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Aniversario

Cal Boter, el restaurante de Gràcia que cumple 40 años como símbolo del barrio con la continuidad garantizada

Las riendas del establecimiento, que abrió el 3 de julio de 1986 y ha renovado el alquiler por cinco años más, han pasado de Encarna Navarro a sus hijos Marta y Pau

Barcelona buena y barata: Cal Boter, desayunos a la brasa en el barrio de Gràcia

Marta Boté, su madre, Encarna Navarro, y Pau Boté, el pasado martes delante del restaurante Cal Boter de Gràcia

Marta Boté, su madre, Encarna Navarro, y Pau Boté, el pasado martes delante del restaurante Cal Boter de Gràcia / Belén González

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Toni Sust

Toni Sust

Barcelona
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La historia de Cal Boter, uno de los restaurantes más emblemáticos de Gràcia, empezó en Sant Andreu. Allí vivían y trabajaban las familias Boté y Navarro. Ambas tenían paradas en el mercado de Sant Andreu. Toni Boté y Encarna Navarro se conocieron allí. Novios desde jóvenes, se casaron y tuvieron tres hijos. Y a medio camino de ese itinerario, abrieron -primero- y gestionaron -después- Cal Boter. El restaurante cumple este viernes 40 años exactos.

Aquí no hay malas noticias ni amenaza de cierre: Navarro se jubiló el pasado 1 de junio y sus hijos, Marta Boté Navarro y Pau Boté Navarro, han tomado las riendas del negocio de la calle de Tordera. Además, el pasado martes cerraron con la propiedad del local la renovación del alquiler por cinco años más.

Fiesta el sábado

Con estos mimbres, Cal Boter celebró el sábado una fiesta para conmemorar sus cuatro décadas de existencia y su continuidad asegurada. No es algo que puedan decir muchos restaurantes, y menos si dependen de un alquiler en la ciudad en la que los alquileres son una amenaza económica desde hace mucho tiempo.

Pero conviene remontarse a cómo empezó todo. Y lo hizo porque Toni Boté, ya fallecido, tenía una idea y no paró hasta concretarla: “A Toni siempre le obsesionó tener un restaurante. Él era carnicero y servía carne a restaurantes. En su familia eran ‘menudaires’, es decir, se dedicaban a la casquería. Vendían en el mercado de Sant Andreu y también servían a otros establecimientos”, explica su esposa, Encarna. La ‘r’ final del apellido Boter, por cierto, se había perdido generaciones atrás por un error en una documentación. “El bisabuelo de Toni ya se llamaba Boté”, recuerda su esposa. Y esa ‘r’ perdida fue recuperada para dar nombre al restaurante. Lo abrieron en Gràcia porque a él siempre le gustó esta zona.

Propietarios del restaurante Cal Boter. Barcelona, 30 de junio de 2026. Foto: Belén González / EP

La madre, jubilada en junio, entre sus hijos, que seguirán con el restaurante. / Belén González / EPC

Propiedad sin gestión

De entrada, la idea era que Boté y Navarro siguieran con sus trabajos, él con el cordero y ella con la pollería, y que su socia, Margarita Ribes, llevara el restaurante. Y así fue durante dos años, del 3 de julio de 1986 a 1988. Entonces, Ribes prefirió desvincularse. Y Boté le dijo a su esposa que si ella se apuntaba, los dos se dedicarían a llevar Cal Boter. Ella dio el sí y dejó el mercado de Sant Andreu, pese a que ya tenía a sus dos hijas mayores, Marta y Laura. “Tengo una familia maravillosa. Mi madre y sus hermanas cuidaron a mis hijos”.  Ella tenía 29 años -ahora suma 67- y su marido, 32. Marta nació el 2 de julio de 1986, el día antes de que abriera Cal Boter. Un año y seis días después, el 8 de julio de 1987, nació Laura, y el tercero, Pau, en 1990.

En sus primeros tiempos, el espacio de restaurante abierto al público era más o menos la mitad del actual. “No había gas. Hacíamos sopa de ajo, mousse de chocolate y peras al vino. Era lo único que cocinábamos. El resto era tostadas y parrilla. Con el tiempo fuimos introduciendo elementos”, explica Encarna, que prosigue. “La cocina me gustó siempre. Antes de tener hijos hice cursillos. Y si algo sabe la gente de los mercados es comer bien. Teníamos recetas antiguas de las dos familias”.

