1917-1923
Un asesinato cada cinco días: los cinco años del pistolerismo barcelonés revisitados en un libro sin igual
El Eixample de antes y el desaparecido, eterno gracias a Efadós
Ascenso y caída de Barcelona de una ciudad que se atrevía con todo y no midió sus fuerzas
Los violentos años 20 de Barcelona en la gran pantalla
Barcelona antes de las pistolas, una ciudad de bombas

Un somatén armado en la Gran Via, escena cotidiana en los años del pistolerismo. / BRANGULÍ /ANC

El Eixample de Ildefons Cerdà, con sus calles de 20 metros de anchura, con sus hileras de plátanos perfectamente alineados, con esas fachadas de arquitectura ecléctica pero siempre interesante, vamos, un paisaje ordenado, la antítesis del caos, tuvo cinco años en que fue un ‘far west’, en los que la presencia de armas, para intimidar y si era necesario para disparar, fue habitual. Uno de los últimos éxitos editoriales de Efadós, con una portada que quita el hipo nada más verla, rememora como nunca antes se ha hecho lo que sucedió en Barcelona entre 1917 y 1923, los años llamados años del pistolerismo, cuando sindicalismo y empresarios dirimían sus diferencias a tiros. Los primeros con pistolas Star; los segundos, con Browning, que no empuñaban ellos mismos, claro, sino sus matones a sueldo.
Murieron solo en aquel lustro, en ese violento choque de pareceres, 424 personas, una cada cinco días. La prensa no daba abasto y, sin embargo, es un periodo literaria y cinematográficamente apenas exprimido. El pistolerisme a Barcelona, laberint de sang i plomrevisita con luz nueva lo sucedido.
El libro es un trabajo al alimón de David Revelles y Jesús Martínez, y, por supuesto, no pone el foco solo en el Eixample, pero centrar la lupa en ese distrito es una manera de acercarse a su contenido. Quizá unos ejemplos, por el brutal contraste entre el ayer y el hoy, sirvan para comprender la razón de esa manera de aproximarse.

Portada entre satírica y preocupada, cinco días después del crimen del 'music-hall' Pompeya. / L'ESQUELLA DE LA TORRATXA
Calle de Sardenya, 196. Allí se pueden tomar hoy unas clases de ‘hip hop’ y otros tipos de danzar urbana, pero el 12 de julio de 1919 en ese mismo lugar terminó fatal el intento de detención del militante anarquista Elías García. Murieron un guardia civil y un sereno, Ricard Baró y Ramón Menau. No solo logró García escapar, sino que en 1933, según su intermitente biografía, fue profesor de geografía de hijos de familias acomodadas de León, algo que compatibilizaba, qué curioso, con una fecunda labor como escritor de ensayos libertarios.
Pau Claris con Aragó. Es una esquina que basta con cerrar los ojos para tenerla presente. Para un par de generaciones actuales, la que encara la jubilación o ya goza de ella, es la del cine Capsa. Allí se aplicó por primera vez en España una ley no escrita, la de fugas. Cinco sindicalistas valencianos eran trasladados por la policía de madrugada y a pie y, qué raro, trataron todos de huir a la carrera y fueron abatidos en un pispás por los agentes de un certero tiro por la espalda.
Por si aquello no fuera ya suficientemente sospechoso, al día siguiente, esta vez en el cruce de la Diagonal con la Rambla de Catalunya, más o menos donde hoy se erige la escultura de la ‘Jirafa coqueta’, se repitió la misma escena. Los muertos fueron dos, Domingo Rivas y Ricardo Pi, que habían sido detenidos durante la espiral de violencia que estalló tras el asesinato del inspector Antonio Espejo, temible torturador de la policía.

La portada del libro, en una fotografía, para mayor impacto, coloreada. / Efadós
En el 129 de Calàbria hay hoy un Mercadona, pero hace 105 años explotó allí una bomba en la conocidísima fábrica de mosaicos Orsola i Solà. Y en el 48 de la calle Enamorats es posible entregarse a una sesión de reparación estética, pero hace algo más de un siglo murieron tiroteados el empresario Josep Franquesa y el somatén que velaba por su seguridad.
La lista de casos es larga y no hay que reseñarla toda aquí, pero sí un episodio más, crucial para retratar con más nitidez aquellos cinco años. En 481 de Còrsega sirve actualmente el chef Daisuke Fukamura un exquisito menú japonés de degustación en la barra de un pequeño local, pero a sus puertas, la noche del 16 de diciembre de 1919, en mitad de un colosal aguacero, fueron matados a golpes dos guardias civiles que no hacía ni tres meses que habían llegado a la ciudad. Marcelo Peromingo y Francisco Gonzalo murieron asesinados con saña. El posterior funeral paralizó la ciudad. La patronal aconsejó cerrar los comercios para que fuera multitudinario. Al acto, que se dice pronto, fueron armados, tal y como solían pasearse por la ciudad, unos 10.000 miembros del somatén, aquella herencia del carlismo rural que, de repente, se había hecho un hueco en la ciudad.

