La nueva juventud
"Si te sientes de aquí, eres de aquí": cinco jóvenes de Barcelona nacidos en el extranjero conversan sobre su identidad e integración
Marcelo, Fabián, Bangu, Vivian y Magdalena dan voz al giro demográfico en los menores de 35 años en una capital catalana cada vez más diversa
DATOS DE 2025 | Los jóvenes nacidos en el extranjero llegan por primera vez al 50% en Barcelona

Hassimiou Bangoura vive hace ocho años en Barcelona, desde que era un adolescente. / Marc Asensio Clupes / EPC
“Cuando me preguntan de dónde soy, nunca parten de la base de que soy de aquí”. Marcelo Cabrera llegó a Barcelona con seis años, en plena crisis económica en Ecuador. Ahora tiene 35 años, es abogado y trabaja de ello. Se siente uno más de la ciudad. "Mi vida ha transcurrido aquí y me considero barcelonés”, explica, mientras rememora momentos de su infancia en Gràcia. Y, aún así, dice, que la pregunta sobre su origen se repite: “La mayoría de veces no te consideran de aquí”, resume.

Marcelo Cabrera y Fabián Macías, jóvenes nacidos en el extranjero, fotografiados en Barcelona. / Marc Asensio Clupes / EPC
El perfil de Marcelo no es exótico hoy en Barcelona. De hecho, la nueva normalidad de la juventud barcelonesa es haber nacido en el extranjero: por primera vez este perfil llega al 50% en la capital catalana. El cambio demográfico entre los 12 y los 35 años plantea retos intangibles, como la identidad, la integración en la ciudad y percepción de la sociedad. Cinco residentes, con trayectorias vitales muy distintas –de Ecuador, México, Bulgaria, Uruguay y Guinea– explican a EL PERIÓDICO su experiencia y qué significa "ser de aquí" en la Barcelona actual.

Marcelo Cabrera en Plaza Catalunya. / Marc Asensio Clupes / EPC
En los cinco relatos aparecen afirmaciones similares: la integración es posible, pero no inmediata; la etiqueta de “extranjero” pesa de manera diferente a cada persona; y la lengua –sobre todo el catalán– actúa a veces como puerta de acceso y otras como frontera invisible.
Me integré rapidísimo"
Para Marcelo la pertenencia se construyó en lo común: el colegio, la plaza y las familias de Gràcia. "Mis amigos eran de aquí, sus padres me cuidaban. Siempre me he sentido acogido". Tanto él como su familia siempre tienen un gran vínculo con el barrio. "Era un gusto salir los sábados a comprar al mercado, donde teníamos muy buenos amigos", rememora. Marcelo Cabrera menciona que las fiestas de Gràcia durante su adolescencia fueron uno de los momentos que más conectado se sintió.
La experiencia de Fabián Enmanuel Macías, en cambio, es distinta. Aterrizó en la ciudad de adulto, hace 4 años, desde el estado mexicano de Jalisco. Formado en preparación física deportiva, actualmente trabaja como recepcionista en el sector de la hostelería. “De México y orgulloso”, responde cuando le preguntan sobre sus orígenes. Su percepción de Barcelona se basa en el contraste con su ciudad natal. “Aquí puedo salir de madrugada y nunca he sentido peligro”, explica. En Jalisco, añade, la violencia está a la orden del día. Fabián Macías echó raíces a través de la red de amigos que encontró en Barcelona. “Me integré rapidísimo”, resume.