Llegan los menús

Con el tiempo se instaló gas y un día se amplió la oferta y fue llegando más gente. “Toni tenía muchos amigos, y el boca oreja funcionó muy bien”. Cuando el menú de mediodía se generalizó, Cal Boter empezó a servirlo. Principios de los años 90. Con los menús llegó la ampliación del local. Hoy Cal Boter sirve de media más de 100 menús diarios: la cola se ve en la calle cada día.

“Tuvimos la mala suerte de que Toni se puso enfermo. Tuvo cáncer. Durante dos años estuvo en tratamiento y trabajando”. Falleció a los 49 años, aunque sigue muy presente. Marta, su hija, lo subraya al señalar que no les gustaría tener que cambiar de local: “Mi padre empezó esto, el eligió especialmente las losetas, hechas a mano.  Las paredes hablan mucho de él. Podríamos cambiar, pero hay tanto sentimiento, tantas historias aquí dentro”.

Platos de cebolla y tortilla de butifarra negra con pan con tomate en el restaurante Cal Boter. Barcelona, 30 de junio de 2026. Foto: Belén González / EP

Clientes desayunan cebolla y tortilla de butifarra negra con pan con tomate, el pasado martes. / Belén González / EPC

Los desayunos

Cal Boter sirve también cerca de 30 desayunos, ‘esmorzars de forquilla’ –“En invierno funcionan más”, apunta Marta-, que hoy parecen un sello inseparable de la historia de Cal Boter, y sin embargo solo se convirtieron en una apuesta matinal del restaurante después de la crisis de 2008, cuando, recuerda Encarna, el número de clientes cayó en picado por la noche: “Fue horroroso. El mediodía aguantaba, pero le dije a la gente que no podíamos seguir así, que teníamos que probar con los desayunos”. Ahora no hay mañana en que no haya una asistencia matutina notable, esencialmente de gente mayor y sobre todo masculina. “Faltan mujeres a desayunar”, constata Marta.

Una mujer saliendo del restaurante Cal Boter. Barcelona, 30 de junio de 2026. Foto: Belén González / EP

Encarna Navarro detrás de la puerta de entrada de Cal Boter. / Belén González / EPC

Las fiestas de Gràcia ayudaron a que el negocio prosperara y con el tiempo los dos hijos que ahora llevan el restaurante empezaron a trabajar en él. Marta, que atiende las mesas, estudió antes Turismo y Organización de Eventos. En un momento en el que no tenía trabajo, probó en Cal Boter y no se ha ido. Pau, el último familiar en llegar, trabaja en la cocina: “A los 19 años decidí estudiar cocina, no quería algo teórico, tenía la atención algo dispersa, quería hacer algo con las manos. Y me gusta cuidar a la gente, me pareció que cocinar era algo así, que me podría gustar. Mi madre me advirtió de que es algo que puede hacerse muy repetitivo, y para evitarlo intento hacer las cosas con amor, que cada día sea distinto aunque hagas lo mismo”. Laura es profesora en la Filadora, escuela infantil de Sant Andreu.

Carteles de las fiestas de Gràcia en el restaurante Cal Boter. Barcelona, 30 de junio de 2026. Foto: Belén González / EP

Carteles de las fiestas de Gràcia en el restaurante. / Belén González / EPC

Tres turnos

En Cal Boter trabajan 11 personas para cubrir tres turnos, mañana, mediodía y noche. Abren a las nueve de la mañana y cierran la cocina a las 11 de la noche, aunque los camareros siguen hasta que acabe la actividad. Ahora, y desde la pandemia, por la falta de personal y para conciliar más familiarmente, solo abren de noche los jueves, viernes y sábados. Cierran el domingo, algo, dice Marta con una sonrisa, que no pasaría con su padre vivo: “Si la semana tuviera 14 días, con él abriríamos todos”.

Entrantes de cebolla aliñada del restaurante Cal Boter. Barcelona, 30 de junio de 2026. Foto: Belén González / EP

Platos de 'ceba morta': cortada, se deja en agua caliente durante horas y luego, macerada en aceite de oliva. / Belén González / EPC

De aquella primera oferta gastronómica más limitada, se ha pasado a una carta que todo comensal de Cal Boter -por lo general los clientes repiten- conoce: sopas de ajo y cebolla, casquería, chuletón todo tipo de carnes, caracoles, una patata con foie inolvidable, riñones, ‘cap i pota’, entre muchas otras cosas.

Encarna Navarro dice que ya ha tenido bastante, aunque no será fácil que deje de pasarse por el restaurante. Todavía va algunas mañanas, hasta las 12.00 más o menos. Come en casa, descansa un poco y se dedica a alguno de sus cinco nietos: cuatro niñas y un niño. Quizá alguno de ellos acabe integrando la tercera generación de Cal Boter.

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