Expo y placa
FOTOS | La huelga que sentenció al disparatado ayuntamiento franquista de Barcelona cumple medio siglo
La Batalla de Barcelona, primera derrota del franquismo, cumple 50 años
Un radioisótopo llamado franquismo

Bomberos de Barcelona, en huelga y en procesión por la calle, en febrero de 1976. / PEPE ENCINAS

Quién podía imaginar, de esos varios miles de funcionarios del Ayuntamiento de Barcelona que hace ahora 50 años protagonizaron una huelga de aúpa, que aquella protesta sería merecedora en el futuro, o sea, hoy, de una expo de homenaje en la mismísima casa consistorial y, la guinda, de la colocación de una placa conmemorativa en el patio principal de la sede del gobierno municipal. Así es. Los bomberos, los músicos de la orquesta municipal, los empleados del matadero municipal, los agentes de la Guardia Urbana, el personal administrativo, las comadronas de la Casa de la Lactancia…, la noche del 17 al 18 de febrero de 1976, vamos, solo 10 días después de que la Policía Nacional convirtiera las calles de media ciudad en un campo de batalla para reprimir las manifestaciones convocada en demanda de una amnistía, los empleados del ayuntamiento, la mitad de los cuales jurídicamente no existían (no se pierdan luego este punto), tuvieron los arrestos suficientes como para plantar cara a las autoridades, tan franquistas como siempre, incluso en ausencia ya de Franco, fallecido dos meses y medio antes. Es una historia que merece no caer en el olvido. Por eso la expo. Por eso la placa.

Asamblea de funcionarios en huelga, frente al Saló del Tinell. / PEPE ENCINAS
Serían los franquistas, se supone, gente de orden, pero el Ayuntamiento de Barcelona se había convertido a lo largo de la dictadura en una anarquía administrativa sin pies ni cabeza, con empleados públicos cuyos puestos de trabajo no estaban censados. Cobraban, sí, pero sus salarios constaban en los presupuestos como gastos de material, como si fueran semáforos o la pintura de los pasos de cebra. Y tampoco era nada extraño que quienes sí figuraban como funcionarios municipales en realidad no pisaran casi nunca las oficinas, si acaso, para colgar un lunes la chaqueta en el perchero y encender la lámpara de su mesa. Más detalles sobre esa cara b de la herencia municipal que dejó el franquismo en Barcelona, algunos lujuriosos e inconcebibles, se contarán el próximo viernes en las ‘newsletters’ del Eixample, pero los protagonistas son ahora aquellos trabajadores que hace medio siglo dieron un valiente paso al frente y que, a fin de cuentas, terminaron por ser los cimientos de una administración pública robusta como pocas, capaz de gestionar lo cotidiano y, si es necesario de organizar unos Juegos Olímpicos o encarar emergencias de todo tipo.

Los músicos de la banda municipal, en huelga de instrumentos caídos en la plaza de Sant Jaume. / AFB/PÉREZ DE ROZAS
Como comisario de la expo, el historiador Daniel Venteo ha sido el encargado de recapitular los sucesos de aquel febrero de 1976 y de los meses posteriores, y, sobre todo, de contextualizar lo brutal que aún era el poder político entonces. “Se rozó el duelo”, tituló con acierto ‘Cambio 16’ aquel mes, después de que la noche del 17 los manifestantes decidieran pasar la noche en el edificio consistorial de la plaza de Sant Jaume y allí se presentaran los antidisturbios, entre los que solía haber agentes de gatillo fácil. Solo un mes después, para subrayar cómo el franquismo sin Franco resolvía todavía las afrentas, otros antidisturbios desalojaron en Vitoria a unos 4.000 trabajadores en huelga que se habían reunido en el interior de la parroquia de San Francisco de Asís. Cinco murieron por disparos de bala.

Los bomberos entran en la plaza de Sant Jaume por Llibreteria y, por lo tanto, por delante del mítico Conesa. / PEPE ENCINAS
Lo que los empleados municipales reivindicaban no era ninguna insensatez. Querían, casi la mitad de ellos, existir administrativamente, tener por ello cobertura sanitaria, y en general pedían todo sueldos adecuados, porque eran realmente muy bajos, tanto que el pluriempleo no era inusual (otro aspecto que se ilustrará con un caso fenomenal en la misma ‘newsletter’). El alcalde Joaquín Viola siempre tuvo a punto su ‘no’ por respuesta, hasta que en marzo fue requerido a viajar a Madrid para recibir instrucciones al respecto. No gustó en el Ministerio del Interior, al frente del cual estaba un viejo conocido de la izquierda barcelonesa, Rodolfo Martín Villa, la imagen del Saló del Tinell convertido en el auditorio de una multitudinaria asamblea, y tampoco la de los bomberos, en un desafiante encierro que no fue a más porque la policía amenazó con no tener piedad si decidía intervenir.

Agentes de la Guardia Urbana, en protesta por la Rambla, uno de los cuerpos que fue militarizado para intentar desarbolar la huelga. / PEPE ENCINAS
Como en la última ronda de apuestas de una partida de póker, el ministerio fue con todo y con cara de que no era un farol. Militarizó departamentos enteros del ayuntamiento, como los bomberos y la Guardia Urbana. Quizá eso requiera ser traducido para las generaciones más jóvenes, esas que incluso creen que el franquismo fue una democracia y lo de hoy una dictadura. En caso de militarización, un bombero de entonces, como Enrique Llunell, era equiparado a la categoría de un soldado del Ejército. Aún conserva el documento que lo atestigua. “La defensa de la Nación es un honor y un deber de todos los españoles, que estos deben cumplir con su esfuerzo y sacrificio en la medida que aquella lo requiera”. Esa era la ley. En caso de desobediencia, el tribunal que vería el caso sería militar, por supuesto.
‘La noche de los funcionarios’, porque tan importante fue que la protesta tuvo su bautismo nominativo, fue una victoria con incontables consecuencias. La primera, la más obvia, que se sacó del limbo administrativo a muchísimos funcionarios y se mejoraron sus sueldos. También que se puso fin, no sin tensiones, a los abusos. Aquella protesta fue también la primera ocasión en que muchos funcionarios y no pocos barceloneses que se solidarizaron con la protesta supieron de un joven con bigote y algo desaliñado a la hora de vestir que parecía dotado de una visión premonitoria de lo que algún día merecía ser esta ciudad. Pasqual Maragall.
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