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Videoreportaje

Consultas médicas en la calle, 450 comidas diarias y mil atendidos: la labor del Hospital de Campaña de Santa Anna por los sinhogar

La entidad echó a andar en 2017, cuando el rector de la parroquia, Peio Sánchez, abrió la iglesia a personas que viven en el espacio público para que se resguardaran del frío

La pequeña gran historia de Santa Anna

La Fundació Arrels cuenta 1.982 personas durmiendo en la calle en Barcelona, casi 200 más que el ayuntamiento

El Hospital de Campaña de Santa Anna, refugio para las personas sinhogar

Jordi Otix

Toni Sust

Toni Sust

Barcelona
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Decenas de hombres jóvenes esperaban en el patio exterior de la parroquia de Santa Anna de Barcelona, en el Gòtic, a las ocho de la mañana del último miércoles de marzo para entrar a comer algo. En el Hospital de Campaña de Santa Anna, que desde 2017 atiende sobre todo a personas que duermen en las calles, se sirven cerca de 200 desayunos de 8.30 a 9.30. Primero entran las mujeres, que disponen de algunas mesas solo para ellas, y los hombres mayores o más enfermos. Después, los jóvenes. Un equipo de 406 voluntarios y 17 profesionales atiende a los sinhogar bajo el liderazgo de una figura polifacética y muy conocida por los necesitados, el rector de la parroquia de Santa Anna, Peio Sánchez. "La gente llega a aquí por el boca-oreja", sintetiza.

“Los que vienen son muy mayoritariamente jóvenes que duermen en la calle, que llevan menos de un año en ella, y que no tienen documentación. Es decir, que en las calles de Barcelona está durmiendo gente con un montón de ilusiones y que se encuentra con la dificultad que supone salir adelante”, explica Sánchez, un cinéfilo acérrimo que también es profesor en la Facultad de Teología. En Barcelona, según el último recuento de Arrels, cerca de 5.000 personas no tienen casa y 2.000 de ellas –un 43% más que en 2023- pernoctan en la calle. La cifra no para de incrementarse desde hace años.

Varios jóvenes que duermen en la callel,esperando su turno para entrar a la parroquia a desayunar.

Varios jóvenes que duermen en la callel,esperando su turno para entrar a la parroquia a desayunar. / Jordi Otix

En el corazón de los negocios

En 2025, 4.005 personas fueron atendidas en Santa Anna. Ahora mismo, unas 1.000 están recibiendo algún tipo de apoyo de la entidad y unas 450 pasan cada día por el comedor social, para desayunar, comer (de 12.00 a 14.00) o cenar (de 18.30 a 20.00). La parroquia también ofrece “atención médica, de salud mental, orientación laboral, acompañamiento social y espiritual”, precisa Sánchez. Un grupo de cerca de 30 personas, jóvenes y mujeres, reside en pisos, “hogares de oportunidades”, que dependen de Santa Anna.

El rector de la parroquia subraya los contrastes que se viven en la capital catalana: “Cada semana nos llegan 35 personas nuevas, a las que hacemos entrevista de valoración. Estamos en el centro del comercio y de los negocios y escondemos al turismo una pobreza muy dura. Hace falta una respuesta no solo de la administración, también de la ciudadanía, precisamente para que la administración haga sus deberes”. “Me preocupa mucho la indiferencia, pero mucho más la aporofobia, el racismo y su crecimiento, que se haya normalizado políticamente algunos discursos promovidos por partidos, algo que contamina a la ciudadanía. No podemos odiar al que viene de fuera o al que es vulnerable por el hecho de serlo. Es muy frecuente que haya insultos a gente que duerme en la calle y también agresiones. Y a algunos les gritan que se vayan a su país”, denuncia.

unas 450 pasan cada día por el comedor social

unas 450 pasan cada día por el comedor social / Jordi Otix

El primer invierno

“En 2017 el invierno fue especialmente duro en Barcelona, con mucha agua y mucho frío. Vino gente de Arrels y otras entidades que nos decía que había que buscar un refugio a la gente, y abrimos la iglesia. El primer día había 20 personas, el segundo 70, el tercer día 100, y según llegaron esas personas llegó gente para echar una mano. Y así empezamos”, recuerda Sánchez.

