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Desenfreno turístico

Resurge el malestar en el Turó de la Rovira por los botellones y los saltos a la valla: "Todos los días se cuelan"

El atropello a un vigilante y el asalto a unos vecinos en su casa avivan la reclamación en el Carmel para poner fin a la impunidad de quienes trepan la reja de los búnkers y suben a la colina a beber en el mirador de Barcelona tomado por el turismo

Un conductor bebido atropella a una persona en una calle de acceso a los búnkers del Carmel

Jordi Ribalaygue

Jordi Ribalaygue

Barcelona
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“¿Está limpio ya?”, pregunta un agente de la Guardia Urbana a sus compañeros en los búnkers del Carmel. Pasan pocos minutos de las siete y media de la tarde, hora de cierre del recinto donde se emplazó la batería antiaérea durante la Guerra Civil en el Turó de la Rovira, devenido en el mirador al que una multitud de turistas acude en Barcelona. “Vayan saliendo, por favor”, emplaza un policía a los visitantes, que franquean la valla que el ayuntamiento instaló hace tres años para tratar de evitar que el espacio histórico siguiera albergando botellones multitudinarios a deshoras. Tal como atraviesa la reja, la mayoría se aposenta al pie de la reja y en cualquier recodo, sin intención de marcharse.

Cuatro jóvenes se sientan bajo la cerca y se reparten unas bebidas. Tras unos minutos identificando a un presunto exhibicionista, los urbanos echan el candado y se marchan. Poco rato después, unas cuantas decenas de personas han trepado el vallado. Se les divisa desde las casas más próximas a la cumbre o merodeando por los caminos del monte, repletos de gente en ciertos puntos. Quienes han escalado la barrera empuñan los móviles para captar la ciudad en el crepúsculo, con una vista privilegiada cuando el acceso está prohibido. La impunidad invita a algunos a abrir las primeras latas de una noche que se adivina larga, para incordio de los vecinos.

Las escenas son de este viernes, pero los residentes dan fe de que las intrusiones se repiten a diario, más frecuentes con el trasiego de turistas que el buen tiempo atrae. “Se tendría que ‘desbotellizar’ la zona y requisarles el alcohol, pero no hay manera”, se queja David Mar, miembro del Consell Veïnal del Turó de la Rovira. La entidad volverá a reclamar en una reunión este lunes con responsables del distrito de Horta-Guinardó que la Guardia Urbana incaute las bebidas a quienes practiquen botellón en la montaña e intensifique controles y sanciones a quienes salten la valla fuera del horario de entrada. Además, aboga por reforestar la colina, para dificultar que quienes suben a beber se acomoden en la cuesta.

“Con dos o tres acciones contundentes en que los echaran, bastaría para que corriera y tuviera efecto”, piensa Mar. El ayuntamiento defiende que se mantiene un dispositivo con Guardia Urbana, agentes cívicos y controladores de tráfico desde 2023 para “gestionar la llegada masiva de turistas a las baterías antiaéreas”. En todo caso, admite que “todavía hay grupos de turistas que incumplen el horario de cierre o consumen alcohol en la vía pública”, lo que se agrava con la llegada de la primavera y durante el verano.

Barcelona, 01/04/2026 Barcelona. El descontrol vuelve al mirador del Turó de la Rovira: botellones y mucho ambiente que se cuela en el parque los viernes y sábados provocando quejas vecinales. Jordi Ribalaygue. AUTOR: MANU MITRU

Un chico colándose por la valla que cierra el recinto de las baterías antiaéreas del Turó de la Rovira, en Barcelona, / MANU MITRU

Fácil de escalar

Dos altercados recientes han avivado las reclamaciones. Hace un par de semanas, unos jóvenes irrumpieron en la escalera que asciende a casa de Alexander, que vive pegado al cercado de los búnkers. Destrozaron las plantas que reposaban en los escalones y luego se encararon con el vecino, que les instó a salir de su domicilio. Asegura que se refugió con su pareja en la vivienda para evitar que los agredieran.

"Van más que nada a beber, no a ver Barcelona", afirma un vigilante que controla que no suban vehículos con visitantes al recinto histórico

“Han entrado otras veces para tirar las macetas, de noche y de madrugada, pero nunca se habían puesto así de chulitos”, confiesa Alexander. Dice que la policía no le permitió poner alhambre con púas para reforzar el muro, por lo que ha plantado unos cactus junto a la barrera y unos carteles que avisan de la presencia de perros, pero apenas disuaden a los intrusos. “Hay puntos donde es muy fácil saltarla. Muchos suben con su cerveza o con su vino y luego bajan entonados, bulla viene y bulla va, con sus porritos… Pasan con sus cosas y sus risas delante de casa, es molesto”.

