Hasta el 15 de julio
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La sala de la exposición y, en primer término, las fotos que Colita hizo de la intervención efímera de Miró en 1969. / Zowy Voeten

Tiene abierta al público hasta el próximo 15 de julio el Col·legi d’Arquitectes de Catalunya (COAC) una exposición que merece ser examinada con lupa, no porque sea minúscula (aunque muy grande no es), sino porque observada con paciencia revela hasta qué punto, por ejemplo, este gremio profesional fue inconformista durante la etapa final de la dictadura y desafió a las autoridades igual que lo hicieron los estudiantes, los sindicatos y las parroquias, por citar los tres clásicos del antifranquismo. ‘De Miró a Solano. 60 anys d’exposicions al COAC’. Es un título que, de entrada, no invita a sospechar el giro narrativo que descubren los visitantes cuando se adentran en el vestíbulo y el altillo de la sede del colegio, en plaza Nova, 5.
La muestra, aunque sea como un Guadiana, repasa algunas de las exposiciones que desde 1965 hasta hoy ha albergado el COAC y que, por decirlo de algún modo, no han tratado exclusivamente de arquitectura, sino del maridaje de esta profesión con el arte. La primera de la lista no fue la de Miró, a la que luego habrá que regresar, porque fue radicalmente transgresora, sino una dedicada a Owe Pellsjö, un escultor sueco que echó raíces en España a finales de los años 50 y que entonces alcanzó un notable reconocimiento. La que cierra el recorrido es un trabajo en curso de la también escultora Susana Solano, que ha reciclado los despojos del Teatre Principal de la Rambla. Es difícil no sorprenderse con el columpio gigante que ha construido con las butacas de la platea.

El columpio gigante de Susana Solao, realizado con restos reciclados del Teatro Principal. / Zowy Voeten
Pero, lo dicho, hay que prestar atención a los detalles. “Nos han tirado piedras, hubo que cambiar un vidrio roto, etc, etc. Aunque fueron permitidas, luego las autoridades y la policía han dado claras pruebas de estar molestos con ellas, habiendo tenido que ordenar el propio señor gobernador la recogida de impresos, cambiar los colores de los letreros y pintar totalmente todas las fachadas para que no se vieran desde fuera”. Es este un fragmento de la junta extraordinaria que el colegio se vio en la urgencia de celebrar el 29 de diciembre de 1970, cuando sus miembros casi que preferirían, seguro, estar preparando la Nochevieja, porque la comisión de cultura decidió dedicarle un homenaje a un comunista como Rafael Alberti.
“Se ha hecho con nuestro dinero, abusando de nuestra buena fe…”. Fue, por lo que se deduce, una junta extraordinaria de aúpa, pero, he aquí lo extraño, aquello no era algo sin precedentes. Solo un año y medio antes, la misma sede del COAC fue escenario de otra acción subversiva, en aquella ocasión protagonizada en persona por Joan Miró. El franquismo estaba tratando de apropiarse de su figura, pero a costa de infantilizar su obra, para no tuviera aristas incómodas. A la vista de que se estaban impulsando una serie de exposiciones con motivo del 75 aniversario del artista, el colegio quiso, como se dice ahora, contraprogramar y organizó una acción de madrugada en abril de 1969. Con la ayuda de colaboradores, Miró alumbró una obra en los muros exteriores del COAC, una pintura de más de 40 metros de longitud. Pere Portabella hizo un breve e interesantísimo documental sobre aquella intervención. Colita y Francesc Català-Roca fueron testigos con sus cámaras de lo sucedido.
Entre los espectadores privilegiados estaban Oscar Tusquets y el galerista Joan Prats. Lo más gamberro de todo aquello fue que aquella era una obra llamada a ser efímera. Hubo quien intentó evitar que se eliminara, como estaba previsto, pero finalmente, así fue, se destruyó nada menos que un ‘miró’. La ‘performance’ no recibió, claro, el aplauso oficial, que definió lo sucedido como una “ridícula niñería” que no fue más allá de “pintarrajear cristales a base de escobazos”, todo ello bajo los frisos de la sede del COAC, obra de otro artista de ideas políticas también incómodas para el franquismo, Pablo Picasso, de que hay una historia que muy poco se recuerda en esta ciudad y que merece, cómo no, un punto y aparte.

