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Una expo resucita el poco conocido 'milagro' de Jujol en Santa Maria del Pi

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Un detalle del rosetón de Santa Maria del Pi, resucitado y mejorado por Jujol.

Un detalle del rosetón de Santa Maria del Pi, resucitado y mejorado por Jujol. / Zowy Voeten

Carles Cols

Carles Cols

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Acaba de regresar el inclasificable Josep Maria Jujol (¿surrealista, modernista, expresionista, genio incomprendido ‘avant la lettre’ del ‘arte povera’…?) a la basílica de Santa Maria del Pi, donde a caballo de los años 30 y 40 obró ese genio de la arquitectura poco menos que un milagro. Si algo impresiona desde el interior de esta iglesia tan representativa del gótico catalán es su rosetón, sobre todo con el sol de última hora de la tarde y, lo que ya es el clímax insuperable, durante los solsticios de verano e invierno. Aquel rosetón ‘murió’ el 20 de julio de 1936 y fue preciosa y fielmente resucitado por Jujol entre 1940 y 1942 gracias a una de sus grandes pasiones, el dibujo y la acuarela. Todo eso y mucho más se narra ahora y hasta finales de febrero en una exposición instalada en la sacristía nueva de Santa Maria del Pi.

Josep Maria Jujol, que además de arquitecto fue profesor, invitaba a sus alumnos a que renunciaran a ejercer este oficio si no sabían dibujar. También creía que si no tenían una buena base de latín, mejor que se buscaran otra carrera, pero esa es otra cuestión. Al margen de sus excentricidades, que eran muchas, lo que causaba admiración en sus clases era su excelente mano con el lápiz y el pincel. Más que corregir los trabajos de dibujo de los estudiantes, los mejoraba. Muchos de ellos tuvieron la feliz idea de conservarlos. Hoy, aquellos exámenes son pequeñas joyas. Como lo son los programas de mano del Palau de la Música, las cartas de menús de restaurante o cualquier cuartilla que llegaba a manos de Jujol, que no podía dejar de garabatear, en el mejor sentido de la palabra. En Santa María de Pi se exhibe una estupenda selección de aquellas improvisaciones, con caricaturas, por ejemplo, de sus contemporáneos más famosos.

Dibujos de Jujol en una programa de mano del Palau de la Música

Dibujos de Jujol en una programa de mano del Palau de la Música / Cátedra Jujol (UPC)

La cuestión es que pocos años antes de la Guerra Civil, en esa faceta como profesor de futuros arquitectos, se llevó a varios de sus estudiantes a Santa Maria del Pi. El reto era realizar una acuarela a gran tamaño, tres por tres metros, del rosetón, capturar con gran detalle su filigrana cromática, algo que, desde los bancos de los feligreses, en la nave central, se intuye, pero no se aprecia en toda su magnitud. La obsesión de Jujol por las combinaciones cromáticas es sobradamente conocida. Antoni Gaudí le admiraba por ello. Y por eso delegó en él las partes más coloridas de algunas de sus grandes obras.

La copia del rosetón en acuarela, con un grado de detalle inapreciable desde la nave central.

La copia del rosetón en acuarela, con un grado de detalle inapreciable desde la nave central. / Arxiu ETSAB (UPC) con el soporte del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana

Cómo Jujol y los estudiantes se encaramaron hasta el rosetón no está del todo claro. Entonces, el órgano estaba justo debajo de aquella gran cristalera. Lo hicieron. Por partes. Como un gran puzle. Pero el 20 de julio de 1936, en la respuesta popular al golpe de Estado, las llamas devoraron la tribuna, los bancos, el altar, la puerta principal del templo y el órgano. En aquel infierno, el plomo de los vitrales se fundió y el rosetón saltó por los aires. La fotografía que Adolf Mas, el gran retratista de los arquitectos modernistas, hizo de aquella catástrofe no deja jamás indiferente.

Santa María del Pi, en 1936, tras el golpe de Estado.

Santa María del Pi, en 1936, tras el golpe de Estado. / ARXIU MAS

La suerte (dentro de la gran desgracia) fue, claro, que Jujol atesoraba la copia del rosetón. Este tipo de casualidades nunca dejan de sorprender. Cuando en Utebo (Zaragoza), se derrumbó parcialmente el campanario de Nuestra Señora de la Asunción, los responsables de la restauración visitaron el Poble Espanyol de Barcelona, pues uno de sus edificios es una fidedigna copia de aquella iglesia. Con el rosetón de Santa Maria del Pi, lo dicho, sucedió más o menos lo mismo, pero, llegado el momento de la reconstrucción, Jujol, quizá el más devoto de los arquitectos de aquel tiempo, introdujo algunas modificaciones que la exposición detalla estupendamente.

