1 y 8 de febrero de 1976
La Batalla de Barcelona, primera derrota del franquismo, cumple 50 años
Objetores de conciencia: 50 años del primer desafío al servicio militar en España
La Modelo revive sin almíbares la muerte de Franco y las 'Españas' imaginadas entre 1965 y 1975
'Generaciones TOP', la expo de la Modelo que retrata la sinrazón de las leyes franquistas

La policía apalea a un grupo de manifestantes en el paseo de Sant Joan, en una foto que dio la vuelta al mundo en febrero de 1976. / MANEL ARMENGOL

La Batalla de Barcelona, como la bautizaron los británicos ‘Daily Mail’ y ‘The Guardian’, fue la mayor derrota del franquismo en la ciudad como mínimo desde que, sin apenas resistencia, las tropas sublevadas entraron en la ciudad el 26 de enero de 1939. Fue una derrota incluso mayor que la de 1951, el año de la singularísima huelga de pasajeros del tranvía, que obligaron a las autoridades a recular en la pretendida subida del precio de los billetes y a entregar la cabeza del entonces gobernador civil, Eduardo Baeza Alegría. Se conmemoran esta semana (o se celebran si así se prefiere decir) los 50 años de las manifestaciones que en febrero de 1976 llenaron las calles de Barcelona en demanda de la amnistía y la libertad. Fueron dos, una el 1 de febrero, que el Gobierno preveía menor y en el que una multitudinaria ola le pasó por encima a los más o menos 5.000 agentes de policía disponibles, y otra el día 8, domingo de nuevo, mayúscula pese a las cargas de siete días antes, y que, vistas con perspectiva, a su manera viraron el timón de la historia. Fue, lo dicho, la Batalla de Barcelona, y el calificativo no le venía grande.
Conviene primero subrayar muy brevemente el contexto. Nada, decir que hacía solo 43 días que había muerto Franco, pero el presidente del Gobierno era aún Carlos Arias Navarro y el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, al que, según algunas crónicas internacionales de la época, sus afines jaleaban con gritos de “¡Fraga, Fraga, Fraga…!”, vamos entonados igual que se coreaba el nombre del recién fallecido dictador. Ese era el contexto. “Hubo gente que se complicó la vida pudiendo elegir no hacerlo”, explicaba el pasado diciembre el historiador Andreu Mayayo durante la presentación de la exposición ‘¿Y después de Franco, qué?’, aún visitable en la Modelo. Y aquellos 1 y 8 de febrero fueron muchos los ciudadanos que se complicaron la vida.

Manifestantes en el paseo de Sant Joan, en febrero de 1976. / ROBERT RAMOS
La brutalidad de las fuerzas de orden público fue goyesca, con policías que incluso empleaban sus fusiles a modo de garrote para golpear a gentes de todas las edades en el suelo. También los empleaban para romper los cristales de los coches que atascaban las calles, fuera o no verdad que estaban ahí para dar apoyo a los manifestantes. Se desenfundaron pistolas, como hizo el temible comisario Genuino Navales para huir de un grupo que le persiguió por la calle.
Todo aquello, por decirlo de algún modo, daba una pésima imagen internacional del gobierno, si es que esto le importaba. Entre los miles de manifestantes que salieron a la calle había periodistas de excelente pluma, como Manuel Vázquez Montalbán, y decenas de fotógrafos que, en algunos casos, se estrenaban profesionalmente aquel día, como Robert Ramos, que aprovechó que su padre estaba fuera el fin de semana para tomar prestada sin permiso la cámara y que ahora, por el aniversario, ha rescatado los negativos. Pero si un nombre despunta aquel día es el de Manel Armengol, que a lo que quería dedicarse profesionalmente era a escribir, pero salió de aquellas protestas hecho un famosísimo fotoperiodista, quizá en un primer momento no mucho de fronteras para adentro, pero sí en el extranjero, donde lo que vio a través de las dos cámaras que acarreaba el 1 y 8 de febrero fue reproducido por las cabeceras más importantes del mundo.

