En Ciutat Vella
Bares y restaurantes emblemáticos de Barcelona alzan la voz para que el Raval recupere su afluencia histórica
Locales en propiedad o con arrendamientos blindados y un fácil acceso desde las fronteras del barrio, principales claves de una supervivencia a contracorriente
El renovado Casa Leopoldo no resiste en el Raval de Barcelona: cerrará el próximo domingo
El Raval de Barcelona acumula más de 1.100 restaurantes, súpers y comercios turísticos
El barman del Raval que retira montones de basura en la calle de la Cera: “Lo hago para mantener el negocio abierto”

Interior del bar Roso, un histórioco en la calle Sant Gil,2. / JORDI COTRINA / EPC

Desde su restaurante en el corazón del Raval, Toni Fragoso sintió una punzada en el corazón hace justo un mes, cuando vio bajar la persiana del famoso local vecino Casa Leopoldo. “Mantener un restaurante histórico en Barcelona es difícil”, dijeron entonces sus últimos titulares. Y el curtido restaurador que se asoma hace 44 años a la barra de El Cafetí les da la razón. Es un sector complicado, competitivo y con estrechos márgenes que tiene una alta rotación en la capital catalana. Pero en el caso del Raval las cosas son aún más difíciles porque la combinación de los problemas de inseguridad e incivismo, junto con los cambios sociodemográficos de la zona (con un 76,3% de la población nacida en el extranjero, en el último padrón) han ido reduciendo la clientela de proximidad, también la del resto de la ciudad e incluso están ahuyentando al turismo, poniendo en jaque la viabilidad de muchos negocios, incluso de los más arraigados, en el caso de que tengan que asumir los alquileres disparados que se abren camino en el barrio.

Toni Fragoso, propietario del restaurante El Cafetí en la calle Sant Rafael,18 . / JORDI COTRINA / EPC
Los pequeños empresarios alertan de que el barrio necesita más cuidados para preservar a la hostelería (con una enorme oferta de 426 negocios en el último recuento municipal, la mayoría recientes y foráneos) y menos presión en forma de inspecciones y sanciones a los negocios. Solo la compra de los locales, los contratos indefinidos o los relevos por parte de nuevos empresarios que mantengan la actividad blindan la oferta tradicional de bares y restaurantes autóctonos.
En la actualidad, Fragoso supone una rareza de resistencia en la zona, cuyos menús de cocina catalana llenan la sala, como sucede con Ca l'Estevet, entre muy pocos ejemplos. El Cafetí que abrió su familia en 1979 y luego gestionó un amigo, hasta que él se sumó a las riendas y lo convirtió en su vida, ha sido testigo de las idas y venidas del ‘barrio chino’, del Raval, de las intervenciones urbanísticas y de la transformación social. Cree que el vecindario ha vivido momentos mucho peores, pero lamenta que la degradación que viven hoy muchas calles esté poniendo en jaque a la hostelería. ¿La clave de su resiliencia contra crisis y cambios de tendencias? Tiene un contrato indefinido que por suerte blindó ante notario, ya que la entidad propietaria de la finca ha hecho diversos intentos para invitarle a marcharse. Eso, y que Toni cocina, sirve y hace un poco de todo para ajustar al máximo los gastos que devoran a otros negocios, junto a un equipo de tres trabajadores con los que atienden comidas y cenas de miércoles a domingo.

Los actuales propietarios del restaurante Can Lluís, en el Raval, Denis y Olga M. / Ferran Nadeu / EPC
Esa pirueta y vivir al lado le permite poder servir menús caseros a 15,9 euros entre semana, tener una carta asequible y que sus paellas atraigan a algunos turistas que se atreven a llegar a la zona, pese a que taxistas, hoteles del resto de la ciudad y otros prescriptores les alertan de que es mejor “evitar” el Raval o, en todo caso, acudir sin joyas, teléfonos o efectivo. “A mí nunca me había pasado nada, pero el otro día me robaron el móvil”, se lamenta. Recuerda que Rosa Gil, la gran capitana de Casa Leopoldo antes de las últimas etapas fallidas con varios relevos, orquestaba personalmente la llegada de clientes en taxi. Ahora todo es más difícil.
La evolución demográfica no es baladí: “Los vecinos de toda la vida ya no están, se han ido muriendo o se han mudado”, cuenta Carlos Rodríguez, a punto de jubilarse tras toda una vida en el Bar Roso (1916), que ya regentó su padre en la calle de Sant Gil, y que él tripula desde 1998. “A nosotros siempre nos ha ido bien, porque viene gente joven de otros barrios y algo de turismo, pese a que hemos llegado a estar rodeados de narcopisos”. Una situación que ha mejorado en los últimos meses, admite, pero acaso la fama que arrastra el barrio está haciendo que este sea el año más flojo que ha vivido. Percibe que menos gente llega a su zona.