Caricatura de Juan Batlló, realizada por Jujol.

Caricatura de Juan Batlló, realizada por Jujol. / Cátedra Jujol (UPC)

La muestra ha sido comisariada por la directora de la Cátedra Jujol, Isabel Zaragoza y por los profesores de arquitectura Xavi Llobet, Eva Jiménez y Jesús Esquinas, que se han sumergido en los fondos personales de Jujol donados por su hijo a la Universitat Politècnica de Catalunya. Gracias a ellos ha sido posible cartografiar con una precisión sin precedentes la Barcelona de Jujol (vivió durante un tiempo, por ejemplo, en Bailèn 22, dirección postal que quizá muchos recuerden porque llenó titulares de la sección de mala vida en la prensa) y ahondar en algunas de sus obras, en especial en aquellas que, por esa tradición tan local de esta ciudad, de cada cierto tiempo mudar de piel como las serpientes, han desaparecido.

Entre las piezas que se exhiben en la expo destaca la manera en que Jujol alumbró una de las tiendas más memorables de la calle Ferran del primer tercio del siglo XX, Casa Mañach, una de aquellas ocasiones en las que los planetas se pusieron en línea y que Barcelona no supo elevar a la categoría de fenómeno astronómico digno de ser conservado.

El boceto de la Casa Mañach, de Josep Maria Jujol.

El boceto de la Casa Mañach, de Josep Maria Jujol. / Cátedra Jujol (UPC)

Pere Mañach era hijo de una acaudalada familia de industriales de la cerrajería, pero por encima de eso era un entusiasta del arte entonces emergente. Fue mecenas del traslado del Ateneu Barcelonès a la calle Canuda, anticuario en París y primer marchante de Pablo Picasso. De hecho, hasta compartió piso con el malagueño en la capital francesa. Cuando heredó el negocio familiar, decidió convertir la tienda del 57 de la calle de Ferran en un establecimiento sin igual, y para ello contrató a Gaudí y Jujol, que se dice pronto. Del resultado de aquella colaboración quedan unas pocas fotografías y, en la expo, los bocetos que seguramente mostró Jujol a Mañach para que fuera haciéndose una idea del resultado final. En una ocasión, Daniel Giralt Miracle escribió que Gaudí permitió de muy buen grado que sus obras se jujolizaran, en el Park Güell y en la Casa Milà, por ejemplo. Casa Mañach, a su manera, era la más jujolizada obra de Gaudí.

Eusebi Güell, visto por Jujol.

Eusebi Güell, visto por Jujol. / Cátedra Jujol (UPC)

Con el tiempo, como una partida de Risk, Gaudí ha terminado por conquistar casi todo el relato ‘arquiyectonicoturístico’ de la ciudad. Si ha eclipsado a Lluís Domènech i Montaner y Josep Puig i Cadafalch, que no habrá hecho con el pobre Jujol, que nunca recibió un encargo de las grandes fortunas de la burguesía. Pero en su tiempo, no se puso en duda su genialidad y, en especial, su singularidad. También en ese detalle la expo ‘La Barcelona de Jujol’. Es una muestra, hay que advertirlo, de muy modestas dimensiones, pero en la que hay que prestar atención literalmente a la letra pequeña. Entre el material que atesoraba el hijo de Jujol y que ahora gestiona la cátedra de la UPC hay algunos recortes de prensa llamativos, como una glosa publicada en el ‘Diario de Barcelona’: “Es un aristócrata rústico, con toda la elegancia ingénita de los próceres y con toda la ingenuidad de los hombres del campo. Su señorío y su fineza no se sujetan a los cánones corrientes de la distinción mundana, y por eso desconcierta y sorprende y deja muchas veces suspenso el juicio. Es un espontáneo formidable, un ingenuo irremesible, un sincero inamoldable, originalísimo, insular, o mejor singular, de una personalidad recalcitrante contra cualesquiera influencias, de una fecundidad portentosa, de trópico y de selva virgen…”. Así veían a Jujol en 1921. En Santa Maria del Mar está a disposición del público la posibilidad de certificar si esa opinión es aún vigente.

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