Inversión anual
El gasto alimentario sube por encima de los salarios hasta los 2.249 euros por persona en el área de Barcelona
El nuevo Observatori del Sistema Alimentari Metropolità radiografía la desigualdad social en la alimentación metropolitana
CATALUNYA | Los catalanes gastan 2.419 euros anuales en comprar productos frescos, 200 euros más que la media española.
ESPAÑA | Los españoles gastan 43.500 millones de euros al año en comer, beber o picar algo fuera de casa

Alimentos frescos en un carro de la compra en un supermercado. / El Periódico

La cesta de la compra se ha convertido en el un termómetro de la realidad social en la Barcelona de 2026. Según datos del nuevo Observatori del Sistema Alimentari Metropolità, impulsado por el Área Metropolitana de Barcelona (AMB) y desarrollado por el Institut Metròpoli, la factura anual por persona para alimentarse ha escalado hasta los 2.249 euros. El estudio concluye que el precio de la comida sube por encima de la velocidad de los salarios, que se quedan atrás en la escalada del coste de los alimentos que se produce en la conurbanción de Barcelona y otros 35 municipios.
El aumento del gasto alimentario hasta los 2.249 euros, sostiene el Observatorio metropolitano, es un síntoma de la desigualdad social. El informe evidencia que el crecimiento de los precios ha superado "ampliamente" el incremento de los sueldos en los últimos años. Y esta asfixia económica no se reparte de forma equitativa. Mientras que para unos el gasto supone un ajuste en el ocio, para otros es una barrera infranqueable hacia una dieta digna.
Los datos son elocuentes: un 5,2% de la población metropolitana no puede permitirse una comida proteica (carne, pescado o equivalente vegetal) al menos cada dos días. Es la cara más amarga de una metrópolis que, paradójicamente, genera 11.763 millones de euros de valor añadido a través de su sistema alimentario, lo que representa el 7,5% de toda la economía de la Barcelona metropolitana. Pese a que la metrópolis da empleo a casi 130.000 personas —el 15,5% de la ocupación total—, no logra garantizar que todos sus ciudadanos tengan el plato lleno.
A esta precariedad se suma la factura en salud. El Observatorio ha detectado fuertes diferencias territoriales en los índices de obesidad, con una media metropolitana del 9,8 % en niños y del 15 % en adultos, cifras que en ciertos municipios se disparan. La relación parece clara: cuando el presupuesto se estrecha, la calidad de lo que se compra suele ser la primera víctima, desplazando los productos frescos por opciones procesadas más económicas pero menos saludables.
Una metrópolis que sirve comida, pero no la cultiva
Otra de las grandes conclusiones es la fragilidad de la base productiva. El paisaje de la Barcelona metropolitana ha mutado radicalmente en menos de un siglo. Si a mediados del siglo XX el 44 % del suelo era agrario, hoy apenas resiste un 8,5 %. La urbe ha hecho menguar al campo, dejando a la producción local en una situación de resistencia numantina.
El Delta del Llobregat se mantiene como el último gran pulmón agrícola, con una orientación singular hacia el consumo humano —el 70 % de su producción son hortalizas y fruta—, a diferencia del resto de Catalunya, más volcado hacia el cereal y la alimentación animal. Sin embargo, su capacidad no es suficiente para alimentar a la gran mancha urbana. La dependencia externa es casi total: de todos los alimentos comercializados en Mercabarna entre 2016 y 2024, solo el 14% de las frutas y verduras provienen de Catalunya. El resto viaja largas distancias: un 57% llega de otros puntos de España y un 29% del mercado internacional. Además, el sector alimentario metropolitano está hiperconcentrado en la restauración, que acapara el 80 % de la riqueza y el 85 % de los puestos de trabajo del sector.
Datos para orientar el cambio
El Observatorio no nace solo para diagnosticar, sino para intervenir. Con un sistema de 65 indicadores que analizan desde la producción hasta el consumo bajo lupas ambientales, sociales y económicas, la ambición es que los ayuntamientos puedan tomar decisiones basadas en la realidad de sus barrios.
El horizonte está marcado por el Plan de Acción para la Alimentación Sostenible 2025-2027, que busca revertir estas tendencias. El reto es mayúsculo: en un contexto de crisis climática y presión sobre los recursos, el sistema debe transitar hacia un modelo más justo y saludable.
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