Paisaje tras la batalla en Gran de Gràcia, l 8 de febrero de 1976. / ROBERT RAMOS
Estuvo en el lugar y en el instante adecuado, en la esquina del paseo de Sant Joan y la calle de Provença. Como si fueran un metrónomo, las porras de los agentes le marcaban el ritmo de disparo. Clic, clic, clic… Estaba medio oculto tras un árbol. Tiró un carrete y medio. En una de las imágenes, uno de los policías le mira a la cara. Logró escapar, pero esa no fue su mayor hazaña durante aquella jornada. Eso vino después. La prensa y las agencias de Barcelona querían pagarle poco por las fotografías y, además, quedarse con los negativos, sin que ni siquiera eso significara que fueran a publicar el material. Algunas revistas lo hicieron, pero sin alardes. La fotografía en los diarios venía a mediados de los 70 de triste trayectoria de ‘bodegones’ de autoridades y poco más. Armengol, visto lo visto, se fue al aeropuerto e hizo algo que, pasado medio siglo, sorprenderá. Buscó pasajeros con destino a las principales ciudades del mundo. Les dio copias de las fotos y una tarjeta con su nombre y e instrucciones para los jefes de redacción de ‘The New York Times’, ‘Newsweek’, ‘Der Spiegel’, ‘Stern’, ‘L’Express’, ‘Le Nouvel Observateur’, ‘Paris-Match’, ‘News Reporter’, ‘The Washington Post’…, vamos, la crema. Funcionó.
Con esas fotos como encabezamiento de lujo, el especialista en internacional de ‘Newsweek’, por ejemplo, escribió que Arias Navarro “aún no se cree que Franco ha muerto, él sigue mirando a su alrededor por si recibe instrucciones del caudillo y se queda paralizado cuando descubre que no le dice lo que tiene que hacer”. Dicho de otro modo, las fotos de Armengol volaron al extranjero y, tras impactar, devolvieron a España un sonoro eco y más profundas consecuencias de lo que en principio podría parecer.

La calle de Aragó, entre Bruc y Girona, durante la manifestación del 1 de febrero. / ROBERT RAMOS
No fueron aquellas, es cierto, las primeras manifestaciones desde la muerte de Franco. Las laborales eran muy frecuentes. El país bullía en la calle. Pero las protestas del 1 y 8 de febrero fueron un envite sin precedentes que lanzaba la Assamblea de Catalunya, parapetada, para pedir permisos, tras la ya entonces legal apariencia de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB). A la hora de la verdad, el gobernador civil, Salvador Sánchez-Terán, no autorizó ninguna de esas dos jornadas reivindicativas, un currículum político que no le impidió después dar el salto político a las listas electorales de la UCD.
Pasado medio siglo, el recuerdo de lo que sucedió aquellos dos domingos podría parecer que solo lo conservan quienes por edad y compromiso estuvieron entonces allí. La Transición tuvo tantos ochomiles políticos que los sucesos de aquel febrero pueden parecer cimas menores. Todo lo contrario opinan los historiadores David Ballester y Manel Risques, que acaban de publicar un exhaustivo trabajo de reconstrucción del antes, el durante y el después de aquellas manifestaciones. Nunca hay que juzgar un libro por la portada, se dice en ocasiones. Esta es una de ellas. Tras el simplemente descriptivo título ‘Les manifestacions per l’amnistia i l llibertat. Barcelona, 1 y 8 de febrer de 1976’ se esconde poco menos que una máquina del tiempo que permite al lector casi ser testigo directo del campo de batallas que fueron, sobre todo, las calles del Eixample, en el paseo de Sant Joan de Armengol, por supuesto, pero también, entre otras muchas, en la de Entença, donde un grupo de manifestantes pretendía liberar a los presos políticos. Se abrieron las puertas, sí, pero de la Modelo lo que salió fueron agentes con sus armas largas bien visibles.

Carreras delante de los antidisturbios el 8 de febrero de 1976, en Gran de Gràcia. / ROBERT RAMOS
“Ha habido baile”. Con esas tres palabras encabezó el jefe superior de la Policía Nacional el informe que por vía telefónica ofreció al gobernador civil Sánchez-Terán. Ninguno de los dos sospechaba que aquel 1 de febrero que amaneció a 8 grado de temperatura sería tan caliente al final del día. Los antidisturbios emplearon todo el material disponible (gases lacrimógenos y el ‘botijo’, que es como los manifestantes llamaban al camión manguera) y también improvisaron sobre la marcha. Las ‘tocineras’ (otro nombre que ha caído en el olvido, o sea, las furgonetas de la policía) circulaban a gran velocidad con las puertas abiertas para derribar a los manifestantes.
“M20 para M30. Cambio. Si hay que cargar, cargar con todo”. “Vayan con cuidado con ese grupo. Cambio. H13 comunica que ha procedido a la disolución aquí de unos 600 aproximadamente que se acercaban por la calle Provenza a la cárcel. Nos han puesto el coche perdido. Porque nos han tirado muchas piedras. Hemos tenido que acudir contra ellos. Hemos tenido que proceder a hacer cuatro o cinco disparos con arma de fuego. Cambio”. El libro, merece la pena insistir en ello, es de una inmersión documental y narrativa ejemplar, con las protestas vistas desde la perspectiva de las autoridades de entonces y, claro, con decenas de testimonios de la otra parte, de manifestantes que terminaron torturados en Via Laietana y Enric Granados o que, sin pasar por esa pesadilla, permiten tener una visión panorámica de aquellos días.

