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Metamorfosis comercial

Las dos últimas tiendas de marroquinería de la calle Ferran: "Cobramos el salario mínimo interprofesional"

Calpa y Guido Barcelona perduran en una vía transformada por el turismo, la presión inmobiliaria y una rotación comercial que ha ido diluyendo la identidad de la calle

David Miquel, uno de los 3 hermanos al frente de la tienda de marroquinería Guido, negocio histórico de la calle Ferran de Barcelona

David Miquel, uno de los 3 hermanos al frente de la tienda de marroquinería Guido, negocio histórico de la calle Ferran de Barcelona / MANU MITRU / EPC

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Alba Zaplana

Barcelona
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Los últimos comercios históricos que sobreviven en la calle Ferran de Barcelona son auténticas reliquias en una calle tomada desde hace años por cadenas de comida rápida, tiendas de souvenirs de escaso valor estético y establecimientos dirigidos al turismo de paso. De los siete establecimientos antiguos que aún conserva, solo dos mantienen vivo el oficio que antaño dominaba la regia calle Ferran: la marroquinería. Se trata de Calpa (Ferran, 53) y Guido Barcelona (Ferran, 14).

Sus escaparates llenos de bolsos, cinturones, maletas y monederos se resisten a la transformación comercial de una de las vías más emblemáticas del barrio Gòtic. Ambas tienen en su catálogo distintos productos decorados con el famoso 'panot' de la capital catalana, un icono que logra gustar tanto al público turista como al local. Hoy la calle Ferran concentra 66 de los 1.811 comercios activos del Gòtic, según ha podido contabilizar EL PERIÓDICO.

Vista de la calle Ferran de Barcelona este julio

Vista de la calle Ferran de Barcelona este julio / MANU MITRU / EPC

La calle Ferran se abrió en 1824 en la densa trama urbana de una Barcelona todavía amurallada, en la que la pujante burguesía industrial demandaba espacios elegantes para pasear, comprar y relacionarse. La nueva vía, que conectaba el nucleo político de la plaza Sant Jaume con los grandes teatros de la Rambla, sedujo de forma natural a la nueva clase social. Diseñada por Josep Mas i Vila, fue una de las primeras calles de la ciudad concebidas expresamente para el comercio, con locales en los bajos de casi todas las fincas. Llegó a concentrar algunos de los establecimientos más lujosos y exclusivos de la ciudad, muchos de ellos con ornamentación modernista, como la farmacia La Estrella, que cerró en 2021 y hoy vende bisutería.

De destino comercial a calle de paso

Laura García ha seguido la transformación de Ferran desde detrás del mostrador de Calpa. Entró a trabajar en la tienda con 17 años y, aunque no llegó a conocer la calle en su momento de mayor esplendor, sí alcanzó a vivir los estertores de aquella etapa. Durante años ha escuchado los recuerdos elogiosos de quienes la disfrutaron: “Llegó a haber una docena de tiendas de bolsos de piel. La gente venía expresamente a buscar este tipo de productos”, señala.

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona / Manu Mitru

Fundada en 1973, Calpa mantiene su apuesta por los diseños propios y la fabricación local de bolsos, mochilas y carteras de piel, entre otros productos. Hoy, a sus 38 años, García acaba de asumir la gerencia tras la jubilación de su fundadora, Àngela Calvet. El relevo, lejos de producirse dentro de la familia, ha recaído en quien durante dos décadas creció profesionalmente entre sus mostradores. Después de más de cinco décadas al frente del negocio y pese a haber recibido importantes ofertas para alquilar el local, Calvet ha preferido garantizar la continuidad del establecimiento antes que destinarlo a otra actividad.

