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Emotivo reencuentro

Medio siglo de un encierro insólito de 300 mujeres y niños en una iglesia de Barcelona: "Fue increíble"

Protagonistas de la protesta, que duró 28 días seguidos en la parroquia de Sant Andreu de Palomar, rememoran un episodio aún poco resaltado en la historia de la Transición en Catalunya

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Maruja Ruiz, en la puerta de la parroquia de Sant Andreu para el homenaje a las mujeres del encierro de Motor Ibérica

Maruja Ruiz, en la puerta de la parroquia de Sant Andreu para el homenaje a las mujeres del encierro de Motor Ibérica / Cedida / Xavier de la Cruz

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Meritxell M. Pauné

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Barcelona
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En los años del tardofranquismo y la Transición hubo muchas protestas en Barcelona. Variados colectivos reclamaron derechos y mejoras, saliendo a las calles o todo lo contrario, con encierros reivindicativos. Una de esas acciones a cubierto fue tan insólita que no ha vuelto a repetirse, pero su eco en la historiografía oficial ha sido muy limitado. Sus protagonistas no encajaban con ningún patrón convencional: amas de casa y niños pequeños.

Un centenar mujeres, acompañadas en muchos casos de hijos de cortísima edad, se encerraron durante 28 días seguidos en la parroquia de Sant Andreu de Palomar, en la plaza Orfila. Llegaron a ser unas 300, procedentes de distintas poblaciones metropolitanas. Entraron el 1 de junio de 1976, solo dos días después de las recordadas Jornades Catalanes de la Dona en la UB y seis meses y medio después de la muerte de Franco. El objetivo inicial era reclamar la readmisión de sus maridos a Motor Ibérica, la fábrica de los conocidos camiones Ebro, que había despedido a 1.800 trabajadores de golpe.

La inmensa mayoría carecía de experiencia sindical ni afiliación política y no pocas chocaron con la incomprensión y enfado de sus propios esposos. Uno incluso llegó a denunciar a su mujer por abandono del hogar y le quitó a los hijos, aunque tras unos ilustrativos días al cargo de ellos los llevó personalmente de regreso a la parroquia. El encierro acabó siendo una imprevista escuela de feminismo y democracia. Este 2026, al cumplirse medio siglo, algunas de las protagonistas se han reencontrado en Sant Andreu y han compartido cómo les cambió la vida aquella experiencia.

Tengo 89 años y he participado en muchas luchas, pero como aquella no he vivido ninguna otra, para mí fue increíble”, asegura la incombustible Maruja Ruiz Martos, histórica integrante del PSUC y Medalla de Honor de Barcelona 2011. Tiene especial mérito que lo diga ella, que lideró el secuestro de un bus dos años antes que Manolo Vital lo hiciera en la cinematográfica línea 47 de Torre Baró. También fue una de las ‘culpables’ del encierro de Motor Ibérica: “Teníamos que dar la campanada, hacer algo novedoso para que nos hicieran caso, porque parecía que aquellos despidos no le importaban a nadie”.

Maruja Ruiz y Mercedes López, dos de las participantes en el encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976

Maruja Ruiz y Mercedes López, dos de las participantes en el encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976 / Meritxell M. Pauné

“Estoy muy agradecida a los vecinos de Sant Andreu, que nos ayudaron tanto, ¡es un pueblo muy solidario!”, resalta Mercedes López Ramírez, otra de las encerradas, 50 años después. Vivía y vive en el modesto barrio de Can Sant Joan de Montcada i Reixac y confiesa que la movía un pensamiento sencillo y claro: “Que mi familia pueda hacer vacaciones una vez al año”.

Antifranquismo de proximidad

Ambas relatan cómo se organizaron durante cuatro semanas para cocinar, comer, dormir, debatir, votar, redactar panfletos y entretener y cuidar a los pequeños. Tenían una cocina pequeña y una olla en la sagristía y, dato meritorio, de un solo baño para todas. Cada noche, con las criaturas ya dormidas, se repartían las tareas en asamblea y hacían una lista de los productos que más les urgían: leche en polvo, pañales, arroz, aceite... La colgaban en la puerta por la mañana. “¡Había días que no podíamos casi abrirla de tantos donativos!”, recuerda Ruiz.

El párroco, Josep Camps, era uno de los principales ‘curas rojos’ de la época. Y su vicario, Ignasi Pujades, otro tanto. Acababan de regresar de Ecuador y Chile respectivamente, países a los que habían acudido a formarse en teología de la liberación, la corriente eclesiástica más izquierdista del momento. Acogieron la protesta sin dudarlo, a sabiendas que la aventura acabaría con la policía en el templo. “Cuando tocaba misa, todos los colchones quedaban recogidos y los bancos, en su sitio. ¡Una mujer incluso aprovechó para bautizar al hijo!”, señala Ruiz.