Ahora, el hospital de campaña tiene un presupuesto de cerca de un millón de euros que suman las tres entidades que están detrás del proyecto: la parroquia de Santa Anna, la Fundació Viqui Molins y Mensajeros de la Paz Catalunya. “La mitad son recursos públicos que proceden mayoritariamente de la Generalitat pero también del Ayuntamiento de Barcelona, y el resto proviene de fundaciones privadas, empresas y de donativos”, detalla el rector de Santa Anna.

María y la voluntaria

Este miércoles, María esperaba su turno para desayunar. Es de una ciudad de Castilla y León. Prefiere no decir cuál. Tiene 60 años y lleva 10 en Barcelona. Vino por trabajo, era administrativa. La empresa cerró hace tiempo. Vive en una habitación en el Raval. Aquí viene a tomar “un cafetito”. Y dice basta: no quiere contar más ni hablar de si en estos tiempos difíciles ha tenido que pasar tiempo en la calle. Los voluntarios van llamando a la gente, los saludan por su nombre.

María José López-Pinto, barcelonesa de 59 años y madre de cuatro hijos, es voluntaria de Santa Anna desde el principio, desde 2017. Cada miércoles en los desayunos de Santa Anna es la encargada del turno. Llega a las 7.45 horas. “Si tienes flexibilidad laboral puedes venir. A las 10 ya lo hemos dejamos preparado todo para el almuerzo y nos vamos”.

María José,voluntaria de la pàrroquia Santa Anna.

María José,voluntaria de la pàrroquia Santa Anna. / Jordi Otix

Faltan voluntarios jóvenes

Los voluntarios, cuenta, son gente de todo tipo aunque “faltan jóvenes”. Este miércoles hay una voluntaria, Mari Paz, de 90 años. “Creo que esta labor tiene un punto egoísta”, añade López-Pinto con una sonrisa. “Es tan injusto, a mí no me falta de nada”, compara. Cuando llueve, cuenta, no se va a dormir igual. “Pienso que yo no me mojo, que tengo calefacción. Al día siguiente, si ha llovido, ellos vienen de otra manera, con frío, cansados, a menudo de mal humor”. El desayuno está compuesto de bocadillos –“Ahora tenemos pan del día, antes no teníamos”-, galletas, chocolate, pastas, madalenas, café y leche con cacao. “A veces la gente no vuelve. A veces vuelve alguno y te dice: ‘Estaba en la cárcel, amiga’”.

Fátima es marroquí, tiene 30 años y es una de las 30 personas que viven en pisos de Santa Anna. Habla castellano perfectamente y aprende catalán. También estudia Informática. Ayuda como apoyo en el acceso a desayunos, a las comidas. Responsabilidades que asumen los que viven en esos pisos y que, afirma Peio Sánchez, suponen una preparación para que después acaben accediendo a un empleo y para que lo mantengan. “Quiero ser chef”, dice Fátima con una gran sonrisa. El hospital de campaña prevé contratarla cuando complete la formación reglada de cocina, que también le dará acceso a la regularización de sus papeles.

Muchos de los usuarios tienen el objetivo de acogerse a la regularización anunciada por el Gobierno central, aunque varios ya han iniciado el proceso por arraigo social y laboral. “La regularización (del Gobierno) es una muy buena oportunidad, pero hay que organizar bien el proceso”, advierte Sánchez.

La trabajadora social

Ana Royo es religiosa, teresiana, y trabajadora social del hospital de campaña desde hace un año y medio. Hace 25 años que se dedica a esto. “Me fui una década de Barcelona, volví hace año y medio y me encontré a una ciudad colapsada por la necesidad de acogida, de sitios donde dormir”.