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona / Manu Mitru

En un contexto en el que muchos negocios han optado por productos estandarizados para visitantes, Calpa continúa diseñando buena parte de los bolsos y carteras que vende, encargando su confección, siempre que es posible, a pequeños talleres artesanales de Barcelona. Entre sus piezas más reconocibles figuran los bolsos inspirados en el panot barcelonés: “Es muy importante destacar y ser algo distinto. Eso es lo que da personalidad e identidad a un barrio o a una ciudad. Y es lo que el turismo quiere encontrar aquí”, defiende.

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona / Manu Mitru

Mantener esa identidad resulta cada vez más difícil en una calle donde el comercio tradicional es prácticamente inexistente: “La gente ya no viene a esta calle a pasear, porque no queda casi nada”, lamenta. Según los últimos datos recopilados por la asociación de comerciantes Barna Centre, en la calle que lució interiorismos de arquitectos como Josep Puig i Cadafalch y Josep Maria Jujol, los peatones apenas permanecen una media de diez minutos en Ferran. Están de paso.

Volver a mirar los escaparates

Para tratar de revertir esta situación, Barna Centre adelanta a EL PERIÓDICO que incorporará en otoño de 2026 por primera vez la calle Ferran a la quinta edición de Aparadores Artísticos. Esta iniciativa busca transformar los escaparates de algunos establecimientos del Gòtic en galerías de arte efímeras de la mano de artistas barceloneses. “Quedan propuestas comerciales muy válidas, pero han quedado invisibilizadas por un entorno que ha cambiado mucho”, sostiene la gerente de la asociación, Isabel Rodríguez. Por primera vez, la actuación pretende volver a atraer la atención hacia los comercios históricos de Ferran e invitar a los peatones a detenerse en una calle que hoy atraviesan sin apenas fijarse.

Laura García es la nueva dueña de Calpa, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona

Los panots de la flor y los hexagonales decoran múltiples productos en Calpa y Guido Barcelona, las dos últimas tiendas de marroquinería de la calle Ferran / Manu Mitru

Un futuro cada vez más incierto

Sin embargo, las iniciativas para revitalizar la calle no logran disipar la preocupación de todos los comerciantes. La presión inmobiliaria con ofertas millonarias, el encarecimiento de los alquileres y la transformación del tejido comercial siguen poniendo en jaque la supervivencia de negocios emblemáticos como Guido Barcelona.

Guido Barcelona, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona

Guido Barcelona, una de las dos únicas tiendas de marroquinería que quedan en la calle Ferran de Barcelona / MANU MITRU / EPC

Fundada en 1932 y regentada hoy por la tercera generación de la familia, Guido Barcelona continúa especializada en la venta de artículos de viaje, mochilas y marroquinería. Sin embargo, el optimismo con el que afrontan el futuro es escaso. “Voluntad de que continúe una cuarta generación siempre la hay, pero las circunstancias actuales no dan una previsión muy favorable”, admite Pep Miquel, que lleva casi cuatro décadas detrás del mostrador: “Antes podíamos contratar personal; ahora solo estamos los tres hermanos. Cobramos el salario mínimo interprofesional, vivimos al día y todavía arrastramos las deudas de la pandemia”, se sincera.

David Miquel, tercera generación al frente de la tienda Guido Barcelona

David Miquel, tercera generación al frente de la tienda Guido Barcelona / MANU MITRU / EPC

La familia logró mantenerse en la calle Ferran tras alcanzar un acuerdo con la propiedad, pero el coste del local se ha multiplicado. “Antes pagábamos entre 300 y 500 euros de alquiler. Ahora pagamos 3.700”, explica Miquel. A ello se suma una caída de la facturación de alrededor del 40% respecto a años anteriores.

Mientras la calle sigue transformándose, Calpa y Guido Barcelona resisten el vendaval. “Yo no vendo cosas, ayudo a la gente a encontrar la solución que necesita. Doy un servicio”, presume Miquel. Si algún día bajan definitivamente la persiana, no desaparecerán solo dos locales históricos: “También se perderá una forma de entender el comercio basada en la proximidad y la calidad humana”, advierte.

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