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Estreno prometedor

La reforma de los Jardinets del paseo de Gràcia encandila y, de paso, realza su novelesca historia escultórica

La Torre de les Aigües, tras ocho años sin 'playa', languidece al lado de los ejes verdes

Un monumento de papel rinde homenaje al paseo de Gràcia en su bicentenario

El banco que venera el turismo turco en Barcelona está a medio mes de desaparecer

La nueva zona peatonal de los Jardins de Salvador Espriu.

La nueva zona peatonal de los Jardins de Salvador Espriu. / JORDI OTIX

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Carles Cols

Carles Cols

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Han bastado 1,6 millones de euros y seis meses de obras para lograr lo que durante casi 100 años Barcelona consiguió solo a medio gas, que los llamados Jardinets del Passeig de Gràcia (en realidad llevan el nombre de Salvador Espriu, pero apenas nadie se refiere a ellos así) sean un lugar confortable, para sentarse y conversar, para leer, para ver como cada perro saluda o ladra a los de su especie o para simplemente disfrutar en paz de la sombra de los plátanos. No hay ningún instrumento científico para medir el éxito o fracaso de la reurbanización de una calle o un parque, pero la simple observación y la charla con algunos de los usuarios invitan a concluir que esta recién estrenada reforma está recibiendo un aprobado alto.

“Vivo en la Via Augusta, delante de esa rambla central que es horrorosa, así que ahora vengo aquí casi cada tarde aquí para tomarme el helado que compro de camino en la calle Séneca. ¿Conoce la heladería?”, pregunta Alejandro. La respuesta es que sí, claro. “¿Y usted, conoce la historia de estos jardines?”. Dice que no, y es una pena, porque solo la de los monumentos que la pueblan ya es novelesca.

Hasta 10 bancos y 17 sillas, con éxito de público, pueblan la reurbanización de los jardines.

Hasta 10 bancos y 17 sillas, con éxito de público, pueblan la reurbanización de los jardines. / JORDI OTIX

Fue en 1991 cuando bautizaron estos jardines en honor a Salvador Espriu, sin más razón que el hecho de que, justo ahí, encima de una tienda de ropa de nombre onírico, vivió parte de su vida, en el 118 del paseo de Gràcia. Pero la historia del lugar, al menos con el aspecto que mantuvo hasta que este agosto, se remonta a 1929, el año en el que, con motivo de la Exposición Internacional se maquillaron tantos espacios maltrechos de la ciudad. Este era uno de ellos. Gràcia había sido anexionada a Barcelona en 1897, pero las dos tramas urbanas no habían sido engarzadas de forma elegante. Cómo sería a principios del siglo XX, que hasta el marqués de Robert, dueño del palacete que aún lleva su nombre, solía ir armado al Liceu porque al regresar a casa, de noche, la parte alta del paseo de Gràcia era un lugar poco seguro.

Pasaron, pues, más de 30 años desde que Gràcia pasó a ser administrativamente Barcelona hasta que nacieron los jardines, eso sí, con ambición, con un diseño paisajístico de Nicolau Maria Rubió i Tudurí. No fue, desde luego, la herencia más celebrada de todas cuantas dejó en esta ciudad.

'Nueva Oda a Barcelona', escultura que durante un tiempo fue escondida porque incomodó a algunos malpensados.

'Nueva Oda a Barcelona', escultura que durante un tiempo fue escondida porque incomodó a algunos malpensados. / JORDI OTIX

La parte novelesca del lugar, sin embargo, no es esta. Ese calificativo lo merecen las distintas esculturas que pueblan los jardines. En la punta de más arriba, justo delante de la Casa Fuster (edificio que, puestos a recordar, no está de más subrayar que a punto estuvo de ser demolido en 1962 para levantar en su lugar unas casi seguro feísimas oficinas) fue inaugurada un año antes, en 1961, la obra que ahora, hecha la reforma, luce bastante hermosa. Es una oda al Empordà que esculpió unos de los hijos de Joan Maragall, Ernest, tío del que después sería alcalde de Barcelona. Son dos mujeres desnudas, nada extraño en este tipo de trabajos a martillo y cincel, pero que en su día causó incomodidad, porque hubo quien señaló que era un homenaje a las relaciones lésbicas. La obra se mantuvo ‘escondida’ en el parque de Cervantes hasta que, en 1985, Pasqual Maragall, lo dicho, el sobrino del escultor, ordenó que fuera devuelta a su emplazamiento original.

Quizá esa fuente en la que de nuevo esa pareja de mujeres parecen conversar indiferentes al tráfico y al caminar de los transeúntes tenga algo telúrico que la asocie a la controversia, porque esa oda al Empordà no fue, de hecho, la primera escultura del lugar. Cuando en 1929 se inauguraron los jardines se instaló allí primero un conjunto al que Joan Borrell Nicolau (por situarle, el autor de ese Jacint Verdaguer que le da un aire de grabado de Piranesi a la confluencia del paseo de San Joan con la Diagonal) le dedicó seguramente muchos meses de oficio. Era una composición titulada ‘Fuente de la Aurora’. No está de más echar mano de una foto de archivo para reconocer que Borrell no escatimó fuerzas.