Fabián Macías vive en Barcelona hace tiempo. / Marc Asensio Clupes / EPC
Según el informe municipal Retrats i tendències de la joventut 2025, la mixtura de orígenes tiene un notable reflejo en el idioma habitual. El uso del catalán entre los jóvenes se sitúa diez puntos por debajo del conjunto de la población. En cambio, el castellano se erige como lengua predominante y crece el peso de otras lenguas. Marcelo trabaja en catalán, aunque fuera del ámbito laboral utiliza el español. "Me siento cómodo usándolo porque es el idioma con el que he crecido", refiriéndose al catalán. Fabián lo utiliza “en el trabajo, con algunos clientes”, pero reconoce que no es común en su día a día. “No era esencial en mi vida”, admite, aunque está dispuesto a aprenderlo mejor.
Cuando llegas, claro que eres extranjero. Lo que duele es que te lo recuerden siempre"
Hassimiou Bangoura llegó a Barcelona siendo un adolescente, con 16 años. Hoy, tiene 24 y trabaja en lo que estudió: es agente comunitario en salud mental en un centro cívico de Trinitat Nova. Sus amigos le llaman simplement 'Bangu'. Salió de Guinea con la intención de seguir ampliando sus estudios fuera del continente africano. La solicitud de visado fue denegada varias veces. Finalmente, consiguió entrar a España en lancha, pasó dos meses en el sur y puso rumbo a Barcelona “por intuición”. “Desde que llegué, mi vida transcurrió en esta ciudad”, explica.
Su integración no fue inmediata. “Cuando llegas a un nuevo país, claro que eres extranjero. Pero lo que duele es que te lo recuerden siempre”, afirma el joven guineano. Ha vivido diferentes episodios de estigmatización, en los que ha notado que desconocidos sospechaban de él sin razón. En una ocasión, relata, una mujer en un hospital agarró el bolso al verle y fue a hablar con ella para hacerle comprender que nunca robaría por muy apurado que se viera. “Prefiero mi dignidad”, recalca.
Aprendió catalán nada más llegar, porque lo consideró imprescindible para conectar con la ciudad. Hoy lo habla con naturalidad y lo usa siempre que se siente cómodo, aunque preferiblemente usa el castellano. “No quiero que me quieran más por hablar catalán, quiero sentir estima por quien soy”. Aún así reconoce que la visión de los demás cambia cuando utiliza la lengua local: “Ves esa mirada de ‘tú sí que eres de aquí’”.
En sus horas libres, es entrenador de fútbol, miembro de los castellers del Poble-sec y presenta un podcast sobre África. Se siente un barcelonés más. “Después de ocho años, sí. Aunque a veces te recuerden que no eres de aquí”, detalla. Su nacionalidad no ha sido una barrera para encontrar trabajo gracias a la gente de su entorno, que siempre le ha ayudado a ejercer en el Tercer Sector. Conoce casos en los que la procedencia sí ha sido un lastre y no descarta que un día pueda estar en el paro él también. No obstante, su situación documental sí que lo ha condicionado: “Mi primer contrato tenía que firmarlo sí o sí, si quería renovar los papeles”. Ahora, con más estabilidad, dice que puede elegir más.
Para él ‘ser de aquí’ significa integrarse, adaptarse y sentirse a gusto. “Si tú te sientes de aquí, eres de aquí. No debería hacer falta que la sociedad lo corrobore”. Si tuviera que lanzar un mensaje a alguien que cree que es complicado, le diría que “su vida es la que quiere construir aquí” y que “no todo son problemas”, concluye.
Lo que me hace sentir parte de Barcelona es mi tribu"
Magdalena Cetrulo llegó a la capital catalana desde Uruguay en 2019 con experiencia de arquitecta. Aterrizó con la idea de crecer profesionalmente. Nunca dejó de sentirse extranjera, sin ser dramático para ella. “Intentaba adaptarme en pequeños detalles. Decir ‘falda’ en vez de ‘pollera’”, explica. Durante su primer contacto con la ciudad percibía la diferencia constante en la forma de hablar, de moverse o de encajar con los códigos locales.
Su integración no fue inmediata. “Al principio vivía como de prestada”, reconoce. Durante años, exprimió la ciudad haciendo planes cada fin de semana y conociendo gente nueva continuamente, con un ritmo ‘non-stop’. “No estaba echando raíces, estaba viviendo la experiencia al máximo”, admite ahora con perspectiva. Se sintió integrada cuando dejó de percibir que estaba ocupando un lugar que no era del todo suyo. Barcelona dejó de ser un lugar por descubrir y empezó a convertirse en rutina. “‘Ser de aquí’ significa moverte como pez en el agua”, destaca. No necesitar la ayuda del móvil para ir a los sitios, tener su panadería favorita, su gimnasio, su gente.

Magdalena Cetrulo, uruguaya residente en Barcelona desde 2019 / Cedida
“Lo que me hace sentir parte de Barcelona es mi tribu”, resume, en alusión a excompañeros de trabajo, amigos del máster y otras amistades que se convirtieron en familia para ella. Hoy puede decir que está integrada. “Sí, podemos decirlo”, responde entre risas. Se relaciona con los vecinos y se siente más barcelonesa de lo que se pensaba: “Antes todo era nuevo. Ahora es parte de mí”.
Cuando hablas catalán, la actitud cambia"
Vivian Rumenova, de 25 años, nació en Bulgaria, llegó a Catalunya en 2008 con su familia y se instalaron en Mollerussa (Lleida). Diez años después puso rumbo a Barcelona para estudiar y se ha quedado en ella siete años. Acaba de regresar a tierras leridanas, porque ha encontrado trabajo de abogada allí. La capital catalana es demasiado "grande" para ella, dice, aunque nunca la ha hecho sentir extranjera: “Me he sentido más de Barcelona que de otro sitio”, señala. La diversidad de orígenes en la capital catalana, para ella, jugaba a su favor: “Hay tantas nacionalidades que te integras sin darte cuenta”.

Vivian Rumenova, nació en Bulgaria, llegó a Catalunya en 2008. / EPC
Cuando le preguntan cuáles son sus orígenes, responde sin matices: “De Bulgaria”. No le incomoda, aunque sí que percibe prejuicios. “Si eres de los países de Europa del Este, ya te ponen en el mismo saco”, dice, refiriéndose a la diferencia entre ser de Barcelona y de Bulgaria en edad joven. Lo nota en detalles cotidianos: tener NIE en lugar de DNI complica ciertos trámites, su nombre debe repetirlo varias veces y, en ocasiones, percibe suspicacias sobre ciertas nacionalidades europeas.
Su escolarización fue en catalán y ahora lo domina a la perfección. Recuerda que lo tuvo que aprender en seis meses para entender lo que le decían los compañeros de la escuela. En su caso, la lengua fue una herramienta de integración. “Cuando hablas catalán, la actitud cambia”, admite. Lo ejemplifica con un día que ayudó a una mujer mayor en el transporte público y reaccionó muy positivamente al escuchar que la joven hablaba catalán: “Te miran más cercano”.
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