Josep-Anton Monfort, tras llegar a casa de las manifestaciones de 1976. / FINESTRES DE LA MEMÒRIA / J.A. MONFORT
Son decenas los casos referenciados en el libro. Josep-Anton Monfort es un caso. En esa alacena de fotografías que desde hace años impulsa la Casa Elizalde Barcelona bajo el título ‘Finestres de la memòria’ está la fotografía que su padre le hizo de la espalda. Así y peor regresaron al hogar de manifestantes. El suyo no era un caso de urgencia médica, pero sí que sus circunstancias dan una perspectiva interesante. Estaba haciendo la mili en lo que entonces se consideraba un batallón de castigo, en su caso en Sabiñánigo. Sabían que era militante del PSUC y, además de abrirle siempre la correspondencia, le hicieron pasar más de la mitad del servicio militar en el calabozo. Incluso así, aprovechó el permiso de febrero para ir a las manifestaciones. Huyó de una carga. Se refugió en un portal. La policía no le hizo salir sin antes preparar un pasillo de agentes para que todos tuvieran el placer de golpearle.
Hubo quien lo pasó peor. Albert Lahuerta sufrió cinco días de malos tratos en la jefatura de Via Laietana y después pasó otro calvario en la Modelo. ¿Fin de la historia? No. Cuando tuvo que incorporarse a la mili, alguien se encargó de que fuera en El Hierro, bajo el mando de un cabo primero que sabía que 40 de sus reclutas tenían “antecedentes políticos”. En el cuartel había como voluntarios algunos militantes de Cristo Rey cuya misión era hacerles la vida imposible en esa suerte de fin del mundo que era entonces la isla canaria.
Cincuenta años después, Monfort no oculta una cierta decepción, desconcertado de que el franquismo no solo siga presente, sino que incluso tenga bastante prédica entre la juventud. Aquellas manifestaciones descorcharon un periodo, el de la segunda mitad de los años 70, efervescentes, con las famosas Jornades Catalanes de la Dona, de mayo de 1976 o la Jornades Llibertàries Internacionals del Park Güell, de julio de 1977, por ejemplo. Monfort no participó, no por desencanto, sino, como reconoce ahora, porque el dogmatismo impedía a los comunistas de entonces participar en una saturnal como aquella que organizaron los anarquistas. En cierto modo, deja en el aire la pregunta de si las manifestaciones de febrero fueron o no útiles. Risques, coautor del libro, sostiene que aquello fue un punto de inflexión. Armengol con sus fotos y los manifestantes con su valentía, e incluso todos aquellos vecinos que desde los balcones les animaban o desde los coches tocaban el claxon, pusieron a las autoridades ante un abismo inesperado. Hay una prueba del nueve bastante olvidada de aquello. En abril de 1977, Sánchez-Terán hizo aún último servicio a la causa como gobernador civil por orden directa de Martín Villa. Organizó la destrucción de decenas de miles de documentos archivados en el Palau Montaner, hoy Delegación de Gobierno, que ponían nombres y apellidos a quienes protagonizaron la represión durante 40 años y sus víctimas. Durante cuatro días salieron camiones con destino a una fábrica de abandonada de Poblenou en la que se puso en marcha un horno en el que ardía papel ocho horas seguidas cada jornada. Es un oportuno epílogo de lo que fueron aquellas protestas.
Suscríbete para seguir leyendo
- Ni Eixample ni Sarrià: el distrito que todos quieren para vivir en Barcelona y que fue independiente hasta 1897
- El Gran Casino de la Rabassada, abandonado durante 80 años, sale a la venta por 1,7 millones
- Élite Taxi propone convertir todos los VTC en licencias temporales de taxi para evitar la judicialización de la ley
- Laporta apunta al 'entendimiento' entre L'Hospitalet y el Barça para desencallar la reforma del sector Can Rigalt
- Estos son los 5 mejores restaurantes de Castelldefels según Tripadvisor
- 8M Barcelona 2026: Horarios, recorridos y todo lo que debes saber sobre las dos grandes manifestaciones feministas
- Los comercios del nuevo edificio Estel de Barcelona conquistan al vecindario
- Uno de cada tres asistentes al Mobile World Congress opta por el transporte público en sus desplazamientos