Además, un conductor bebido atropelló el domingo pasado a uno de los empleados que controlan que no asciendan vehículos con visitantes a la cima del Turó de la Rovira. Sus compañeros afirman que el piloto bajó del coche para zarandear a la víctima, que permaneció durante un día y medio en el hospital.

Barcelona, 01/04/2026 Barcelona. El descontrol vuelve al mirador del Turó de la Rovira: botellones y mucho ambiente que se cuela en el parque los viernes y sábados provocando quejas vecinales. Jordi Ribalaygue. AUTOR: MANU MITRU

Varias personas en uno de los caminos que circunda la valla del Turó de la Rovira, en Barcelona. / MANU MITRU

“Cada mes tenemos un incidente”, cuenta un vigilante: “Nos han tirado piedras, nos han sacado cuchillos, aguantamos los insultos de los guiris… Llega un momento en que se pasan de la raya. Van más que nada a beber, no a ver Barcelona”. Otro guardia atestigua que un conductor lo estampó contra una valla: “Quieren subir sí o sí, es constante, se forman colas y se ponen a pitar, ya sea a las cinco o las nueve”.

Ruido y vandalismo

Joan vive frente a la cerca y se declara harto de turistas. “Todos los días molestan, todos los días se cuelan y todos los días esperan a que la Guardia Urbana se marche para saltar la valla”, protesta el vecino, que lleva 78 años al borde de la cumbre del Turó de la Rovira. Hace tres que unos muchachos le propinaron una paliza salvaje. Los había fotografiado escalando la verja, que no para de recordar que costó 1,6 millones de euros. “No ha solucionado casi nada”, desaprueba.

Barcelona, 01/04/2026  Barcelona. El descontrol vuelve al mirador del Turó de la Rovira: botellones y mucho ambiente que se cuela en el parque los viernes y sábados provocando quejas vecinales. Jordi Ribalaygue. AUTOR: MANU MITRU

Visitantes en la zona de las baterías antiaéreas, tras colarse por la valla después de la hora de cierre. / MANU MITRU

Además, tuvo un desencuentro con otro chico al que sorprendió orinando en su puerta y ha topado con otros encaramados en la tapia de su domicilio, contemplando el horizonte. “Me pasa que pidan pizzas y den el número de mi casa para que vengan los pizzeros: llaman a mi puerta aunque no haya pedido nada, hasta que salen por los búnkers y dicen que han sido ellos”, relata. “La puerta la he tenido que hacer nueva, estaba oxidada por las meadas -prosigue-. Pican al timbre y, cuando salgo, ya los veo a lo lejos y les digo de todo... Una vez me pintaron un pene encima del coche: lo dibujaron con un rotulador permanente, costó borrarlo... Incluso me han llamado para pedir un sacacorchos o que les venda agua para hacerse un mate. Los envío a tomar viento”.

"Me han llamado a casa para pedir un sacacorchos o que les venda agua para un mate", se queja Joan, harto del turismo

Joan y otros vecinos no se cortan en reprochar a los policías que aconsejan a los visitantes tomar la senda que el cercado circunda cuando hallan el acceso sellado. “Ahora no hay fiestas de 2.000 personas con ‘disc jockeys’ como antes, pero la barrera ha desplazado parte del problema, al acercarlo a casas adyacentes a la valla y las viviendas de la calle Mühlberg, frente a la ladera”, observa Mar.

Barcelona, 01/04/2026  Barcelona. El descontrol vuelve al mirador del Turó de la Rovira: botellones y mucho ambiente que se cuela en el parque los viernes y sábados provocando quejas vecinales. Jordi Ribalaygue. AUTOR: MANU MITRU

Vista de Barcelona desde las antiguas baterías antiaéreas del Turó de la Rovira, después del cierre del recinto. / MANU MITRU

El hogar de María también linda con los búnkers. Sufrió un conato de incendio del coche aparcado junto a su puerta hace unos años, que los vecinos sofocaron. Últimamente, unos desconocidos han vuelto a infiltrarse por los muros que rodean la vivienda para tocar al timbre de madrugada. Su hijo le ha aconsejado que pase siempre el cerrojo.

“Durante el día pasa mucha gente y no me molesta, pero por la noche me han picado varias veces, a horas que no son para que los críos estén por aquí”, lamenta la mujer. Lleva 70 años en lo alto del Carmel, cuando vino de Calasparra con su familia y aquello era el barrio de los Cañones: “Mi padre compró una roca y estábamos en una barraca, éramos siete en una habitación. Había muchas barracas y se decía que tenía mala fama pero como antes nunca estaremos mejor: éramos gente de un igual y todos nos respetábamos. Quizá entonces había un borrachín, pero ahora ni cerrando nos dejan tranquilos”.

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