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Negocios singulares

Ming Productions, la proveedora barcelonesa de souvenirs de los grandes museos del mundo

Las tazas, camisetas y libretas que venden iconos como la Tate Gallery o el Centre Pompidou se diseñan en una nave de Badalona

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Benjamin Villa, fundador de Ming Productions, fabricantes de la mayoría de souvenirs de los grandes museos catalanes y del mundo

Benjamin Villa, fundador de Ming Productions, fabricantes de la mayoría de souvenirs de los grandes museos catalanes y del mundo / JORDI OTIX

Andrea Gabarró

Barcelona
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En el corazón del área metropolitana de Barcelona, en una nave discreta y luminosa, se decide buena parte de lo que el público acaba llevando en la bolsa al salir de algunos de los museos más importantes del mundo. Allí trabaja Ming Productions, una empresa especializada en diseñar y fabricar merchandising cultural para instituciones de Europa, Estados Unidos, Japón y otros países con fuerte tradición museística. Al frente está Benjamín Villa, fundador y director, que se define a sí mismo como una “bala perdida”. Ha convertido una autoocupación intuitiva en un negocio singular que abastece centros internacionales como el Louvre de París o el MoMA de Nueva York.

La oficina de Ming en Barcelona es, de hecho, una especie de museo de los museos del mundo. Quien cruza la puerta tiene la sensación de entrar en una juguetería para amantes del arte. Las estanterías están repletas de cajas con piezas de todas las formas y colores: tazas, estuches, lápices, bolígrafos, tapices, manteles coloreables, peluches, libretas, decoraciones de techo personalizadas… Todo ello, vinculado a artistas y obras célebres.

Benjamin Villa, fundador de Ming Productions, perfila uno de los souvenirs destinados a los grandes museos catalanes y del mundo.

Benjamin Villa, fundador de Ming Productions, perfila uno de los souvenirs destinados a los grandes museos catalanes y del mundo. / Jordi Otix

Sobre las mesas se apilan pruebas de color, maquetas y primeras muestras, que dialogan con enormes volúmenes de historia del arte. Una de las condiciones no escritas para trabajar en Ming es ser, ante todo, un apasionado del arte. “Si no te gusta el arte, este negocio no tiene sentido; hablamos de exposiciones y artistas como otros hablan de fútbol”, explica Benjamín Villa, que describe a su plantilla como un grupo de profesionales que visitan museos y exposiciones también en su tiempo libre.

Las primeras camisetas de Miró

Ming nació hace 32 años, a partir de una relación muy estrecha con la Fundació Miró. Benjamín Villa conocía al nieto de Joan Miró y de aquella confianza surgió la propuesta de hacer unas camisetas con la obra del artista, en un momento en que casi no existía cultura de derechos de autor aplicada al merchandising. “En aquella época en las tiendas de los museos no había prácticamente nada; se vendían postales, pero no había tienda como tal”, recuerda, aún sorprendido por la transformación que ha vivido el sector.

A partir de aquellas primeras camisetas, el proyecto empezó a crecer. La familia Picasso se interesó por unas piezas que habían visto en la Tate Gallery, lo que obligó a regularizar derechos y profesionalizar un modelo de negocio que entonces era casi pionero. Desde ahí, Ming fue entrando en museos de distintos países, aprovechando un espacio comercial que el turismo cultural reclamaba y que muchas instituciones todavía no habían desarrollado. 

Hoy la empresa trabaja para alrededor de 700 clientes al año, principalmente museos y grandes instituciones culturales, además de empresas privadas que buscan regalos corporativos alejados del típico objeto promocional. “Nos piden cosas especiales, distintas de lo que se puede encontrar en cualquier tienda de regalos”, resume Benjamín Villa. La capacidad de producción que puede superar los tres millones de piezas al año según el tipo de producto que sea.

Huir del 'made in China'

Una de las claves del modelo es la fabricación propia. Aproximadamente un 70–80% de lo que Ming vende se produce en talleres que la empresa controla directamente, lo que permite series pequeñas, adaptadas a las necesidades concretas de cada museo. La compañía dispone de una fábrica de porcelana en Montgat, una nave industrial en Badalona para procesos textiles como la serigrafía y un taller de peluches adquirido en Galicia a un artesano que se jubilaba. El objetivo es evitar depender de grandes producciones en Asia. “Nuestro gran reto es fabricar aquí y no comprar en China, poder hacer cantidades pequeñas sin renunciar al estilo propio”, explica.

Otra baza de Ming es el tratamiento de las imágenes. Frente al souvenir clásico que reproduce la obra entera –la Gioconda en tazas, imanes o bolsas–, la firma prefiere abstraer detalles. “Si usamos una Gioconda, no cogemos el cuadro entero; igual solo cogemos los labios o un detalle que ya te da la idea de que estás viendo la Gioconda”, explica Benjamín Villa, convencido de que ahí se marca la diferencia entre un souvenir genérico y un objeto pensado específicamente para un museo.

Emprender como escapatoria

Pese a que Ming factura alrededor de cinco millones de euros y sostiene una plantilla de entre 70 y 80 personas en Catalunya, su fundador prefiere restar épica al relato empresarial. Asegura que empezó “muy tarde”, a los 30 años, cuando muchos de sus amigos ya encarrilaban carreras más convencionales. Emprendió el proyecto casi por supervivencia, convencido de que “ningún empresario lo habría contratado”. Hoy, comenta con media sonrisa que mientras muchos conocidos están ya jubilados, él sigue preparando exposiciones, viajando para ver museos y pensando nuevos proyectos, que es lo que le gusta y lo mueve. 

Cita a algunos clientes con un aprecio especial. La Fundació Miró es “como el hijo primogénito”, donde empezó todo y una institución a la que dice tener “un gran cariño” por el apoyo profesional y personal recibido durante décadas. El Guggenheim de Bilbao, al que llegó a finales de los 90, le permitió reencontrar a una antigua conocida y marcó un punto de inflexión: simboliza para él la entrada definitiva en la liga internacional. Con los años se han sumado el Prado, el Louvre, el Pompidou, el MoMA, la Tate, el Thyssen o el Van Gogh Museum. Villa insiste en que cada museo, grande o pequeño, “tiene algo de especial” y que no podría quejarse de ninguno.

La Navidad no es la época más intensa de ventas, pero sí una ocasión para ver su trabajo más visible en las vitrinas. “La gente se dedica más a comer y a celebrar; la temporada alta para nosotros es de Semana Santa en adelante”, admite. Aun así, cada año diseñan bolas de Navidad, piezas especiales y selecciones de regalo que los museos distribuyen en mesas centrales y rincones destacados, sabiendo que muchos visitantes buscan en estas fechas un obsequio diferenciador.

Este enero en la nave de Ming se piensa ya en la próxima temporada estival, con nuevos diseños y colecciones que seguirán llenando estanterías en todo el mundo. Los planes de futuro pasan por invertir en maquinaria y nuevos locales, fabricar cada vez más producto propio y explorar otros nichos vinculados a la cultura, el espectáculo y los regalos corporativos especiales.

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