En el Col·legi de Periodistes de Catalunya
Las joyas (algunas incomprensiblemente inéditas) del fotoperiodista Sigfrid Casals
Carlos Bosch, el fotógrafo que desnudó la Transición
Campañà, el fotógrafo del Cretácico automovilístico
'The amazing Pepe Encinas'
Fotógrafas de Barcelona, mujeres con un objetivo
Robert Ramos, un fotógrafo celestial

Cicciolina, en 1987, en la playa de la Barceloneta. / SIGFRID CASALS

Exhiben en un curioso museo de Brihuega una versión de ‘La última de cena’ de Leonardo da Vinci, pintada en un lienzo que no es más que un grano de arroz. El tamaño, con ejemplos como este, queda claro que no importa, y eso viene al caso porque la exposición que ocupa dos pequeñas habitaciones del Col·legi de Periodistes de Catalunya (Rambla de Catalunya, 10) es modesta en cuanto al número de paredes que ocupa, es verdad, pero es también definitivamente gigante por lo que muestra. Es una selección de la obra de Sigfrid Casals, un fotoperiodista de biografía bastante singular, que entre 1976 y 1996 fue testigo a través del objetivo de su Nikon de (podría decir así) el electrocardiograma de la historia, con jornadas taquicárdicas a veces (sus fotos del asalto al Banco Central dieron la vuelta al mundo) y otros días en que, en una aparente calma, retrataba con una mirada maestra lo cotidiano.

Keith Haring, en pleno proceso de su célebre obra del Raval. / SIGFRID CASALS
El colegio profesional de los ‘plumillas’ (así llamaban antes los fotógrafos a los redactores, y también cosas peores) ha decidido poner en marcha un ciclo de exposiciones bajo el epígrafe común ‘Miradas que perduran’ y, puestos a elegir, han apostado por comenzar por Casals. Será un ciclo del que habrá que estar pendiente, porque la obra de los fotoperiodistas siempre corre el riesgo de desvanecerse. Algunos, ya jubilados, atesoran en sus casas y en perfecto orden los negativos y copas de toda una vida. Otros, aunque guardan ese material, nunca encuentran el momento de abrir las cajas y clasificar. Los hay también, qué lástima, que perdieron el rastro de sus trabajos y a saber dónde están. Casals, qué suerte, es de los primeros, y su obra es especialmente interesante porque no solo amerizó en las aguas del fotoperiodismo tras la muerte de Franco, con la de imágenes para la historia que aquello comportó, sino que, además, fue también un momento en que nacieron nuevos medios de comunicación con directores al frente que entendieron que la fotografía tenía que dejar atrás el agarrotamiento de los anteriores 40 años. En ese sentido, Casals era el tipo perfecto para la ocasión.

Sigfrid Casals, retratado por un amigo. / MARCEL·LÍ SAENZ
“A mí lo que me interesaba era el cine”, recuerda ahora, a sus 83 años, sin disimular una cierta nostalgia. Transitó por otros empleos y no fue hasta que tuvo uno 35 años, dice, que compró una primera cámara de fotos, pero sin más afán que poder retratar con la familia las excursiones y las jornadas de celebración. No era, pues, ni siquiera un jovenzuelo cuando dio sus primeros pasos en el fotoperiodismo, pero basta ver su obra para intuir que ese amor por el séptimo arte está de un modo u otro en parte de las imágenes que se muestran en la exposición y, por supuesto, en el libro que ha publicado con una selección aún más extensa.

Familiares de presos de la Modelo, a la espera de que llegue la hora de visita, en 1982. / SIGFRID CASALS
Tienen muchas esa dura belleza del neorrealismo italiano, en especial aquellas en las que los protagonistas son niños en la Barcelona de los 70, trasuntos de Bruno, el hijo de ‘El ladrón de bicicletas’. Otras son directamente fellinianas, como la de aquel verano de 1987 en que la actriz porno y, a la par, diputada Ilona Staller, ‘Cicciolina’, se paseó por la Barceloneta y se dejó cogeren brazos de un bañista que no daba crédito ante su suerte ante una nube de curiosos.

Cola para comprar butano en la Barcelona de 1979. / SIGFRID CASALS
Entre otros lugares, Casals estuvo, de una manera bastante peculiar, en el equipo fundacional de EL PERIÓDICO desde antes incluso que el primer número llegara a los quioscos. En compañía de otros dos colegas creó una hermandad de cámaras que se hacían llamar Col·lectiyu Documenta. Habían publicado un libro, ‘Nens, no ninots’, que no pasó desapercibido para los que entonces intuían que el fotoperiodismo estaba a punto de adentrarse en una floreciente primavera, entre ellos, Carlos Bosch, irrepetible primer jefe del departamento de imagen de esta casa, un profesional con una vida novelesca y que, por encima de todo, era un gran maestro para su equipo.

Hora de la limpieza en el Palau de la Generalitat, en 1982. / SIGFRID CASALS
“Firmábamos como colectivo, no con nuestro nombre. Estábamos disponibles mañana, tarde y noche y los siete días de la semana, así que, en cierto modo, Bosch fichó a nueve periodistas por el precio de tres”, recuerda.

1979, un barrio marginal en plena campaña política. / SIGFRID CASALS
Lo que queda claro escuchándole hablar es que se empapó de las lecciones que solía impartir Bosch cuando (era argentino, con eso queda todo dicho) contaba sus aventuras en la redacción. Hay que encuadrar lo que corresponde, sí. También hay que tirar a la velocidad adecuada y con el diafragma de apertura idóneo. Casals, aún se acuerdan algunos de sus compañeros de profesión, los días de partido de fútbol, antes de que el balón comenzara a rodar, iba al centro de la cancha y, tras tomar las mediciones adecuadas de luz y tabla de grises, ponía a punto su cámara. Era como una suerte de saque de honor que solo sus compañeros comprendían entre risas. Idéntica exhibición de profesionalidad y buen oficio mostraba en la cobertura de las sesiones plenarias del Parlament, pues antes de que comenzaran la intervenciones se plantaba con sus herramientas en la tribuna del orador. Pero lo más importante de todo para destacar en ese oficio tan crucial del periodismo es saber dónde y cuándo estar.

Un grupo de estudiantes pone fin a la infamia del escudo franquista en la plaza Cinc d'Oros / SIGFRID CASALS
En su archivo personal está la secuencia completa de aquel día de 1979 en que un grupo de estudiantes arrancó con una señal de tráfico arrancó el águila fascista de la base del obelisco de la plaza Cinc d’Oros. No son las más hermosas fotografías de la expo, pero son un testimonio de algo que, en su ausencia, podría quedar injustamente olvidado. Para bellos y perfectos, sus retratos de personajes que en uno u otro momento vio a través del visor, Miguel Bosé, la familia Pujol al completo, Manuel Vázquez Montalbán en un picnic, Miquel Roca en calzón corto jugando a fútbol, o como Nixon, en una foto inédita porque el medio para el que entonces trabajaba, ‘El Noticiero Universal’, la descartó porque le mostraba con la mueca de alguien a quien han pillado, pongamos por caso, en un ‘Watergate’. Es la portada del libro. Cualquier otra podría serlo. Son magníficas.
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