Cuarta generación
De Cuba a Banyoles: la diversificación de Las Golondrinas de Barcelona tras 137 años de paseos marítimos
La empresa concentra el 70% de su clientela entre Semana Santa y septiembre, transporta hasta 2.500 personas diarias en temporada alta y acaba de expandirse al Pla de l'Estany
Las Golondrinas harán rutas nocturnas por primera vez esta Navidad en Barcelona

La salida de Las Golondrinas congrega a numerosos turistas en el Port Vell / MANU MITRU
Las Golondrinas son un clásico del verano de Barcelona desde hace 137 años. Hna resistido guerras, crisis económicas y transformaciones urbanísticas. Y no quieren dejar de ser un icono de Ciutat Vella y del Port Vell. La empresa pertenece a tres familias socias, que han abierto una nueva etapa con la primera expansión del negocio fuera de la capital catalana y una apuesta continua por la actualización de la flota. Cuenta con unas cuarenta personas en plantilla y cinco embarcaciones.
La familia Roca ha llevado históricamente la gestión del negocio, desde que un antepasado se implicó en la compañía y acabó comprándosela a sus propietarios iniciales. Hoy, la cuarta generación mantiene vivo el legado, con Manel Roca Baringo al frente y una estructura que combina raíces familiares y profesionalización. Gerente desde 2019, se ha formado dentro de casa, conoce la flota desde abajo y heredó el timón de su padre, el hombre que durante más de cincuenta años fue sinónimo de Las Golondrinas.
Su mano derecha es Óscar Arribas. Se incorporó en 2012, recién salido de la Facultat de Nàutica de Barcelona, donde cursó el grado en Náutica y Transporte Marítimo. Ya tenía experiencia en náutica de recreo y vio la oportunidad de anclar la carrera profesional al puerto de su propia ciudad. Se sabe de memoria el puerto de Barcelona, porque lo ha recorrido como alumno en prácticas, como marinero, como camarero, como patrón, como taquillero y ahora como responsable de Las Golondrinas en las Drassanes. Escucha lo que pasa cada día a bordo y en el muelle, traduce incidencias en decisiones y mantiene el diálogo constante con la Autoritat Portuària y el Port Vell para que nada se detenga. Arribas es la cara visible ante agencias, grupos y administraciones, mientras Manel Roca pilota la estrategia desde el despacho. Sin vínculo de sangre, forman un tándem clave para el día a día de la empresa.

Óscar Arribas, responsable de las golondrinas de Barcelona. / Sandra Román / EPC
La empresa opera de lunes a domingo durante todo el año, con turnos que alternan cuatro días de trabajo y cuatro de descanso: ese sistema permite abrir cada día, también en temporada baja, y al mismo tiempo garantizar fines de semana y tiempo de familia para la tripulación. En verano, de Semana Santa a septiembre, si el tiempo acompaña, se concentra alrededor del 70% de los clientes. En plena temporada alta pueden llegar a embarcar entre 2.000 y 2.500 personas al día, gracias a una flota con capacidades que van de 145 a casi 200 pasajeros por viaje. El resto del año, las cubiertas se llenan sobre todo de grupos escolares y salidas de centros recreativos.
De Cuba a Barcelona y del Port Vell a Banyoles
La historia de Las Golondrinas arranca en 1888, el año de la Exposición Universal y a la inauguración del monumento a Colón. La empresa toma su nombre de un ave marina del Caribe, concretamente de Cuba. La «golondrina de mar» se adentra en el mar pero siempre vuelve a puerto, imagen que encaja con la rutina diaria de estos paseos entre el muelle de Drassanes y la nueva bocana. Estas aves inspiraron a Leopoldo Herrera, el cubano que introdujo este servicio de transporte marítimo en el puerto. Con los años, la marca acabó dando nombre genérico a las embarcaciones turísticas de este tipo en todo el litoral.
Las Golondrinas viven únicamente de lo que generan sus barcos. La facturación anual ronda los tres millones de euros, pero la cifra de beneficio oscila según la meteorología contable, el precio del combustible o el contexto internacional. Un verano de lluvia o un pico en el coste del carburante, como el provocado por las últimas guerras, pueden alterar de golpe los márgenes de una empresa que no tiene otros negocios donde apoyarse: la facturación puede mantenerse, pero el gasto cambia cada año.
En esta balanza se sostiene el trabajo de unas cuarenta personas que dependen directamente de la actividad turística. El objetivo, declara, no es maximizar beneficios sino poder mantener los puestos de trabajo y seguir invirtiendo en el mantenimiento y la actualización de la flota, en un contexto de competencia creciente en el muelle de Drassanes y de concesiones portuarias que se licitan cada cuatro u ocho años y obligan a competir por el espacio físico desde el que se opera. La presión para avanzar hacia barcos más limpios, con menos emisiones, añade otra capa de dificultad a las cuentas de una empresa mediana, obligada a amortizar inversiones muy altas sin el colchón de un gran grupo detrás.
Para ganar margen y diversificar, la empresa ha llevado su experiencia más allá de Ciutat Vella. Desde hace un año gestiona también los paseos en barco por el Estany de Banyoles con la embarcación Tirona, un servicio que había quedado desierto durante dos años por unas condiciones de licitación que nadie quiso asumir. La adjudicación permite a la empresa asegurar una concesión estable de cinco años y al consistorio del Pla de l'Estany, consolidar el servicio como parte del paisaje del lago y recuperar el imaginario turístico de la localidad.
Seguridad y accesibilidad
Antes de que suba el primer pasajero, mecánicos, patrones y marineros revisan sistemas, motores y equipos de seguridad. La regulación es estricta y obliga a tenerlo todo al día, desde chalecos salvavidas hasta planes de emergencia. La flota está sometida a inspecciones periódicas de Capitanía Marítima y debe presentar documentación cada trimestre para renovar los despachos de las embarcaciones. Además, con el objetivo de acercar la náutica «a todo el mundo», la empresa presume de accesibilidad universal y de tener los precios más económicos de la plaza, de modo que ni el bolsillo ni una silla de ruedas sean un obstáculo para ver Barcelona desde el agua. Esa vocación se concreta también en acuerdos con entidades sociales y del entorno, que se benefician de descuentos, gratuidades parciales u otras facilidades. También se ha tejido una relación estrecha con entidades de la Barceloneta y del Port Vell que trabajan por la calidad de vida del barrio y por la sostenibilidad de sus fiestas, como la iniciativa Sant Joan Sostenible, a la que la empresa ha cedido embarcaciones para organizar actividades de recaudación.
La trayectoria de Las Golondrinas se cruza con algunos de los grandes hitos de la Barcelona contemporánea: los Juegos Olímpicos del 92, la apertura del Maremagnum y de la Rambla de Mar o la Copa América de vela han cambiado el paisaje que ven los pasajeros desde la cubierta. En algunos casos, como durante las obras del Port Vell, la empresa se vio claramente perjudicada, al ser desplazada a zonas sin tránsito de peatones en las que el negocio bajó. En otros momentos, la modernización les ha ido a favor: la Copa América convirtió a Las Golondrinas en servicio oficial para acercar a los espectadores al campo de regatas, un contrato que la empresa ganó «picando piedra», dice, y que reforzó su papel como referente en el transporte marítimo de pasajeros.
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