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Se jubila tras cuatro décadas

Adiós a Jordi Elias, el último vendedor de las 'paraditas hippies' de Sabadell: "Echaré de menos a todos los amigos que he hecho"

Tras 43 años al frente de su emblemático puesto en el centro de la ciudad, el comerciante pone fin a la última de los históricos 'stands' locales

COMERCIO | Una treintena de comerciantes quiere abrir una parada en el ‘mercado fantasma’ de Sabadell

Adiós a Jordi Elias, el último vendedor de las 'paraditas hippies' de Sabadell

Edu Gil

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Sabadell
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Durante más de cuatro décadas, quien paseaba por el centro de Sabadell tenía muchas posibilidades de cruzarse con Jordi Elias (Sabadell, 1961). Detrás de una parada repleta de sombreros, pañuelos, riñoneras, bolsos y bisutería, no solo vendía productos. También conversaba con los vecinos, escuchaba historias, debatía sobre la actualidad y veía desfilar, literalmente, la vida de la ciudad. Su ubicación, junto a la parroquia de Sant Fèlix, le convirtió además en testigo privilegiado de algunos de los momentos más importantes de muchas familias: desde bautizos y bodas hasta entierros. Generaciones enteras han pasado frente a su puesto, el último vestigio de las conocidas como "paraditas hippies", que durante décadas formaron parte del paisaje comercial del centro de Sabadell. 

Ahora, 43 años después de comenzar aquella aventura, baja la persiana definitivamente para jubilarse. Lo hace satisfecho, aunque con la sensación de cerrar también un pequeño capítulo de la historia de Sabadell. "No ha sido una decisión improvisada", explica. La jubilación era el desenlace natural de una trayectoria que comenzó en 1983, pero admite que también han pesado otros factores.

El primero, el físico. Durante más de cuatro décadas montó y desmontó cada día toda la estructura de la parada porque la normativa municipal obligaba a retirarla al finalizar la jornada. "No es lo mismo hacerlo con 21 años que con 65", resume. A ello se suma la situación económica de un modelo de comercio que, reconoce, "hace años que vive prácticamente en la línea de la supervivencia".

De la casualidad a una forma de vida

Su llegada a las "paraditas hippies" fue casi fruto del azar. Buscaba trabajo cuando un amigo le habló de aquel pequeño grupo de vendedores ambulantes que empezaba a instalarse en Sabadell. Apenas una semana después ya había construido una mesa de dos metros con ruedas —ni siquiera tenía carnet de conducir— y comenzó a vender en la calle. "Fue totalmente accidental", recuerda entre sonrisas. Sin embargo, aquella casualidad acabó convirtiéndose en toda una forma de vida.

En aquellos primeros años apenas eran cinco o seis vendedores. Compartían una manera distinta de entender el trabajo y la calle. De ahí nació el sobrenombre de "paraditas hippies", una etiqueta que, según explica, no definía necesariamente a todos los vendedores, sino al ambiente que rodeaba aquellas paradas."Había gente muy diversa, algunos sí eran hippies en el sentido más estricto, otros no, pero todos compartíamos una forma bastante alternativa de vivir. También vendíamos productos exóticos y diferentes, y todo eso hizo que la gente acabara llamándonos así", recuerda.

Aunque la parada pasó por la calle de la Rosa, el paseo de la Plaça Major y, finalmente, la calle de Gràcia, todas ellas muy próximas entre sí, Elias asocia cada emplazamiento a una etapa de su vida más que a un lugar concreto. "Más que recordar los lugares, recuerdo el momento vital que vivía en cada uno de ellos", explica. La calle de la Rosa le evoca la juventud; el paseo, a los años de crecimiento y aprendizaje; y la calle de Gràcia, donde ha pasado las dos últimas décadas, "el tiempo de la madurez, cuando vives las relaciones humanas con mucha más profundidad". 

Una vida detrás del mostrador

Precisamente, las personas son lo que más ha marcado su trayectoria. Tras 43 años atendiendo a miles de clientes, asegura que podría pasar una semana entera relatando anécdotas. Una de las más impactantes, según él, ocurrió tras el atentado de ETA que acabó con la vida de seis policías nacionales en Sabadell en diciembre de 1990. Primero pasó por su parada un hombre celebrando los asesinatos. Semanas después, sin saberlo, conversó durante varios minutos con la viuda de uno de los agentes fallecidos mientras ella observaba algunos artículos del puesto. "Son aquellas cosas de la vida que no sabes por qué van ligadas: la miseria, el dolor y las lecciones", reflexiona. "Lo recuerdo especialmente por esos dos sucesos en cadena", añade, pese los años transcurridos.

La cercanía de la parada a la iglesia de Sant Fèlix convirtió a Elias en un testigo privilegiado de la vida cotidiana de Sabadell. Durante décadas vio pasar bautizos, bodas y entierros, y también fue confidente improvisado de muchas personas. "Cuando una madre acaba de tener un hijo, te lo enseña con una alegría inmensa. La otra cara de la moneda es cuando otra madre te cuenta la pérdida de un hijo. Son las dos caras de la vida", reflexiona.

Una ventana a la sociedad

Elias asegura que durante estos 43 años su parada ha sido "una ventana a la sociedad". Ese contacto permanente con la gente le ha permitido observar de cerca cómo ha cambiado la ciudad y también la forma de relacionarse de sus habitantes. Cree que hoy vivimos con más prisa, hablamos menos y hemos perdido parte de aquella curiosidad que existía hace décadas. "Antes la gente buscaba un significado en las cosas. Un objeto tenía una historia, un valor simbólico o cultural. Ahora casi todo se compra únicamente por utilidad", lamenta.

A su juicio, esa transformación social ha ido de la mano de la aparición de las grandes superficies, el comercio electrónico y las redes sociales, factores que han cambiado profundamente la forma de consumir y que han hecho cada vez más difícil mantener negocios como el suyo. "Muchos comerciantes no han tenido tiempo de adaptarse a cambios que han llegado muy deprisa", afirma.

El legado de una parada

Elias asegura vivir esta nueva etapa con serenidad. "Siempre tuve el convencimiento de que era un pájaro de paso", dice. "He tenido la enorme suerte de conocer a muchísimas personas y eso hace mucho más fácil despedirse". Si algo espera que no desaparezca con el cierre de su parada es precisamente aquella manera de relacionarse con los demás que, según él, definía aquellos años. "Espero que ese tiempo sirva para recordar una época en la que las relaciones humanas eran más importantes y menos utilitaristas que ahora", afirma.

Cuando se le pregunta qué echará más de menos, no habla del negocio ni de las ventas. Habla de la gente. "He hecho muchísimos amigos y amigas. La parada me ha permitido implicarme en la vida de la ciudad, conversar con personas muy distintas y aprender muchísimo de ellas. Eso será lo que más echaré de menos".

A partir de ahora comienza una nueva etapa, aunque no tiene grandes planes materiales. Después de más de cuatro décadas observando la vida desde una esquina del centro de Sabadell, asegura que su único objetivo es encontrar la felicidad. Y lo resume con una frase que, probablemente, explique mejor que ninguna otra cómo ha entendido siempre su trabajo y también la vida. "La felicidad está en saber amar".

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