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Ateneu Universitari Sant Pacià

La manzana del Eixample donde aún se habla latín y se descifran jeroglíficos egipcios cada semana

Lenguas muertas, un mastodonte, un tesoro bibliográfico y mucho más, en una singular 'Manzana de la Concordia'

La biblioteca del Museu Egipci atesora un ejemplar completo del maravilloso (y maldito) libro que desató la egiptología

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Profesores y alumnos de lenguas antiguas del Ateneu Universitari Sant Pacià examinan un ejemplar de la Biblia Políglota Complutense del cardenal Cisneros.

Profesores y alumnos de lenguas antiguas del Ateneu Universitari Sant Pacià examinan un ejemplar de la Biblia Políglota Complutense del cardenal Cisneros. / JORDI OTIX

Carles Cols

Carles Cols

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Hay una manzana del Eixample donde cada semana se habla latín, se descifran antiguos textos egipcios jeroglíficos, incluso los de la etapa ptolemaica, cuando los pictogramas que empleaban los escribas se multiplicaron exponencialmente de 750 a no se sabe cuántos. Se viaja también al hebreo más antiguo, se conversa en copto y en siríaco, o sea en las lenguas con las que el cristianismo descendió por el Nilo y llegó hasta las costas orientales de Asia. Y, por si todo eso fuera poco, se venera el griego ático, el dialecto de Platón y Aristóteles. En esa misma manzana del Eixample, que fue una checa comunista durante la Guerra Civil, se atesora además la osamenta completa de un mastodonte, una de las bestias que se supone que no cupo en el Arca de Noé y, lo que sin duda es ya el acabose, se conserva entre algodones una de las mayores joyas bibliográficas de España, los seis tomos de la Biblia Políglota Complutense que en 1502 encargó el cardenal Cisneros, seis libros que, con permiso de Champollion, merecen ser definidos como la piedra de Rossetta del catolicismo, pues en cada doble página se muestran los textos sagrados, en latín en el centro, y a los lados, como los ladrones en el monte Calvario, en hebreo y griego. No es esta una metáfora escrita aquí al azar. Así se indica en prefacio del primer tomo.

A solo dos calles de allí está la Manzana de la Discordia, a la que nadie le discute en Barcelona ese nombre por sus evidentes méritos arquitectónicos, pero, si a la hora de otorgar sobrenombres se pesaran en la balanza otras materias, el Seminario Conciliar de Barcelona, lo dicho, la manzana de las lenguas muertas y de la prehistoria paleontológica (hasta pueden presumir de una porción de mamut en su Museu Geològic del Seminari de Barcelona), sin duda despuntaría mucho más como el singularísimo lugar de la ciudad que es. Menuda manzana. De su Escola de Llengües Antigues, motivo de esta crónica posterior a una visita guiada por su subdirector, David Solé, toca decir, como poco, que con solo cinco años de vida se ha convertido ya en un faro para los estudiantes de todas las edades y procedencias.

Los apuntes de un estudiante de egipcio antiguo.

Los apuntes de un estudiante de egipcio antiguo. / JORDI OTIX

El Seminario Conciliar de Barcelona, entre las calles de Diputació, Enric Granados, Consell de Cent y Balmes, no despunta, por supuesto, por una arquitectura como de la que puede presumir la Manzana de la Discordia. Es una obra de Elies Rogent (1821-1897), que no era ni un Gaudí ni un Domènech i Montaner, sino un antepasado profesional de estas dos figuras que tanto te construía una cárcel panóptica en Mataró como un embalse en Vallvidrera, o la sede central de la Universitat de Barcelona con unos ciertos aires de castillo medieval. Y es justo detrás de esta última obra donde, casi como escondido, está el seminario, hogar del Ateneu Universitari Sant Pacià, donde es posible cursar estudios de teología, arqueología, liturgia, filosofía y, lo dicho, media docena de lenguas que son los verdaderos cimientos de la cultura occidental, tanto de la laica como de la religiosa.

David Solé, subdirector del departamento de lenguas, imparte una clase de griego ático.

David Solé, subdirector del departamento de lenguas, imparte una clase de griego ático. / JORDI OTIX

Con un currículum académico que quita el hipo, no tienen Bàrbara Virgil, profesora del hebreo más milenario, y Pilar Casals, responsable del aula del extinto egipcio, unas clases llenas a rebosar, esto es cierto. Tampoco las clases de Solé, profesor de latín y griego, son un ‘pandemonium’ de alumnos, ni las de siríaco, que imparte Iñaki Marro, olas de griego también, a cargo de Mar Pérez... La cuestión es más la calidad que la cantidad. “Vengo de Galicia. Estudié allí filosofía, pero lo que me interesaba era ir a las fuentes originales, leer, y fue así como descubrí el Ateneu Universitari Sant Pacià”, explica uno de los alumnos de Solé. La sección de clásicos de las librerías y los propios textos sagrados están repletos de cuestionables traducciones. No era un camello el que no podía pasar por el ojo de una aguja, sino una soga, y Moisés (otro traspié de traducción de trascendentales consecuencias ) no tenía cuernos, sino que su testa irradiaba una luz celestial tras vérselas con la zarza ardiente, pero el error se mantuvo durante siglos, hasta el punto de que Miguel Ángel así le esculpió, con un par de astas.

