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30 de noviembre de 1925

Cumple 100 años la Torre de Bernabé de la Sagrada Família, una puerta a historias fascinantes y la única que conoció Gaudí

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El centenario de la muerte de Gaudí comienza junto a su tumba con una lección magistral de arquitectura y espiritualidad

El templo, en 1925, fotografiado desde poniente y con la Torre de Bernabé terminada, desde este punto de vista, a la izquierda.

El templo, en 1925, fotografiado desde poniente y con la Torre de Bernabé terminada, desde este punto de vista, a la izquierda. / Arxiu Mas / Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Carles Cols

Carles Cols

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Celebra la Sagrada Família el 30 de noviembre un interesantísimo centenario, el de la primera de sus torres, la dedicada a San Bernabé, la única que en vida vio terminada Antoni Gaudí, pues aquel “mago”, como le definía parte de la prensa entonces, murió siete meses después atropellado por un tranvía. Era, según escribió años más tarde uno de los colaboradores que más le admiró y padeció, Ricard Opisso, un hombre que por dar precisas instrucciones a los trabajadores era capaz de caminar por los andamios a gran altura como aquellos indios mohawk que en Nueva York y Chicago eran contratados para levantar rascacielos, porque no conocían el vértigo. Gaudí era también, añadió Opisso en esa suerte de crónicas memorísticas que escribió en los años 50, un personaje muy singular, convencido de que cuando cruzaba la calle debían ser los coches los que se detuvieran. Así le fue. De todo eso y mucho más se deberá escribir con motivo del centenario de su muerte, pero el de ahora, el de la primera torre, es todo lo contrario, algo feliz, una oportunidad para adentrarse en el fenomenal fondo documental de la Sagrada Família y viajar en el tiempo a noviembre de 1925.

De frente a la Fachada del Nacimiento, la de Bernabé (un hombre que, como Gaudí, se desprendió de toda riqueza y placer para abrazar el cristianismo y que, qué chocante, es el santo patrón de Marbella) es la primera de las cuatro torres comenzando por la izquierda. Su construcción, como sucede ahora con la principal del templo, la dedicada a Jesús, fue objeto de gran atención mediática, sobre todo por parte de un semanario hoy extinto pero que en su época fue crucial para recaudar donativos que permitieran avanzar con las obras. “Acabamos de contratar el maderamen…”, publicaba ‘El propagador de la devoción de San José’, que como nombre de revista no tiene, sin duda, parangón. Levantar los andamios de la torre costó 1.300 pesetas, una factura que quitaba el hipo en la época. “¿Hay algún josefino que quiera proveer este gasto tan decisivo para la obra?”, se preguntaba a los lectores desde las páginas del semanario. Y el dinero siempre llegaba.

La punta del báculo de la Torre de Bernabé, aún con andamios a finales de 1925, y, al fondo, la Monumental

La punta del báculo de la Torre de Bernabé, aún con andamios a finales de 1925, y, al fondo, la Monumental / Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Hoy, con ‘donativos’ por parte de los turistas que superan los 136 millones de euros anuales, la financiación de los trabajos no es un obstáculo, pero hay similitudes entre aquel 1925 y el presente 2026 que no dejan de ser curiosas. Hace apenas dos semanas fue noticia que la Torre de Jesús, aún no terminada, ha superado ya en altura, por pocos centímetros, a la Iglesia de Ulm (Alemania). Hace 100 años la noticia que despuntó fue que la Torre de Bernabé, con sus entonces imponentes 98,8 metros de altura, había desbancado en esa inexistente competición por tocar las nubes a la Giralda de Sevilla, también por muy poquito. Fue aquello, a su manera, un triunfo colectivo de los creyentes de la Barcelona de entonces.

A la Torre de Bernabé, meses antes del 30 de noviembre de 1925, le faltaba solo el báculo polícromo que la corona, cuyo coste ascendía a unas 5.000 pesetas, y los llamamientos a la parroquia eran hasta poéticos. “Al templo que señala al cielo con un dedo le falta la última falange”. Tiene su gracia el hecho de que la antes citada Iglesia de Ulm haya sido conocida durante años como el ‘dedo de Dios’. La cuestión, sin embargo, es que el 30 de noviembre se colocó la última bola del báculo (“Albrícias”, encabezó ‘El propagador…’ en su crónica de la jornada) y con ello se dio por finalizada la primera de las cuatro torres de esa fachada, pero hubo que aguardar aún unos días para contemplarla. El ‘Diario de Barcelona’ le dedicó una noticia al templo el 5 de diciembre de 1925 porque habían comenzado a ser retirados los andamios de madera y se intuía ya la punta de la torre. Algo no muy distinto sucederá en las próximas semanas con la Torre de Jesús, ahora en pleno proceso de culminación con la colocación de los brazos de la cruz que la coronará. Hasta que no se retire la instalación que la envuelve, no será totalmente visible su imponente altura de 172,5 metros.