Las Star y las Browning, las pistolas con las que cada bando firmaba sus crímenes / ESQUELLA DE LA TORRATXA
Si 10.000 hombres armados le parecen a alguien pocos, no está de más anotar que en abril de 1921 fueron unos 40.000 los que desfilaron por el paseo de Gràcia. Para Reveles, uno de los autores, las fotos de aquella concentración son unas de las páginas más sobrecogedoras del libro. Durante los últimos años, en compañía de Martínez, se ha sumergido en archivos y en hemerotecas para documentar aquellos cinco violentos años. Su propósito inicial era mostrar todo ese material primero en una exposición que probablemente verá la luz en el Museu d’Historia de Barcelona en 2027, pero antes, fiel a su sagacidad ante este tipo de oportunidades, Efadós ha llevado ese trabajo primero a la imprenta.

La adicción de las drogas, tema habitual en la prensa en la Barcelona de los años 20. / L'ESQUELLA DE LA TORRATXA
Casi como un telegrama, lo ocurrió podría contarse del siguiente modo. Entre 1884 y 1909, Barcelona fue la ciudad de las bombas. El anarquismo había echado raíces en esta ciudad como consecuencia de una veloz y descarnada industrialización. Fueron los años de las bombas Orsini, de manifactura artesanal y clandestina, pero no fueron tiempos de armas de fuego. ¿Qué propició el salto? La Primera Guerra Mundial. El trabajo de Revelles y Martínez ahonda, antes de entrar en el lustro del pistolerismo, en el transformador impacto que la neutralidad de España en aquel conflicto tuvo en Barcelona, una ciudad portuaria, no lejos de la frontera y con un tejido industrial encantado de proporcionar todos los bienes que fuera necesario a los bandos en conflicto.
Fue la Barcelona, según relato de Eduardo Mendoza, a la que a los toros si iba con bocadillos de caviar. Eso, claro, quien se enriquecía con la guerra, porque la mayor parte de la población padeció una incesante subida de los precios, incluso de los bienes más básicos. Era más lucrativo vender el género de las tiendas de pesca salada a los países en lucha que a los obreros de las fábricas.

La escasez de productos básicos en 1916, retratada por 'L'esquella de la torratxa'. / RICARD OPISSO
A los cinco años del pistolerismo se llegó tras los cuatro, de 1914 a 1918, en que la ciudad se asomó al consumo de drogas y prostitución como nunca antes en su historia, a una no siempre invisible invasión de espías, a una vida nocturna que aún se recuerda y, claro, a la venta de armas de fuego sobrantes, las Star y las Browning. Que los anarquistas y los miembros del Sindicato Libre, como se hacían llamar los matones del empresariado, se decantaran por una u otra no tenía nada que ver con su precio y prestaciones. Simplemente, dice Revelles, fue la manera de ‘firmar’ sus ‘trabajos’ por parte de cada bando.

El asesinato de Salvador Seguí a manos de pistoleros, recreado en dibujos a falta de fotografías. / La Campana de Gràcia
Lo raro, según se mire, es cuán poco recorrido ha tenido aquel pandemónium en la literatura y el cine. Los historiadores han investigado a fondo esa etapa, pero esa labor no ha salido apenas del círculo académico si no es de forma colateral, como telón de fondo. En 2018 se estrenó ‘La sombra de la ley’, una aproximación bastante interesante, aunque con algunas licencias anacrónicas de más. Pero lo chocante es que durante aquellos cinco años, cortados en seco por el golpe de Estado de Primo de Rivera, el pistolerismo era casi una sección fija en la prensa. Sucesos sociales, ese era su epígrafe como sección.
No hubo, es verdad, un fotógrafo especializado en retratar toda aquella violencia. Hay excelentes documentos gráficos de Merletti, Brangulí e incluso alguna escena excepcional tomada por Josep Maria de Sagarra, pero el gran cronista en imágenes de aquel tiempo fue Ricard Opisso, personaje nunca suficientemente reivindicado, mucho más que un dibujante de historietas, cuya trayectoria, dice Revelles, habría que reivindicar en 2030 con motivo de los 150 años de su nacimiento.
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