Centre Martorell d'Exposicions
El decano de los museos de Barcelona renace con 'La invención del tiempo', una expo que encandilaría a H.G. Wells
El meteorito que anunció la dinastía borbónica
El mamut de Pedralbes hace las maletas
Anacronópete, la primera máquina para viajar en el tiempo, española y zarzuelesca

Una réplica a tamaño real de la máquina del tiempo, según la versión de George Pal. / Zowy Voeten

Prometió en 2021 el Martorell, decano de los museos de Barcelona, que tras unas profundas obras de remodelación renacería lozano, como si hubiera hecho un pacto con el diablo para engañar a propios y extraños sobre su verdadera edad (nació en 1882), y caramba si ha conseguido burlar al tiempo. Hasta lo ha hecho jactándose de ello, porque en esta nueva etapa, rebautizado ahora como Centre Martorell d’Exposicions, ha estrenado una interesantísima muestra precisamente sobre eso, el tiempo, desde perspectivas muy variadas y a la par complementarias, la física, la literaria, la de las ciencias naturales, la cultural, la filosófica… ‘La invención del tiempo’ estará abierta hasta el próximo 30 de septiembre y, por si es necesario algún aliciente más para despertar la curiosidad, no está de más subrayar que Ricard Solé, comisario de la exposición, ha tenido la feliz idea de encargar una réplica a tamaño natural de la máquina del tiempo de George Pal, con la que Rod Taylor se planta nada menos que en el año 802.701 y descubre que la humanidad se ha partido en dos razas, los eloi y los morlocks, los primeros, mansas víctimas de los todopoderosos e inmisericordes segundos, o sea, un cierto trasunto de la actualidad.
Sucedió el germinal ‘big bang’ hace 13.800 millones de años, se formó la Tierra hace 4.500 millones, apareció algo definible como vida hace 3.800 millones, ocurrió hace 550 millones algo crucial, la explosión cámbrica, para resumirlo, la violencia entre especies, y hace solo 300.000 años que los ‘sapiens’ caminan sobre dos pies como si esto fuera su finca particular y con una curiosidad mucho más que gatuna, como la que en su día caracterizó a Francesc Martorell, un corredor de cambios nacido en Barcelona en 1822 y que a lo largo de su vida mostró una infinita pasión por la colección de fósiles y muestras geológicas. Donó sus tesoros a la ciudad y ese fue el origen del primer museo de la ciudad, que a lo largo de las décadas creció exponencialmente en fondos hasta el punto de que buena parte de las joyas que componen la exposición provienen del Museu de Ciències Naturals de Barcelona, del que forma parte el Museu Martorell. Ahí está la fenomenal mandíbula del mamut que en 1922 fue encontrado en la avenida Pearson durante unas obras cualesquiera. También una condrita de dimensiones más que respetables, que impresiona saber que durante millones de años vagó por el espacio para terminar ahora inmóvil en una vitrina y a la vista de todos. O el esqueleto de ‘L’avi’, famoso elefante del Zoo de Barcelona, que en realidad, a pesar de su nombre, una hembra.

