada al motorista. Debería. Más tarde sí lo hace un hombre, setentón, tal vez, que va camino de uno de los bancos. El motorista no se inmuta. Se enseñorea de toda la zona peatonal hasta llegar a la Diagonal. Y así cada día.

Una señal modificada por Clet Abraham en Gràcia, en 2013. / DANNY CAMINAL
En 2013 visitó Barcelona el artista Clet Abraham. Puede que haya regresado alguna vez, pero no hay constancia mediática de ello. El lienzo sobre el que trabaja son las señales de tráfico. No las daña. No las pinta. Viaja con unos adhesivos que previamente ha impreso en su taller de Florencia. Los pega sobre las señales y el resultado siempre suele llamativo, una suerte de chiste mudo.

Otra intervención de Clet Abraham en 2013. / DANNY CAMINAL
Cuando hace 13 años dejó su huella en el Born, Gràcia y Poblenou, solo los observadores más atentos pudieron disfrutar su arte. Fue un paso casi invisible del que un fotógrafo del diario, por suerte, dejó constancia, porque lo que demostraron aquel par de jornadas o más en las que Clet estuvo en Barcelona fue cuán poca atención se presta en esta ciudad a las señales. Los hábitos pesan más que la señalización y, lo peor, esos hábitos o costumbres echan raíces en poco tiempo. Así ha sucedido en los ejes verdes del Eixample (no está de más recordar una vez que hay unos horarios de carga y descarga que no se respetan) y, visto lo visto, en los Jardinets del Passeig de Gràcia.
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