La llegada de la policía las asustó mucho. “Algunas se ataron a las criaturas al cuerpo con cuerdas, por miedo a perderlos en una desbandada”, asegura Ruiz. “Yo estuve casi un mes coja, porque me dejé las uñas de los pies en el desalojo”, agrega López. El uniforme de las improvisadas activistas habían sido las chaquetillas de fábrica de los maridos y, para que no las pudieran obligar a quitárselas, se las pusieron sin nada debajo, ni los sujetadores.

Emotivo homenaje 50 años después

Maruja y Mercedes recibieron un homenaje el pasado 5 de junio, en la misma parroquia. Alrededor de un centenar de personas acudió a escucharlas y aplaudirlas, incluidos hijos y familiares de otras de las encerradas. “¡Cuántas chucherías comisteis esos días, eh!”, le espetó Mercedes López a un asistente, que tenía apenas un año cuando participó con su madre en la protesta. Aunque la precariedad y la reivindicación fueran la tónica general, también hubo ocio y por ejemplo vieron películas de Charles Chaplin y celebraron la verbena de Sant Joan.

También las acompañó en este emotivo acto el historiador de Sant Andreu y editor Pau Vinyes i Roig, que tenía 11 años durante la protesta. Sus padres ofrecían su casa para que pudieran ducharse y distraerse algunos de los niños. “Hubo una solidaridad nunca vista entre los vecinos de Sant Andreu, muchos comerciantes ofrecieron alimentos, la farmacia también colaboró…”, rememora. “Y eso que eran años de mucho miedo y que en el barrio había habido atentados de extrema derecha”, añade.

Pilar Aymerich enseña algunas de las fotografías que hizo del encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976

Pilar Aymerich enseña algunas de las fotografías que hizo del encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976 / Cedida / Xavier de la Cruz

No consiguieron el objetivo inicial, que era revertir los despidos. El silencio de los incipientes partidos fue clamoroso y la atención de la prensa, relativa: 65 artículos en media docena de rotativos barceloneses. La televisión sueca, en cambio, fue a grabar unos minutos y se quedó cuatro días con ellas. Una de las periodistas que más cubrió esta protesta sindical-feminista fue Montserrat Roig para la revista 'Triunfo'. Iba acompañada de la fotógrafa Pilar Aymerich, que también acudió al homenaje de este mayo y mostró cinco de las instantáneas que tomó.

“Nos sorprendió lo bien organizadas que estaban aquellas mujeres; transportaban los paquetes de comida de la puerta de la iglesia hasta la sacristía con una cadena humana e improvisaban una cuna colectiva con un colchón entre dos bancos encarados”, aplaude Aymerich. “En esa época la vida de las amas de casa era muy solitaria, los maridos trabajaban 12 o 14 horas y ellas cargaban con un sentimiento de culpa por no poder sacar adelante a la familia”, advierte.

Una de las fotografías del encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976, frente a Magda Oranich y Pilar Aymerich durante el homenaje

Una de las fotografías del encierro de mujeres de Motor Ibérica en 1976, frente a Magda Oranich y Pilar Aymerich durante el homenaje / Cedida / Xavier de la Cruz

También visitó a las encerradas en 1976 y acudió este junio al homenaje la abogada y exdiputada Magda Oranich. Explica que, para ella, esos años “ir a Sant Andreu era ir a la parroquia de Mossèn Camps”, que la prestó para actos tan delicados como el funeral de Salvador Puig Antich. Aunque sus maridos no recuperaran el empleo, señala Oranich, “el mayor éxito fue que ellas salieron concienciadas de que también podían ser protagonistas”. “Durante la Transición las mujeres estábamos animadas y, en cierto modo, fuimos las que más salimos ganando porque veníamos de muy abajo: la dictadura entraba en las vidas personales, necesitábamos la ‘venia marital’ para todo”, analiza.

“Muchas de ellas al terminar el encierro se enrolaron en asociaciones de vecinos, partidos y sindicatos, y algunos maridos... pues tuvieron que espabilar”, ríe Vinyes. Otros matrimonios salieron reforzados, matiza López, porque pasaron a compartir ideales y activismo y no solo cargas domésticas. “El encierro de las mujeres de Motor Ibérica fue la chispa de permitió encender muchas otras luchas”, concluye el historiador.

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