Traslado de un comercio histórico
La joyería centenaria Sant de Barcelona deja Petritxol y se reinventa en el Eixample con diseños únicos y piezas 'rescatadas'
La tercera generación de la saga inicia una nueva etapa y advierte de la "destrucción masiva" de joyas familiares por el 'boom' del oro
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Retrato de la nueva generación de la joyería Sant en su traslado al Eixample, con Caroline Sant Chalois al frente, en el interior de la tienda. / Zowy Voeten / El Periódico.

La historia de Sant es tan singular como el anillo de oro con una enorme turmalina verde tallada de forma virtuosa que exhiben en su nueva joyería del Eixample. No es común que una tienda de estas características haya sobrevivido casi un siglo en la vorágine del barrio Gòtic, pero la esencia que conservan tras la mudanza es la misma: una estirpe apasionada por hacer de los metales y piedras preciosas un arte y que atesora varias generaciones de clientes entre los barceloneses.
El pasado jueves completaron un traslado que ha durado varios meses. Cierra una etapa de 94 años en la calle de Petritxol, donde su abuelo –pese a venir de una próspera familia de industriales-- y unos primos de este forjaron la tradición joyera. Primero se llamó Serrahima, luego incorporó a la saga Sant, y llegaría una segunda generación, con Eduard Sant y su hermana Mercè, que durante décadas se entregaron a un negocio enfocado en el oficio, donde habían llegado a contar con 30 artesanos en su taller de la trastienda, del diseño a la talla de gemas.

Caroline Sant Chalois, ante una de sus vitrinas. / Zowy Voeten / EPC
Cercana a ese mostrador desde la niñez, no es de extrañar que Caroline Sant Chalois llevase en la sangre el fervor de su padre. Se licenció en Derecho, pero nada más salir de la facultad lo tuvo claro: “Acabé la carrera sabiendo ya que me dedicaría a la joyería”, relata a este diario, en su nuevo establecimiento del pasaje de Mercader, 16. Está a pocos pasos de la concurrida Rambla Catalunya, pero goza de la “tranquilidad e intimidad” que precisa la delicadeza de su trabajo, y el deleite del cliente tras cada compra. En poco tiempo ya han ganado un 35% de nuevos clientes, entre locales y extranjeros residentes, valora.
Su marca es muy particular porque en su origen (1931) conquistó a la ciudadanía con diseños minimalistas y depurados que rompían moldes de la época. En los años 70 los talleres se externalizaron, pero siguieron siendo su cantera. En Petritxol, hasta esta semana ha seguido al pie del cañón la segunda generación, despidiéndose del Gòtic. El auge de tiendas clonadas dedicadas a turismo y los problemas de accesibilidad al centro han propiciado la mudanza. Ahora la tía se jubila y el padre sale de la primera línea, pero seguirá colaborando en la nueva joyería del Eixample que comanda Caroline.
Clásicos y rarezas
La empresaria se mueve entre el día a día de una clientela muy variada, que se distingue por ser “cultivada y con personalidad”, y sus viajes en busca de "piezas únicas" e inspiración. Porque más allá de la joyería clásica, ofrecen sus “propios” clásicos (diseños legados de la época del abuelo) y el resto son “piezas únicas” y rarezas que no se repiten. Como el mencionado anillo de 23.000 euros más IVA. Porque en la tienda uno puede enamorarse de una tanzanita espectacular adquirida en uno de sus viajes y engarzarla con otros materiales al gusto del cliente, o un jade de Guatemala o un sinfín de piedras por maridar. O incluso puede descubrir algún tesoro rescatado por Sant.

Anillo con turmalina verde, valorado en 23.000 euros más IVA. / Zowy Voeten / EPC
El precio de la fiebre del oro
Y es que a experta advierte de que la actual fiebre del oro (con precios récord) está llevando a la “destrucción masiva” de muchos recuerdos familiares. Muchas personas llevan a fundir sus joyas para que sirvan de base a piezas más modernas, vista la alta cotización. Aunque muchas puedan ser anticuallas sin más valor que su peso, la joyera eventualmente 'rescata' hallazgos que devuelve al mercado, a veces renovados.
Pero la joyera hace hincapié en que el suyo no es un reducto elitista, sino que el afán artesanal abarca muchos niveles presupuestarios. Por eso, además de las alhajas de varios ceros, tiene artículos de plata de 120 euros. "Es una forma de atraer a clientes jóvenes, que descubren la cultura de la joyería y algún día serán los compradores de piezas más caras", apunta.
El local del pasaje Mercader ejemplifica ese espíritu chic pero contemporáneo, con una planta a ras de calle elegante y que encumbra en sus vitrinas a su arsenal de kilates, y un sótano de 130 m2 y techos altos donde aprovecha para exponer obras de arte, figuras de artesanía y esbozos con historia. Cuenta, además, con una sala donde luce su universo de creaciones o piedras singulares, esperando al comprador que se enamore. Añade privacidad al proceso, puntualiza, porque su negocio lo requiere: desde el que compra un regalo exclusivo y pide intimidad, al que quiere valorar su patrimonio y acaso renovar.
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