L'Avi, icónico elefante de la Barcelona de hace un siglo, que en realidad era una hembra. / Zowy Voeten
Hay además, cómo no, trilobites en abundancia, pero ‘La invención del tiempo’, lo dicho, no es una simple exhibición de tesoros, sino una invitación a salir de la zona de confort que proporciona la idea que tenemos del tiempo. ¿Un ejemplo? Con acierto, una de los ámbitos de la muestra está dedicada a la relatividad del tiempo y la sala está parcialmente decorada como el teseracto en que el transcurre el metraje final de ‘Interestellar’, película sin duda de referencia para abordar esta materia, ni que sea para reseñar aquí que desde que fue inaugurado el museo, en 1882, en el planeta de Miller (quienes haya visto el berenjenal en el que se meten Matthew McConaughey y Anne Hathaway lo cazarán a la primera) han transcurrido solo 20 horas y media, vamos, lo que vienen siendo las singularidades de vivir demasiado cerca de un agujero negro.
“Los blancos tienen muchos relojes, pero poco tiempo”, dice un viejo y sabio proverbio senegalés. Es solo una de las decenas de citas que decoran las paredes del Martorell, en este caso para presentar los distintos ingenios con los que a lo largo de la historia se han medido el paso de los años, las estaciones, las horas y los segundos. Conviene entretenerse ahí en la mente de Edmund Halley, que en 1705 predijo el próximo paso del cometa que desde entonces lleva su nombre y que, según se mire, funciona como un fiable reloj astronómico que cada 76 da las campanadas. Cuando en 1758, con Halley ya muerto, se confirmó que tenía razón, se desencadenó una apasionante búsqueda de aquel cometa en los cuadros más famosos de la historia de la pintura. Bastaba con ir restando 76 años al calendario en ese viaje por las pinacotecas y las sorpresas se sucedieron una tras otra.

Un retrato de Sergi Cadenas, que envejece según el punto de vista del observador. / Zowy Voeten
La ruta que propone la expo recorre el espacio interestelar y también uno quizá más desconocido, el del cerebro humano, donde los recuerdos parecen no tener una función meramente nostálgica, sino que son las piezas de un ‘lego’ con el que imaginar el futuro inmediato (¿qué haré mañana o durante las próximas vacaciones?) o incluso el abstracto, como si es posible viajar a través del tiempo. Es ahí donde quita el hipo la presencia de la máquina con la que Rod Taylor se adentra en futuro muy lejano. El argumento de la película de George Pal se basa en la novela que H. G. Wells publicó en Londres por primera vez en 1895, pero conviene reparar en la mesa situada justo al lado de aquel ingenio, pues ahí se muestran notables novelas que han abordado esa cuestión y, entre ellas, una que jamás merecería caer en el olvido, ‘El anacronópete’, porque la primera máquina para viajar en el tiempo de la historia de la literatura apareció en una zarzuela española. Se publpublicóaños antes de que Wells hiciera famosa su obra. El protagonista aquí no se metía en el laboratorio por simple curiosidad científica, sino para resolver un grave problema sentimental: quería casarse con su sobrina y necesitaba viajar a otro tiempo en el que tal enlace no estuviera mal visto. El resultado termterminó sorprender al propio protagonista, Sindulfo García: “En efecto, merced al Anacronópete puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra -si tiene con qué aquel día- y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América”.

Una imaginaria cápsula del tiempo de 1975. / Zowy Voeten
El Museu Martorell, en resumen, ha renacido como se prometió, pletórico, una excelente noticia si se tiene presente que es solo el primer paso de un proyecto mucho más mayúsculo y que pretende convertir el parque de la Ciutadella en un destino perfecto para satisfacer la curiosidad científica. Justo al lado, el Castell dels Tres Dragons, antigua sede del Museu de Ciències Naturals, está desde hace semanas de mudanza de toda su colección de especies (solo los vertebrados son ya 20.000, que se dice pronto) para encarar también unas obras de profunda renovación que permitirán albergar exposiciones como mínimo tan interesantes como ‘La invención del tiempo’.
A modo de epílogo, no está de más recomendar la vitrina final de la exposición. Es una suerte de inventada cápsula del tiempo, como aquellas que se depositan en los cimientos de algunas obras o que se atesoran en algún centro cultura para que sean abiertas al cabo de una cifra razonable de años. En este caso, se supone que es una cápsula cerrada en 1975, con cassettes, fotos analógicas, prensa del momento, un cartel promocional de ‘Tiburón’, alguna referencia a los éxitos musicales de Cecilia y cartas manuscritas, algo casi extinto hoy en día. Han pasado 50 años y parecen muchos más. O mucho menos, según en que planeta se habite. En el de Miller han pasado solo siete horas y cuarto.
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