Barra del bar Mendizábal en la calle Junta de Comerç. / JORDI COTRINA / EPC
El efecto de los incidentes
El gerente del Eix Comercial del Raval, Jordi Bordas, apunta precisamente a la “mala prensa” del Raval en los últimos años, por problemas de inseguridad y narcopisos, sobre todo, como el gran lastre de la actividad. “Una noticia de una pelea o un incidente grave se nota inmediatamente en la afluencia a los bares y restaurantes de los siguientes días”, asume. Por eso reivindica siempre hablar de la oferta de calidad que aún late en sus estrechas calles, y de los empresarios que defienden con gran empeño sus negocios.
Para Bordas, los problemas de robos e incivismo suponen un freno a la visita de público de fuera del barrio. Muchos barceloneses llevan años dando la espalda al centro de la ciudad, por su saturación, pero el turismo natural de la zona también es cada vez más esquivo. Todo ello, combinado con los precios de los locales hacen que la supervivencia de nuevos proyectos sea un milagro.
Traspasos y arrendamientos caros
En Idealista es el barrio de Ciutat Vella con más restaurantes en traspaso y alquiler. Lo que no evita que los precios estén por las nubes, abundan los locales disponibles por entre 4.000 y 6.000 euros, con traspasos que pueden alcanzar varios cientos de miles. “Los números son difíciles en locales grandes y que necesiten más plantilla”, señala el gerente, conocedor de la rotación. En la Rambla del Raval, la mayoría son empresarios foráneos, con una oferta sobre todo 'low cost', quienes han tomado las riendas. Pero por las muchas calles y callejones del barrio se libran distintas historias y batallas.
En la de Hospital, el Mendizábal, con su centenaria barra, es un ejemplo de adaptación. El restaurador Carles Begueria le dio savia nueva hace dos décadas. Primero de alquiler, luego logró comprar la barra y más tarde el local anexo que les ha permitido llegar a consolidar un equipo de 13 personas. Tienen que trabajar mucho y bien para asegurar la rentabilidad del negocio, en una zona que no es fácil por el problema de los robos y el contrasentido que les supone la presión municipal a los negocios. Como otros operadores, la aprecian en forma de trabas administrativas y continuas inspecciones y sanciones a la hostelería, sea por una silla de más en una terraza o una minucia en la eliminación de residuos. Pese a que las bolsas de basura y los restos de todo tipo se asoman a muchas aceras a diario. Como frente al Cafetí, donde una persona saca varias bolsas de un contenedor y las abre en plena acera para rebuscar en su contenido y acabar dejando ese tramo de calle lleno de desperdicios.
El Mendizábal logra convocar a barceloneses y viajeros por su carácter y la proximidad con hoteles, teatros y con la Rambla. “Somos sobre todo un punto de encuentro”, apunta Carles. Pero sobre todo un lugar de referencia para buenos bocadillos, tapas y tragos a precios asequibles.