La sede del COAC, con la intervención artística de Solano en el exterior y con los frisis de cemento a chorro de arena en la fachada del edificio. / Zowy Voeten
Una obra del arquitecto Xavier Busquets
El edificio del COAC es una obra de un arquitecto nunca suficientemente reivindicado, Xavier Busquets, que a finales de los años 50 ganó el concurso de ideas para construir la sede del colegio profesional y que, en un alarde, desdeñó cualquier tentativa de apostar por un diseño neoclásico o neogótico para no desentonara con el resto de construcciones de la plaza, como la Catedral o la Casa de l’Ardiaca. Se decantó, menos mal, por una modernidad radical, pero llegado el momento creyó que, además, el edificio se merecía una guinda artística. Fue a por todas. Quiso que Pablo Picasso ennobleciera el COAC con un friso exterior y varios murales interiores en el interior.
Había, claro, un obstáculo. Bueno, más de uno. No solo no le conocía, sino que en su pasado, además, Busquets tenía un borrón, había sido piloto de la Legión Cóndor a las órdenes de la Luftwaffe cuando Alemania bombardeó Moscú. No participó, por supuesto, en la destrucción de Guernica, pero fue, lo dicho, piloto de la Legión Cóndor. Nada de todo eso pareció importarle a Picasso, si es que lo sabía, cuando por fin se conocieron en París. Es más. El artista muy pronto se entusiasmó con la idea, entre otras razones porque acababa de conocer una técnica para esculpir murales que le pareció la repera. Se la enseñó el escultor Carl Nesjar y consistía en lanzar chorros de arena a gran presión sobre muros de hormigón. Un muy recomendable libro que acaba de sacar de la imprenta el COAC sobre Picasso y Busquets hasta detalla la primera reacción del artista al ver por primera vez los resultados de esa técnica. “Fue como si alguien le clavara una aguja en el culo. Saltó como un muelle. Fue corriendo a la cocina gritando a la cocinera que dejara lo que estaba haciendo y mirara las fotografías”. Y luego hizo lo mismo con el jardinero.
La relación entre Picasso y Busquets fue, sala a la vista hoy en el 5 de la plaza Nova, muy fructífera, y eso que el arquitecto, en un determinado momento, animado por cómo cobraba forma la colaboración, sugirió que podría llamar también a Miró para que también interviniera. Picasso dio una respuesta que le define. “No hombre, no, no hace falta que le llame, si quiere un dibujo de Miró, ya se lo hago yo”. Y lo hizo, incluyó una mironiana estrella en uno de los murales de la primera planta.

Uno de los murales de Picasso, a los que el artista añadió una estrella mironiana, a la derecha de la sardana. / A. de Juan
Eso, en cualquier caso, no forma parte de la exposición en curso. Allí lo que se subraya es el alma audaz que siempre ha mostrado el COAC a la hora de organizar muestras y, también, su gran perspicacia. Le dedicó exposiciones al dúo Herzog y De Meuron y a Jean Nouvel en 1990 y 1991, respectivamente, mucho antes de que ambos fueran conocidos en Barcelona por sus trabajos, reivindicó a Josep Maria Jujol cuando apenas nadie se acordaba de él y, por citar otro ejemplo, mostró hace poco en público una faceta poco conocida de Francesc Català-Roca, que tituló ‘Arquitectura sin pedigrí’ y que recopilaba todo tipo de construcciones anónimas que a lo largo de su vida le habían llamado la atención a aquel fotógrafo.
‘De Miró a Solano. 60 anys d’exposicions al COAC’ bajará la persiana a mitad de julio y, si a alguno de los espectadores le apetece saber más, hay que recordar que justo en la acera de delante tiene el COAC su biblioteca, la segunda más bien dotada de fondos de toda Europa. De cada una de las exposiciones habidas desde 1965 guarda valiosa información consultable.
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