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Medio siglo del 20N

¿Por qué el ataúd de Franco medía tres metros?: la Modelo da cobijo a una catarsis de chistes sobre el dictador

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Francisco Franco: dictador y psicoanalista

Franco, una escultura de Eugenio Merino, en una de las celdas de la Modelo.

Franco, una escultura de Eugenio Merino, en una de las celdas de la Modelo. / Jordi Otix

Carles Cols

Carles Cols

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Había muerto ya Francisco Franco hacía meses y un hombre fue a una oficina de Correos. “Vengo a ‘juancarlear’ esta carta”. “Querrá decir franquear”, le corrigió el funcionario al otro lado del mostrador. “Ya me parecía a mí que las cosas no iban a cambiar tan rápido”, lamentó el protagonista de aquel chiste, uno de los tantos que este pasado miércoles por la noche fueron contados (como se dice a veces) en un marco incomparable, el interior de la cárcel Modelo, lugar terrible durante el franquismo, prisión en la durante cuatro décadas podía terminar cualquiera por el simple delito de maldecir al dictador. Teófilo Buendía, por poner un ejemplo verdadero, fue el primer condenado por el Tribunal de Orden Público (TOP) en 1963. Le cayeron 10 años por cuatro palabras malsonantes que pronunció en un bar cuando por televisión el presentador ensalzaba la mano derecha de Franco a la hora de guiar a España. Contra la aparente amnesia que cada vez más subyace en los resultados de las encuestas, ‘Chistes contra Franco’, mucho más que una ‘performance’ teatral, ha llegado por fin a Barcelona.

Ha sido esta una representación única. Tras el proyecto está la compañía madrileña Teatro de Barrio, la periodista radiofónica Ana Alonso, la revista Mongolia y el iconoclasta artista Eugenio Merino, a estas alturas sobradamente conocido por esas hiperrealistas cabezas de Franco que confecciona y que literalmente tanto juego han dado. El pasado junio, sin ir más lejos, se celebró junto a los restos de una antigua trinchera de Moià, a menos de 60 kilómetros de Barcelona, una rediviva Copa del Generalísimo, en la que el balón era la testa del dictador, y sopesa ya dónde celebrar la próxima edición, a ser posible en Madrid.

‘Chistes contra Franco’, la obra representada en la entonces siniestra sala de espera de la Modelo, es la antítesis de aquella juerga futbolística. Sobre el escenario había dos atriles, uno para Darío Adanti, encargado de poner voz a esas bromas que durante años recopiló en forma de libro el colaborador de ‘La Codorniz’ P. García, y el otro, importantísimo conseguir el fin deseado, para Alonso, encargada de poner el contexto a través de una selección de fragmentos de obras publicadas por historiadores, descripciones académicas sobre lo que fue el hambre, la venganza, la represión, la miseria y las torturas durante esa dictadura que hoy algunos maquillan y hasta reivindican.

Sin el contexto, muchos de aquellos chistes ni siquiera harían gracia. Entre los quizá inmortales, fue reído con ganas, por el arranque absurdo, uno de los que contó Adanti. El punto de partida eran unos supuestos Juegos Olímpicos de los servicios secretos de casa país. En una de las pruebas, los jueces soltaban a un cerdo en mitad de un bosque y los equipos tenían que encontrarlo a la mayor brevedad posible. El MI5 británico echaba mano de una cámara térmica y en 10 minutos tenía ya capturado al pobre gorrino. La CIA lo logró en ocho minutos con una cámara de rayos X, que le permitió ver más rápido la silueta del animal entre los árboles. Los agentes españoles, por el contrario, tardaron horas en regresar y, cuando lo hicieron, fue con una pobre cabra ensangrentada y con la cara magullada. El jurado les hizo notar que aquello no era un cochino, a los que la cabra, asustada a más no poder, respondió: “¡Soy un cerdo, soy un cerdo…!”. Que tras el chiste Alonso leyera insoportables testimonios de algunas víctimas de torturas del franquismo y recordara, además, cuán habitual era que los detenidos prefirieran saltar por la ventana de las comisarías y morir surtía el efecto deseado.

