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La ampliacion del parque

El ayuntamiento preserva un plátano que sobrevivió al infierno de la vieja plaza de las Glòries

Cuando el plátano ya no es sensacional

Cada día muere un plátano en Barcelona

Un estriptís de corteza sin precedentes aqueja a los plátanos de Barcelona

El plátano, una semana antes de la primavera, con un nido de cotorras por sombrero.

El plátano, una semana antes de la primavera, con un nido de cotorras por sombrero. / JORDI OTIX

Carles Cols

Carles Cols

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Han caído por la acción de la piqueta a estas alturas de marzo la mayor parte de las 37 fincas que, a lo largo de tres manzanas de la calle de Consell de Cent, permitirán ampliar el ya de por sí gigante parque de las Glòries. Pero permanece en pie, solitario y en mitad de uno de los solares, un grandullón ejemplar de ‘Platanus hispanica’, vamos, la aún más representativa especie de los árboles del Eixample. Alrededor de ese plátano se urbanizará lo que en los proyectos municipales se ha bautizado como el Balcó de Glòries, la zona verde que hará las veces de hall para quienes accedan desde de la cara noroeste de parque. Son más de 12.000 metros cuadrados los que han sido liberados de edificios, y en mitad de unos de esos solares, con los primeros brotes de hojas verdes y un nido colosal de cotorras en una de sus ramas, está ese solitario plátano.

No ha sido posible determinar la edad de ese árbol. Una línea de investigación ha sido buscar fotografías antiguas del lugar, pero las aéreas, de las que hay varias, no permiten distinguir con claridad esa porción de Glòries. Es, en cualquier caso, un ejemplar adulto, incluso se podría decir que venerable. Ha sido testigo, por las dimensiones de su tronco, de varias de las transformaciones que ha sufrido esa parte de la ciudad. Estaba allí cuando aquello era un inhumano ‘escaléxtric’ de pasos elevados y presenció después cómo, cara a los Juegos Olímpicos, se levantó un anillo viario elevado que desde los despachos municipales se anunció como la solución definitiva. El tambor de Glòries tenía que ser, como algunos árboles, una construcción perenne, pero al final cayó por el peso de la lógica de los tiempos, no sin antes permitir que aquel plátano fuera testigo de un absurdo que jamás debería caer en el olvido. Al otro lado de Glòries se levantó la sede del Museu del Disseny, con esa singular arquitectura que le hace parecer un japonés en plena reverencia. Tenía esa forma porque, como dicen los profesionales de este gremio profesional, dialogaba así con el paso elevado de los vehículos. Al demolerse aquel disparate viario, la sede del museo, a su manera, parece saludar respetuosamente a esta nueva etapa de la historia de esta ciudad, en la que lo verde es casi una obligación en toda reforma urbanística.

“¿Ese árbol? Nos dijeron que bajo ningún concepto se podía tocar”, contaba el otro día una (tal vez) arquitecta o jefa de obras que salía del solar. Los plátanos fueron durante mucho tiempo los árboles sin discusión en la ciudad. En los censos de ejemplares plantados, sobre todo en el Eixample, ganaban como si fueran el partido comunista de Bulgaria. Con el tiempo se comprendió que aquella monotonía era un error si se desea evitar la expansión de eventuales plagas y por eso en las dos primeras décadas de este siglo han perdido peso demográfico, proporcional y numéricamente, en favor de una mayor diversidad vegetal. Que ahora esa unidad se considere intocable es algo reseñable. Por eso y porque ha resistido a un sindiós de obras durante medio siglo se puede afirmar que ese plátano de la fotografía tiene algo de simbólico. Salvando las distancias, que son gigantes, es el equivalente local del ginkgo de Hiroshima, que para pasmo de los botánicos sobrevivió al estallido de Little Boy, la primera explosión nuclear bélica de la historia.

El árbol, en el solar que próximamente será un nuevo 'hall' del parque de Glòries.

El árbol, en el solar que próximamente será un nuevo 'hall' del parque de Glòries. / JORDI OTIX

Los ginkgos (que, por cierto, han sido plantados también los ejes verdes del Eixample) están considerados fósiles vivientes. Genéticamente son inmunes a hongos y parásitos. Tanto les da pasar sed como el exceso de agua. Son una rareza que apenas ha cambiado en los últimos 200 millones de años, lo que, claro, quiere decir que conocieron a los dinosaurios. Algún stegosaurus se rascó la panza en un gingko, segurísimo. El plátano de Glòries ha sido testigo de los cientos de miles de vehículos que, como si aquello fuera un Jurásico automovilístico, dominaron aquellas tierras y contaminaron su atmósfera. Lo que le espera ahora será, desde su punto de vista si lo tuviera, un merecido premio a tanta resiliencia. No hay aún imágenes virtuales del proyecto previsto para esa zona, pero sí se sabe que habrá zonas de juego infantil y algo de lo que a día de hoy carece Glòries, unas pistas de petanca. Será el parque que dará la bienvenida a Glòries desde Dos de Maig nada más cruzar Consell de Cent y, aunque el actual equipo de gobierno detesta hablar de ello, será un nuevo argumento de peso para que el eje verde de esa calle, que actualmente queda interrumpido al llegar al paseo de Sant Joan, se prolongue llegar allí. Unir Glòries y el parque de Joan Miró a través de un bulevar sobradamente dotado de vegetación parece algo, nunca tan bien dicho, de lo más natural.

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