Hasta el 17 de mayo
Las casas como obras de arte: Barcelona, como capital de la arquitectura, invita a descubrir a Kazuo Shinohara
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'House of Earth', una obra de Shinohara de 1966. / SHINOHARA ARCHIVE

El arquitecto japonés Kazuo Shinohara (1925-2006) decía justo lo contrario que Le Corbusier. Para este último, una casa no era más que una máquina que se habita, pero para el primero, por encima de todo, tenía que ser una obra de arte. Ese es el hilo argumental de la exposición recién inaugurada en un rincón tan bello como desconocido de la ciudad, el depósito de aguas pluviales que, ¡oh!, sorpresa, fue descubierto en el año 2001 bajo una pineda al lado de la Torre Bellesguard y del que hay constancia documental que se remonta al año 1361. Por esa provecta edad es llamado el Dipòsit del Rei Martí, rey de Aragón en aquellas fechas. Es un recinto interesantísimo y, desde que fue restaurado, casi nunca aprovechado. Salvo ahora, que con motivo de la capitalidad mundial de la arquitectura albergará este 2026 cuatro exposiciones. La dedicada a Shinohara es la primera. No podía tener mejor techo.
‘La casa como obra de arte' no podía haber sido comisariada por nadie mejor que Enric Massip-Bosch, que en los años 80 descubrió la escuela arquitectónica a la que daba nombre Shinohara en Japón y quiso saber más sobre aquel personaje. Pero, claro, eran los tiempos del papel y el teléfono con hilo de cobre como medio de comunicación. Descubrió en una biblioteca algo inimaginable hoy en día, una enciclopedia de arquitectos que llevaba adjunta una lista con sus direcciones postales, vamos, una suerte de listín telefónico. Así estableció contacto con él. Terminaron por conocerse en persona en Barcelona, que ya era difícil, entre otras razones, porque Shinohara es un arquitecto sin obra fuera de su país natal (salvo por una curiosa excepción que luego se contará). El día que se despedían, le acompañó hasta la puerta de embarque del avión. Allí fue donde el nipón le planteó que hiciera las maletas y se incorporara a su estudio, en Tokio.

El Dipòsit del Rei Martí, tras su restauración en 2016. / A. de B.
“Creo que en Barcelona solo había entonces un restaurante japonés. Fui para tener así un primer contacto con la cultura de aquel país antes de los dos años que terminaría por pasar allí. Aún recuerdo que nada más sentarme me pusieron cuchillo y tenedor”, recuerda bajo los techo abovedados del depósito del Rei Martí. Regresó hecho un gran ‘shinoharólogo’ y eso es lo que ahora intenta contar, de forma muy exhaustiva, en la exposición.
Es una muestra que se lee y se ve. No falta información escrita ni visual. El marco, lo dicho, es incomparable. Pero antes de invitar con cuatro apuntes a ir hasta el número 14 de la calle Bellesguard conviene, quizá, hacer una breve parada en el contexto general, aunque solo sea por subrayar hasta qué punto la agenda de la capitalidad de la arquitectura de la que este año presume Barcelona tiene mucho de ‘jam session’ del gremio, en la que a veces parece no haber un libreto sobre todo cuanto sucederá en torno a esa celebración.

La casa del propio Shinohara, radicalmente distinta por fuera y por dentro. / SHINOHARA ARCHIVE
Aclarada esa cuestión, la expo es un viaje por la vida de Shinohara y, un poco también, una invitación a descubrir que el desdén con el que Barcelona trata su patrimonio arquitectónico no es exclusivo de estas latitudes del mundo. No son pocas las obras de aquel ‘artista’ demolidas por la piqueta o, en el mejor de los casos, salvadas de maneras realmente singulares. Ese fue el caso de una de sus más preciosas creaciones, la Casa Paraguas, una preciosidad que Shinohara levantó a las afueras de Tokio y que la empresa alemana de diseño Vitra se llevó entera al museo de edificios que tiene en Wel am Rheim, cerca de la frontera suiza.

Una de las soluciones estructurales de Shinohara para una de sus casas. / SHINOHARA ARCHIVE
A partir de los años 60, tras el impacto que supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial y la occidentalización efervescente de algunas costumbres en Japón, Shinohara pasó a ser considerado un referente, tanto que, como champiñones, comenzaron a emergerle discípulos. Toyoo Ito, por ejemplo, autor en L’Hopitalet de las dos torres que geolocalizan el acceso a la Fira de Barcelona por ese municipio.
Nació así la escuela de Shinohara, un sendero que reivindicaba no regresar al Japón anterior a la guerra, pero tampoco olvidarlo. Con el mérito, además, de que la fama no le llegó por edificios colosales. No fue un Frank Gehry, un Jean Nouvel o un Norman Foster que se disputaran los millonarios del mundo o los alcaldes de la ciudades con posibles. El placer que proporciona Shinohara son sus casas minúsculas, de apenas 50 metros cuadrados a veces, e incluso la manera en que aceptó alguno de esos encargos.

La Casa Paraguas, actualmente en Alemania. / DAMIAN POFFET
Ese sería el caso de la segunda residencia que le encomendó Shuntaro Tanikawa, un poeta célebre en Japón, al que ya le había construido un primer hogar. Quería otro y lo que deseaba se lo dijo en verso: una casa que en invierno fuera como la de un pionero y en verano algo así como la capilla de un panteísta. Lo normal hubiera sido que Shinohara eligiera la cima llana del terreno disponible, pero prefirió hacerlo en la ladera, sin corregir la inclinación. Es bien rara.

Una de las habitaciones de la Casa Tanikawa, condicionada por la ladera de la colina. / HIROSHI UEDA
A su manera, aquel refugio que el poeta sumó a sus posesiones terrenales era un perfecto ejemplo de otro de las máximas con la que Shinohara encaraba su oficio. No solo sostenía que las casas son obras de arte. Decía que la arquitectura es un 50% construcción y un 50% fotografía.
Todo eso y mucho más es lo que Masip ha volcado en la expo del Dipòsit del Rei Martí, que a diferencia de otras, no es tacaña en explicaciones. En ese sentido, es de justicia elogiar el excelente trabajo de Anna Sodupe, responsable del diseño gráfico con el que se presenta toda esa información.
‘La casa como obra de arte’ permanecerá abierta al público hasta el 17 de mayo. Después, en junio, el espacio albergará otra interesante ‘jam session’ a cargo de Arturo Frediani y Lara Alcaina sobre hasta qué punto la arquitectura forma parte de nuestro adn. Llega al hilo de lo que ya expuso en 1964 en el MoMA de Nueva York Bernard Rudofsky bajo el título ‘Architecture without Architects’, o sea, una mirada retrospectiva a cómo ya desde que éramos solo ‘Homo habilis’ teníamos pulsiones arquitectónicas. Y así, hasta ahora.
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