Interior del bar Marsella , que regenta Josep Lamiel, en la calle Sant pau, 65. / JORDI COTRINA / EPC
La ubicación tiene un papel determinante en la suerte de la restauración del barrio. En el caso de Can Lluís, que hace un año inició una nueva etapa tras la marcha de la saga que lo convirtió en un emblemático de la zona, de la mano de una familia rusa afincada en Barcelona y que quiso resucitar el negocio recuperando su estética y oferta gastronómica. Les ayuda mucho estar a pocos pasos de la ronda de Sant Pau. Es decir, no tener que atravesar las calles más duras del Raval para disfrutar de su cocina catalana. Cuentan que la mayor parte de sus comensales son catalanes. “Para nosotros es probablemente la mejor valoración de lo que hacemos. La gente aprecia no solo el renacimiento de Can Lluís, sino nuestro sincero respeto por la cultura, las tradiciones y la gastronomía catalanas”. Lo explican un mediodía con la sala que da a la calle llena, efectivamente, de público local paladeando sus pies de cerdo con caracoles, el ‘cap i pota’ con tripa y garbanzos o las albóndigas con sepia y guisantes.
“Poco a poco se ha ido formando una clientela fija, y nos recomiendan”, lo que les ha animado a seleccionar más proveedores locales y producto de temporada y mimar el servicio, con el que han logado resucitar el negocio. Los turistas son pocos todavía, pero tampoco los buscan, porque su diana era la reconquista de los barceloneses y preservar el “alma” de un negocio icónico en el barrio, de 1929, añade la propiedad. Porque una de las claves para poder asumir la gran inversión en rehabilitación del inmueble (por el estado de la finca) fue comprar el local y no depender de los incrementos de rentas.
Otros hábitos y consumo
Ser propietario ha blindado también la historia del Roso, subraya Rodríguez, cuya hija está a punto de tomar las riendas del negocio, que cuenta también con tres empleados. Entre las decisiones que han tenido que tomar en los últimos años para cuadrar las cuentas destaca cerrar por la mañana. “Cada vez lo hacen más negocios”, apunta. Ellos abren a las 13 horas con sus tapas frías de siempre, porque no tienen cocina. Y en el barrio no hay trabajadores de oficinas que vayan a desayunar. Con tres de cada cuatro residentes nacido en el extranjero (una parte están nacionalizados, por lo que la población oficialmente foránea es ahora del 54,2%), muchos nuevos vecinos se abastecen en negocios de sus compatriotas, o tienen otros hábitos.
El curtido hostelero cree que con menos rigidez normativa el barrio tendría más oportunidades. “¿Por qué no podemos tener un permiso para poner cocina, después de tantos años? ¿O por qué no pueden abrir más bares en calles donde ayudarían a dinamizarlas?”, se pregunta, mientras recuerda los problemas de suciedad y basuras en el entorno.

Ambiente en Can Lluís, la noche del viernes. / JORDI COTRINA / EPC
En la misma línea, el Gremi de Restauració de Barcelona es combativo con la situación de los negocios en Ciutat Vella, y sobre todo en el Raval. Su director, Roger Pallarols, considera la situación de “precaria” y de “extrema gravedad desde hace años”. A su juicio, el ayuntamiento “ha tergiversado las prioridades, que en esta zona son los problemas de seguridad, orden y expulsión de actividad económica, porque se expulsa a la clientela”. En su lugar, cree que la administración “dedica los recursos a perseguir bares y multarlos”. “No facilitan las cosas permitiendo poner una jardinera para mejorar una terraza o permitir ampliarlas en puntos donde expulsarían otras actividades problemáticas y contribuirían a dar seguridad y normalidad ”. En cambio, argumenta que los locales afrontan “alquileres y costes laborales muy altos” que son difíciles de encajar en ese contexto.
Un caso bastante insólito es el del icónico Bar Marsella (1820), en la calle de Sant Pau con Sant Ramon, que estuvo a punto de desaparecer ante la apisonadora especulativa que ha disparado muchas rentas. Pero la compra del inmueble por parte del ayuntamiento en 2013 lo salvó, blindando un alquiler asumible y su futuro. Josep Lamiel, su propietario, sabe que sin esa ayuda tendría dos trabajadores en lugar de cuatro. "Muchos tienen que cerrar", cuenta, "porque viene menos gente al barrio y sin clientes no pueden sobrevivir". Cree que el peso de la turismofobia ha ido haciendo mella y que el Raval necesita esfuerzo, inversión y un control de la oferta comercial, que tiende al monocultivo. Tiendas de móviles, turísticas, súpers y fruterías rodean a muchos de los históricos.
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