Parte de la bibliografía empleada por Ana Alonso para contextualizar los chistes en su época.

Parte de la bibliografía empleada por Ana Alonso para contextualizar los chistes en su época. / Teatro de Barrio

“El público más joven se me acerca después de cada representación y me reconoce que no sabía muchas de las cosas que les he leído”, dice. Bueno, en realidad ese es precisamente uno de los motivos por los que Eurom, el observatorio europeo de las memorias, ha querido que, aunque solo sea un día, ‘Chistes contra Franco’ recale en Barcelona. Esta es una obra que se representa desde hace un año el día 20 de cada mes y que tendrá su clausura el próximo 20N. Barcelona, en esa trayectoria, ha sido una anomalía en el calendario, pero se ha elegido un 1 de octubre porque esa fecha, pero de 1936, fue en la que Francisco Franco recibió el título Caudillo de España, un título que en la práctica le convertía en una suerte de rey absolutista. No en vano, hasta tenía la potestad de conceder títulos nobiliarios, algo que, por supuesto, hizo con quienes le acompañaron el golpe de Estado de 1936.

Tras el espectáculo hubo debate con el público, momento en el que se subieron a escena Merino y quien de un tiempo a esta parte ha sido poco menos que su embajador en Barcelona, el historiador Manuel Risques, que el pasado noviembre le puso la guinda a la perfecta a la exposición que allí mismo, en la cuarta galería de la Modelo, albergó una exposición sobre la infamia del TOP. Él fue el encargado de viajar de Madrid a Barcelona con una ‘merinesca’ cabeza de Franco dentro de una bolsa de supermercado para colocarla sobre un pedestal en la celda 327. La imagen era uno de los grandes atractivos de aquella muestra, algo así como una suerte de reparación para aquellos 3.798 que fueron sentenciados por aquel tribunal por delitos como reclamar derechos laborales, abrazar el feminismo o simplemente por no disimular suficientemente la homosexualidad.

En opinión de Risques, parece como si de nuevo vuelvan a ser tiempos de ‘franqueo’ y de una censura latente que, pongamos por caso, pretende juzgar bien entrad el siglo XXI los chistes que se contaban sin consecuencias sobre la muerte de Carrero Blanco. Hasta Tip y Coll hicieron humor con ello por televisión.

Eugenio Merino toma la palabra durate el debate posterior a la obra.

Eugenio Merino toma la palabra durate el debate posterior a la obra. / A. de Sanjuan

Para cuando muera, a Franco le han preparado un ataúd de tres metros de longitud. ¿Por qué?, preguntaba inevitablemente a quien le contaran aquel chiste. Para que estire bien la pata. Una de las cuestiones que salió a debate si todo aquel arsenal de humor llegaba a oídos del dictador. No se le recuerda como un hombre con sentido del humor y, en cualquier caso, quién sería el valiente que daría el paso. De Franco se contaba una anécdota que parece verosímil. Iba a salir de caza, una de sus aficiones, y el equipo a su servicio le preguntó dónde quería que le recogiera el todoterreno, si en la puerta principal de la finca o en la posterior. “Sí”, respondió lacónicamente. El remedio fue tener a punto un vehículo en cada puerta. Así funcionaba a España que ahora algunos añoran.

Que el franquismo no estaba para bromas quedó demostrado, quizá, hasta el último instante. Los responsables del espectáculo sacaron del zurrón de los recuerdos uno que no debería caer en el olvido. Cuando la agonía hospitalaria del dictador era ya la noticia que abría todos los telediarios, comenzó a circular una cábala que predecía la fecha en la que moriría Franco. Era fácil. Había que sumar el día, mes y los dos últimos dígitos del año en que comenzó y terminó la Guerra Civil, o sea, 18 más 1, 7 (julio) más 4 (abril) y 36 más 39. Fueron muchos los que tuvieron fresco y a punto el cava en la nevera para el 19 de noviembre de 1975. Finalmente, fue el día 20, pero hay fundadas sospechas de que el anuncio oficial se demoró un día, por la razón que fuera, aunque solo fuera por no otorgar ni siquiera esa victoria a los graciosos.