Otro cambio que vio al volver: más mujeres en la calle. “No sé cómo pueden dormir las mujeres en la calle. A veces les damos una tienda de campaña para que por lo menos no se vea que es una mujer”. Royo cree que las grandes ciudades ya han tocado techo y defiende, organizadamente y con recursos, pensar en que la gente empiece otra vida en localidades despobladas.

Ana Royo,trabajadora social,en el claustro de la parroquia.

Ana Royo,trabajadora social,en el claustro de la parroquia. / Jordi Otix

Los médicos

El Hospital de Campaña de Santa Anna cuenta con cuatro puntos de atención médica. El permanente, en la parroquia, y otros tres que funcionan un día por semana junto a comedores sociales: uno en la calle del Arc de Sant Agustí, otro en Horta, frente al comedor Caliu, y otro en el Besòs, junto al comedor Gregal. Es una forma de acercarse a la gente.

“Tú no necesitas pastillas, tú necesitas un buen cocido de las monjas”, le dice con afabilidad la dermatóloga Montse Pérez, de 76 años, a un hombre en Arc de Sant Agustí. Ella colabora con el Hospital de Santa Anna desde que abrió. Y antes se ocupó de gente en la India, donde tenía una oenegé. Como experta en lepra también trabajó mucho en Latinoamérica. Cuenta que si en la India había la casta de los intocables y una inferior, los invisibles, en Santa Anna las vio juntas haciendo cola y le impactó más que lo que había vivido en otros países.

Montse Pérez,doctora de 76 años,colabora con el Hospital de Santa Anna desde que abrió.

Montse Pérez,doctora de 76 años,colabora con el Hospital de Santa Anna desde que abrió. / Jordi Otix

14 atendidos

“Hoy hemos atendido a 14 personas. Hemos visto dos heridas de cuchillo, un hombre con una insuficiencia respiratoria importante, otro con un alcoholismo importante, una otitis externa y cuatro cuadros de faringitis. Aquí es importante hablar con la gente, saludarla. La gente necesita un abrazo y que le llames por su nombre”, repasa Pérez. Además de ella, forman el equipo Marc Alier, estudiante de Enfermería; la enfermera Mercedes Sierra y Xavier Arjona técnico de ambulancia. “Ojalá no tuviéramos existir y acudieran al sistema”, explica. Porque aunque muchos tienen tarjeta sanitaria, no suelen ir a un CAP o a otro centro médico, en todo caso a urgencias.

El saxofón perdido

Marc, holandés, tiene 59 años y lleva cinco meses en Barcelona. Vino de Ibiza, donde estuvo un año. Vive en la calle. Va cambiando de lugar cuando la policía le echa. El miércoles había dormido cerca del parque de la Ciutadella. Marc tocaba el saxofón en la calle, pero lo perdió en Ibiza. También ha perdido el móvil. Ahora prevé irse a Málaga, a trabajar en el campo: “No es tan grande como Barcelona, que está muy sucia”. Además de dinero, dice, en el campo le dan un lugar en el que dormir. Se le ve cansado.

Está más animado Fabián, argentino, que tiene 38 años y lleva nueve en Barcelona. Vive en un albergue, cerca de la Barceloneta. Lleva un trimestre allí. Pasó siete meses en la calle: “No es bueno. Mentalmente es duro. Yo dormía cerca de la Gran Via, en el patio de un centro cívico”. Fabián llegó a Barcelona en avión, invitado por un amigo. Fue “acompañante sexual”, es decir, se dedicó a la prostitución. No le gustaba el trabajo y lo dejó. Ahora espera acogerse a la regularización, encontrar otro camino laboral, y no volver a la calle.

Fabian Marcelo,usuario habitual del hospital de campaña de Santa Anna.

Fabian Marcelo,usuario habitual del hospital de campaña de Santa Anna. / Jordi Otix

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