La fuente de la Aurora, de espaldas a Gràcia.

La fuente de la Aurora, de espaldas a Gràcia. / Autor desconocido

La figura central de la obra era Minerva de pie sobre una barca que a su vez iba sujeta a dos bigas (la versión utilitario de las cuadrigas, de solo dos caballos de potencia), una manejada por Helios y otra por Selene. Un conjunto de águilas, en lo alto de cuatro columnas, velaban por la seguridad de todos aquellos dioses. Por si fuera poco, la escena se completaba con una Diana cazadora dando cuenta de un pobre ciervo con ayuda de unos perros y, a su lado, una ninfa que, indiferente a lo brutal de la captura cinegética, se peinaba tranquilamente. Aquel derroche de inspiración se fue al traste por un detalle que en Gràcia enfadó muchísimo. Minerva y el resto de personales le daban la espalda a los vecinos de la antigua villa. La escultura fue colocada mirando a la Diagonal. La obra de Borrell fue desahuciada de la peor de las maneras. Cada una de las figuras terminó en un punto distinto de la ciudad, Minerva en Montjuïc, por ejemplo, Selene en Vallcarca y las pobres águilas en el zoo. Obsérvese que la escultura actual, la de las dos muchachas, no le da la espalda a Gràcia.

'La lectura', un relieve de Josep Clarà en memoria de Pompeu Fabra.

'La lectura', un relieve de Josep Clarà en memoria de Pompeu Fabra. / JORDI OTIX

En mitad de los jardines y de manera bastante discreta hay que reparar en el homenaje a Pompeu Fabra, un trabajo de Josep Clarà, nada que objetar, salvo que no es la pieza más conocida de este reputado artista. Todo lo contrario puede decirse de la siguiente, ‘Surco’, de Frederic Amat, inaugurada en 2014 y que no todo el mundo cae en lo que representa. Representa la huella que dejaría en el suelo el obelisco de la plaza Cinc d’Oros si por accidente se desplomara en mitad de los jardines. ¿Es un deseo del artista? ‘Surco’ está formalmente dedicado a Salvador Espriu. Incorpora una placa con un verso del poeta (‘brilla, dins l’únic coneixement del negre, l’or del meu somni’), que ya es casualidad que la tienda de los bajos de su piso del paseo de Gràcia, sea llame precisamente Sueños Negros, pero de forma inevitable a lo que invita esa obra es a preguntarse una vez más a qué rinde homenaje hoy en día el obelisco de la Diagonal con paseo de Gràcia. ¿Al espíritu veleta de la ciudad?

Una pareja observa 'Surco', la obra de Frederic Amat que representa el obelisco caído.

Una pareja observa 'Surco', la obra de Frederic Amat que representa el obelisco caído. / JORDI OTIX

La idea de plantar ahí un obelisco nació en 1915. Iba a ser un homenaje a la Primera República. Solo se colocó la simbólica primera piedra y no fue hasta 1934 que, ya en plena Segunda República, se retomaron los trabajos, con una mirada renovada. El obelisco estaba coronado por una mujer desnuda con el gorro frigio y un ramo de laurel en la mano, una representación de la democracia republicana que, cómo no, desagradó a los vencedores de la Guerra Civil. Fue enviada al almacén y pusieron en su lugar un águila, pero no con las alas abiertas de par en par, sino en reposo, así que los barceloneses comenzaron a llamar aquello ‘la plaza del Loro’, broma que llegó a oídos de las autoridades, que respondieron con un envite, encargaron a Frederic Marés una Victoria que saludara a los ciudadanos brazo en alto, a la manera fascista. No fue retirada de los pies del obelisco, conviene subrayarlo, hasta 2015, vamos que un poco más y saluda al actual auge de la ultraderecha.

'Pink Barcino', homenaje al bicentenario del paseo de Gràcia, y detrás, el obelisco, monumento hoy a absolutamente nada.

'Pink Barcino', homenaje al bicentenario del paseo de Gràcia, y detrás, el obelisco, monumento hoy a absolutamente nada. / JORDI OTIX

De la Victoria se acuerda Alejandro, que a estas alturas ya se ha terminado el helado e incluso la galleta del cucurucho. Pregunta a dónde se la llevaron. Está en un almacén municipal a la intemperie, en la Zona Franca. Y entonces pregunta por esa otra extraña pieza que desde los jardines se divisa al otro lado de la Diagonal, en la esquina del Palau Robert. Esa es otra victoria, la de los comerciantes del paseo de Gràcia, a los que se les concedió permiso para celebrar el bicentenario del bulevar con una escultura efímera, ‘Pink Barcino’, que lleva allí ya ocho meses más de los inicialmente previstos. Podría ser peor. Podría estar en mitad de los Jardins de Salvador Espriu.