'Moisés', al que Miguel Ángel esculpió concuernos por un error de traducción.

'Moisés', al que Miguel Ángel esculpió concuernos por un error de traducción. / A. de Sanjuan

Aunque la escuela de lenguas antiguas está bajo el paraguas de un ateneo universitario de perfil incuestionablemente católico (en el futuro aspira a ser una facultad validada por el Vaticano), el aprendizaje de lenguas como el griego ático, el latín o el copto es, si se permite la expresión, una moneda lanzada al aire, que si sale cruz permite adentrarse hasta en la tinta de textos fundacionales del cristianismo, pero que si sale cara abre las puertas a todo lo contrario, a conocer de la mano de Suetonio lo más sórdido de la Roma de los emperadores u (otro ejemplo) disfrutar de lo gamberro e imaginativo que fue Luciano de Samosata, un autor que, además de parodiar a Homero y Platón y de ser un precursor de la ciencia ficción con el relato de un barco que es arrastrado a la Luna, detestaba profundamente a los cristianos y se explayó en ello en sus escritos.

Bàrbara Virgil, de espaldas y en la pizarra, durante una clase hebreo antiguo.

Bàrbara Virgil, de espaldas y en la pizarra, durante una clase hebreo antiguo. / JORDI OTIX

El interés por las lenguas antiguas no tiene en España el peso académico que ha alcanzado en el Reino Unido, Alemania o Italia, admite Solé, pero suceden en Barcelona, opina, cosas sintomáticas, como la existencia del poco conocido Circulus Latinus Barcinonesi, un grupo de entusiastas que los sábados suele quedar solo por el pacer de conversar en latín, y luego está la aventura en la que no hace tanto se sumergieron Lluís Feliu y Adelina Millet, que tradujeron el ‘Gilgamesh’ al catalán desde las tablillas cuneiformes del acadio, la obra literaria más antigua del mundo, de la que se conservan decenas de fragmentos por una razón poco contada. Era un texto que sí o sí solía entrar en los exámenes para ser escriba en la antigua Babilonia, y por eso fue tantas veces reproducido.

Pero la mejor prueba del nueve de que tan muertas quizá no estén estas lenguas sucedió durante la visita al Seminario Mayor que capitaneó David Solé. Pidió permiso a profesores y alumnos para tomar unas fotos de las aulas en plena actividad y durante esas interrupciones contó que después, por si alguien tenía curiosidad, tenía previsto mostrar la Biblia Políglota Complutense, de la que apenas se conservan un centenar de ejemplares de los 600 que fueron llevados a imprenta a principios del siglo XVI. Se apuntaron a esa excursión a la planta principal, a la Biblioteca Pública Episcopal de Barcelona, todos los estudiantes y profesores presentes. Más de uno se emocionó. No era para menos.

Una doble página de la Biblia Políglota Complutense, con el latín en el centro y el hebreo y griego a los lados, y debajo, un fragmento en arameo.

Una doble página de la Biblia Políglota Complutense, con el latín en el centro y el hebreo y griego a los lados, y debajo, un fragmento en arameo. / JORDI OTIX

Francisco Jiménez de Cisneros, regente de Castilla bajo el reinado de Juana I y a la muerte de Fernando el Católico, inquisidor general y, cara a los libros de historia, celebérrimo cardenal, vio en la invención de la imprenta una ocasión formidable para, según sus palabras, “reavivar el estudio de las Sagradas Escrituras”. El empeño que puso en ello fue mayúsculo. Fue en busca primero de manuscritos antiguos y contrató después a los más eruditos teólogos de la época. El resultado fue una Biblia primorosamente editada (solo se han descubierto 50 erratas entre los seis tomos) y, además, luce una tipografía admirable en las cuatro lenguas que aparecen en sus páginas, latín, griego, hebreo y arameo.

El cardenal, que invirtió una fortuna en esta obra, murió cuatro meses antes de que saliera de imprenta. Lo hizo con retraso por los obstáculos que puso León X, un papa de pésimo recuerdo. En cualquier caso, la cuestión es que en el corazón de Eixample, en perfecta vecindad con los restos del mastodonte que allí conserva el Museu Geològic del Seminari de Barcelona, se halla una de aquellas biblias, una verdadera reliquia para cualquier entusiasta de las lenguas antiguas.