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Una asociación resucitada

La exitosa (aunque intermitente) lucha vecinal de la Dreta de l'Eixample cumple medio siglo

El Taller Masriera, ajardinado y desnudo de añadidos arquitectónicos, renacerá como biblioteca y espacio vecinal y teatral

El Col·legi d'Arquitectes de Catalunya traslada a Collboni su "inquietud" por el proyecto del Museu Carmen Thyssen Barcelona

Dreta de l'Eixample de Barcelona: 44.000 vecinos, 29.000 camas turísticas y 4.000 de 'city living'

De cuando los porteros del Eixample no podían dejarse bigote

La calle de Girona, que la asociación de vecinos reclamó peatonal antes que nadie.

La calle de Girona, que la asociación de vecinos reclamó peatonal antes que nadie. / FERRAN NADEU

Carles Cols

Carles Cols

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Nació con un nombre que ha caído en el olvido. Asociación de Vecinos del Sector Mosén Cinto. Los primeros encuentros para conversar sobre los males que aquejaban al barrio se celebraban en el Café del Centre, en la calle de Girona, y también en lo que hoy es el almacén del Snack 55 del paseo de Sant Joan. La Dreta de l’Eixample, porque ese era entonces el supuesto ámbito de influencia del (en castellano) ‘Sector Mosén Cinto’, pasaba por ser entonces, en el imaginario colectivo, el más señorial de los barrios del distrito, sí, pero tenía graves problemas, gravísimos, de modo que el parto de aquella primera asociación vecinal no tenía nada de festivo. Era radicalmente reivindicativo. La Associació de Veïnes i Veïns de la Dreta de l’Eixample acaba de cumplir 50 años y, por supuesto, lo celebra, además por partida doble, primero porque medio siglo es una cifra redonda, y en segundo porque a punto estuvo de desaparecer y su resurrección llegó cuando más se la necesitaba.

¿Qué problemas podía tener a mediados de los años 70 aquel cuadrante del Eixample salpimentado de fincas señoriales y un tejido comercial envidiable? Nunca hay que juzgar un libro por su portada. Lo sabe bien Xavier Olivé, el único superviviente en activo de aquella primera asociación de vecinos fundada en 1975. En 1966, explica, con motivo de las obras de la línea L4 del metro, las empresas constructoras tomaron prestado el tramo central del paseo de Sant Joan, en Còrsega y Provença, e instalaron allí literalmente una fábrica hormigonera y almacenes, pero no de forma temporal. Se hicieron dueñas del lugar durante años. Tenían una fábrica en mitad del Eixample, pero ya no para los trabajos de la estación de Verdaguer, sino para lo que hiciera falta.

Así funcionaba Barcelona entonces. A esa ocupación se le añadió tiempo después una idéntica en la plaza de Tetuán. En un barrio al que a cada vecino (entonces más de 70.000) le correspondía apenas medio metro cuadrado de verde urbano, se perdió de repente toda una plaza, de nuevo por varios años.

Manuel Vázquez Montalbán se refirió en una ocasión muy afiladamente a la ello: “Aquella plaza ha sido víctima del juego de un sádico empeñado en que los ciudadanos no puedan disfrutarla. Sufre una maldición. Puede que algún día se descubra a ese sádico, como un agente del porciolismo que se ha quedado emboscado en el ayuntamiento, como aquellos soldados japoneses que sobreviven largos años en la selva sin saber que ha terminado la Segunda Guerra Mundial”.

Xavier Olivé, miembro de la inicial asociación de vecinos en 1975, consulta un texto de batalla contra las hormigoneras en la plaza de Tetuán.

Xavier Olivé, miembro de la inicial asociación de vecinos en 1975, consulta un texto de batalla contra las hormigoneras en la plaza de Tetuán. / Sandra Román

Y luego estaba el caso de la calle de València, recuerda Olivé, que era la prolongación de la carretera nacional N2 dentro de la ciudad, la ruta de los camioneros con destino al matadero municipal, al puerto o simplemente con destino al Baix Llobregat. Era una situación calamitosa que las autoridades pretendían empeorar con el llamado Plan Comarcal, que pretendía abrir un nuevo túnel en Collserola para comunicar la ciudad con el Vallès y que, en el caso del Eixample, transformaría el paseo de Sant Joan en una vía de gran intensidad de vehículos.

Cartel de protesta de los años 70.

Cartel de protesta de los años 70. / AA.VV Dreta Eixample

Con el empeño de frenar esos planes y esas ocupaciones de la vía pública nació la asociación de vecinos, pero pasó el tiempo y sucedió lo imprevisto, que allí donde a finales del siglo XIX primero cuajó la ciudad imaginada por Ildefons Cerdà, de repente, el censo de población comenzó a caer en picado, desde los más de 70.000 vecinos a apenas 40.000. Un desplome bárbaro. El sector terciario comenzó a ocupar pisos principales y edificios enteros se convirtieron en oficinas. La asociación de vecinos languideció hasta entrar en una suerte de coma del que solo salió hasta muy recientemente, de la mano de vecinos estupefactos ante lo que estaba (está aún) sucediendo, el desembarco de grandes fondos de inversión dispuestos a vaciar fincas completas y vender o alquiler los pisos al mejor postor a escala mundial. Tener un piso en el Eixample de Barcelona, por lo que parece, puede llegar a ser tan caprichoso como poseer un huevo Fabergé o invertir en oro.

Jaume Artigues, dirigente de la asociación de vecinos, en la plaza de Girona con Consell de Cent.

Jaume Artigues, dirigente de la asociación de vecinos, en la plaza de Girona con Consell de Cent. / Sandra Román

Sobre cómo se está reproduciendo la metástasis inmobiliaria en el corazón de la Dreta de l’Eixample ha realizado la asociación, gracias, por ejemplo, a Jaume Artigues, detalladísimos informes que periódicamente son actualizados. “Es el problema más grave del barrio”, dice sin duda alguna. Es más, a su manera, la Dreta de l’Eixample suele anticipar lo que después aquejará a otros barrios. Pero con motivo del 50 aniversario casi que resulta más revelador pasar cuentas sobre cuáles han sido los logros que esta rediviva asociación ha cosechado estos últimos.

Suyo es en parte el mérito de que el Taller Masriera fuera rescatado en el último minuto por el Ayuntamiento de Barcelona y que en el futuro renazca como teatro, centro social y biblioteca del barrio. No está nada mal. Suya fue también la primera propuesta de convertir la calle de Girona en un bulevar esencialmente peatonal, una idea anterior incluso a la decisión del Ayuntamiento de Barcelona de urbanizar cuatro calles del Eixample como ejes verdes. Y anda ahora metida la asociación en una nueva misión, ambiciosa como las anteriores, que se reconsidere la decisión de convertir el antiguo cine Comèdia en la sede barcelonesa del Museo Carmen Thyssen, al menos en los términos en los que hasta ahora ha sido presentada la propuesta. Por lo pronto, días atrás logró de forma indirecta la asociación que el Col·legi Oficial d’Arquitectes de Catalunya sumara sus fuerzas en pos de ese objetivo. Tampoco está nada mal para una asociación que estuvo en coma, casi muerta, y que en los últimos años (la guinda) ha conseguido cuajar una fiesta mayor en la antesala del verano que comienza a ser ya un clásico del calendario.

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