La Torre de Bernabé, en otra fotografía que atesora el departamento de documentación del templo.

La Torre de Bernabé, en otra fotografía que atesora el departamento de documentación del templo. / Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Cifra redonda, habrán transcurrido casi exactamente 100 años entre la finalización de la primera torre y la actual de la central, con técnicas constructivas muy distintas, claro (las grúas de hoy en día eran hace un siglo la fuerza de los brazos de los trabajadores, que elevaban con cuerda y poleas los materiales) entre ellas, algo que entonces fue toda una innovación, como mínimo para un trabajo de estas características, según explica Jordi Faulí, actual director del proyecto. Aunque el cemento Portland ya había sido empleado pocos años antes en la ciudad (el mamut de la Ciutadella es la primera obra de esta variante del hormigón en Barcelona), su empleo en las torres de Sagrada Família fue algo rompedor y audaz. “No está de más recordar quién fue el gran introductor del cemento Portland en Catalunya, Eusebi Güell, con el que Antoni Gaudí mantuvo, resulta obvio, una estrecha relación”, subraya Faulí. Todo encaja.

Jordi Faulí, a los piés de la Fachada del Nacimiento y, a la izquierda, la Torre de Bernabé.

Jordi Faulí, a los piés de la Fachada del Nacimiento y, a la izquierda, la Torre de Bernabé. / FERRAN NADEU

El uso del cemento, no obstante, no fue hace 100 años lo que más deslumbró a los barceloneses de la primera torre, sino el juego de colores de sus mosaicos, delicadas piezas polícromas que habían sido suministradas por la Unión Vidriera Española (hasta aquí nada llamativo) y la firma veneciana (aclaración al fina del texto) Orsini, un apellido de gran repercusión, literalmente, en la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX. Era solo una casualidad, pero Orsini se llamaba el inventor de una bomba que cualquier revolucionario con algo de maña podía ser capaz de fabricar en un taller clandestino. Felice Orsini, que iba para sacerdote hasta que abrazó la causa de la independencia de Italia, nació en 1819 y murió en 1858 en la guillotina, en París, pues la tarde del 14 de enero de aquel mismo año intentó terminar con la vida de Napoléon III cuando el emperador iba camino de la ópera. Aquel revolucionario nacido en los Estados Pontificios lo pagó con su vida, pero la fama de sus bombas perduró como poco 70 años más. En 1893, dos bombas Orsini provocaron una matanza en la platea del Liceu y su uso en Barcelona llegó a ser tan frecuente que el Ayuntamiento de Barcelona hasta llegó a acondicionar un carruaje blindado para transportar al Camp de la Bota las que, por impericia de los anarquistas, no llegaban a estallar o eran decomisadas en las operaciones policiales contra esa forma de terror.

Un demonio con cuerpo de serpiente pone una bomba Orsini en las manos de un joven, elemento escultórico de la Sagrada Família.

Un demonio con cuerpo de serpiente pone una bomba Orsini en las manos de un joven, elemento escultórico de la Sagrada Família. / Pablo Ibáñez

En la Sagrada Família, aunque recóndita y a los pies de la Torre de Bernabé, hay esculpida la figura de un joven al que el diablo, con cuerpo de serpiente, intenta arrastrar a la senda del mal. Él parece buscar piadosamente el camino del bien. La gran incógnita no es qué terminará decidiendo, sino la identidad de aquel muchacho, porque otra de las maravillas de sumergirse en los fondos documentales de la Sagrada Família es descubrir quiénes eran los barceloneses que sirvieron de modelo a Gaudí y su equipo de artesanos para trabajar los distintos grupos escultóricos del templo. A un vigilante del recinto le tocó en suerte ser Judas. A una devota barcelonesa que se propuso ir a pie hasta Roma y que no pasó del Maresme, le tocó el premio de prestar sus facciones a la Virgen María. Opisso contó, en una divertida página del ‘Diario de Barcelona’ publicada en junio de 1952, que el grupo de ángeles trompeteros de la Fachada del Nacimiento eran en realidad unos soldados que hacían prácticas en los descampados que rodeaban el templo a principios de siglo y que molestaban sobremanera a Gaudí. Les mandó callar y eso enojó a los sargentos. Hubo tensión en el taller del arquitecto, pero en un rincón, sin que al principio los militares se dieran cuenta de su presencia, estaba nada menos que el obispo Torres i Bages. Cuando se levantó, los sargentos no solo se cuadraron, sino que incluso cedieron a la propuesta improvisada por Gaudí para que le prestaran cuatro soldados con sus trompetas en una sesión de modelaje.

La Fachada del Nacimiento, en 1925 o quizá ya, sin andamios, en 1926.

La Fachada del Nacimiento, en 1925 o quizá ya, sin andamios, en 1926. / Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

El propio Opisso en una ocasión se sometió a esa ‘tortura’. Se tuvo que desnudar y Gaudí en persona le cubrió de yeso casi hasta la asfixia. Esa es una intrahistoria de las obras de la Sagrada Família que apenas se aborda y que sería un estupendo filón para los guías turísticos. Opisso llegó a calificar de “diabólica” la tozudez de Gaudí por modelar a partir de figuras reales. A él le tocaba la ingrata tarea de retorcer el pescuezo a los animales que iban a prestar su cuerpo para modelar figuras, (reptiles y pájaros, sobre todo) y no queda claro si era también parte del equipo que en ocasiones iba al Hospital de la Santa Creu a fotografiar cadáveres o enfermos moribundos. Fue el hospital, por cierto, donde terminó sus días Gaudí tras el accidente del 7 de junio de 1926.

'Dama del Eden Concert', cuadro dedicado por Picasso a un local que quizá visitó Opisso para enojo de Gaudí.

'Dama del Eden Concert', cuadro dedicado por Picasso a un local que quizá visitó Opisso para enojo de Gaudí. / Archivo

Desde París, Pablo Picasso y su gran amigo Carlos Casagemas le invitaban a que salvara de verdad su alma y se mudara a la Ciudad de la Luz y el Moulin Rouge, textualmente que enviara a “Gaudí y la Sagrada Família a hacer puñetas”, pero Opisso, a pesar de las ingratitudes del empleo, era consciente de la genialidad sin igual de su jefe. En una ocasión supo Gaudí que Opisso había trasnochado en un local de pésima reputación de Barcelona, tal vez el Edén Concert al que Picasso dedicó una de sus obras de la etapa azul, donde la cupletista Elvira de Amaya encendía algo más que los corazones, e indignado le conminó a que se arrodillara de inmediato. “Castifíquese”, le ordenó. Gaudí era entonces ya el más profundo de los creyentes. Como Bernabé, se desprendió de sus riquezas. Él, que había sido todo un gurmet a la mesa y gran aficionado a la ópera (eso sí, Güell le vetó el acceso al Cercle del Liceu) era entonces un hombre de comidas frugales y pobre vestir. En una ocasión, una mujer le confundió con un mendigo y le dio unas monedas que, probablemente, él metió después en la hucha de los donativos con tal de dejar terminada al menos una de las torres de la Fachada de la Pasión, filigrana de geometrías internas que tenían como principal función entonces asegurar la perfecta distribución de las cargas y, cara al futuro, servir de ejemplo y para que sus sucesores terminaran la Sagrada Família.

La vio acabada, la torre, siete meses antes de morir. ¿Satisfecho? Cuentan que el relojero de la Sagrada Família en tiempos de Gaudí era un hombre inquietantemente callado, de poquísimas palabras. Cuando la torre estuvo concluida, habló: “Quin goig que fa”. A Gaudí le pareció el mejor de los elogios, no solo por lo que dijo, sino por quien lo dijo.

Una corrección, gracias a un lector

Con posterioridad a la publicación de este artículo, un lector envió una carta en la que señalaba lo que tal vez era un error. Decía que probablemente la empresa veneciana que suministró los cristales que decoran el báculo de la torre era Orsoni y no Orsini, como se señala en el texto. Tenía toda la razón. Orsoni Venezia es una firma nacida en 1888. En uno de los artículo publicados en 1925 sobre las obras del templo se identificaba a esa empresa como Orsini, un error de transcripción disculpable y que 100 años más tarde es imperdonable, porque en el resto de crónicas de entonces el nombre aparecía correctamente escrito. Sostiene un viejo proverbio chino que todo libro debe contener una errata para subrayar así que es una obra humana. Es un proverbio que hoy, en tiempos de Inteligencia Artificial, incluso cobra más sentido, de ahí que antes que corregir el texto principal haya parecido más interesante añadir esta suerte de fe de errores y dar de paso las gracias al lector por el aviso.

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