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Negocios navideños

Fargas, la chocolatería más antigua de Barcelona, se abre a nuevos públicos y sinergias

La emblemática bombonería, con nuevos propietarios desde mayo, celebrará en 2027 dos siglos endulzando la Navidad en la calle del Pi

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Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario / JORDI OTIX

Andrea Gabarró

Barcelona
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Pese a lo que muchos todavía creen, sigue abierta. En la esquina más dulce del Gòtic aún hay quien da por cerrada para siempre la histórica chocolatería Fargas, considerada "la más antigua de Barcelona". Pero el comercio continúa en la calle del Pi, con el mismo obrador, el mismo molino de piedra y el mismo cacao artesanal que ha acompañado las Navidades barcelonesas desde hace casi dos siglos. Cada diciembre, el pequeño local se llena de colas, lotes y turrones que concentran buena parte del trabajo del año y convierten Xocolates Fargas, desde este mayo dirigido por Laia Puigdollers y su marido Carlos Rullan, en una parada obligada de las fiestas en el centro de Barcelona.

Quien entra hoy en Fargas encuentra un local más recogido que el mítico chaflán, pero reconocible: madera oscura, vitrina antigua, bombones bien alineados y un olor a chocolate caliente que se impone al ruido del centro. Desde que se trasladó en 2016, ocupa un espacio reubicado dentro del Palau Castell de Pons, en la misma calle del Pi, fruto de la venta y remodelación del inmueble. Afortunadamente, conserva la carpintería restaurada, el mobiliario centenario y el emblemático molino de piedra que aún trabaja de noche. “El local no es el mismo, pero el legado sí”, resume Laia Puigdollers.

Laia Puigdollers y Carlos Rullan regentan hoy la histórica tienda de chocolates Fargas en la calle del Pi

Laia Puigdollers y Carlos Rullan regentan hoy la histórica tienda de chocolates Fargas en la calle del Pi / Jordi Otix / EPC

En estas fechas, la tienda se convierte en una coreografía de cajas y lotes. Los estantes se llenan de turrones elaborados en el obrador, bombones de todo tipo y cajas envueltas con cintas que salen sin pausa hacia mesas familiares, oficinas y encuentros de última hora. Ella se ocupa de proveedores, obrador, producto y de la parte más estética: decide tamaños, colores y formatos para que cada lote tenga coherencia visual y narrativa. “Intentamos que un lote de Navidad no sea solo una suma de productos, sino un conjunto que explique qué es Fargas”, cuenta.

El molino de piedra, pieza central del relato de la casa, se activa sobre todo en invierno para producir el chocolate a la piedra de receta propia, que se vende tanto para deshacer como para comer en tableta. El aparato funciona toda la noche para que el cacao alcance la textura adecuada, un esfuerzo que obliga a parar en verano por cuestiones de temperatura. En los últimos años, el equipo ha empezado a mostrarlo en redes sociales como una forma de reivindicar su valor histórico para la ciudad y tratar de conectar con un público más joven.

El alquiler sale más caro que las nóminas

La plantilla fija es reducida: cuatro personas durante el año, repartidas entre obrador y tienda, que en Navidad se refuerzan hasta alcanzar alrededor de siete en tienda y tres en obrador. A la gestión diaria se suman Rullán, responsable de la parte financiera y de personal, y Puigdollers, que se ocupan de la estrategia y las decisiones clave sin cobrar un sueldo, mientras mantienen sus trabajos externos.

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario / JORDI OTIX

“Pagamos mucho más de alquileres que de plantilla, y el precio del cacao no deja de subir”, admite él, que sitúa la facturación anual entre 320.000 y 350.000 euros. Para ella, “Barcelona está irreconocible y se están perdiendo muchos comercios emblemáticos”, así que mantener vivo Fargas es también “conservar una parte del legado histórico y tradicional de la ciudad”.

En la calle del Pi desde (al menos) 1827

La historia de la casa arranca mucho antes de la etapa de Laia y Carlos, pero se podría decir que en Fargas todo ha quedado siempre en familia. La primera referencia documentada aparece en el Diario de Barcelona del 12 de mayo de 1827, con un maestro chocolatero en la plaza de Cucurulla. Es Cristòfol Alsina Vendrell, apodado el “Marqués del Chocolate”, que instala un molino de piedra movido por caballos para elaborar chocolate a la piedra. En 1887 la tienda pasa a manos de Josep Fargas y, más tarde, a su hijo Carles Fargas i Bonell, que renueva el local con mármoles, vitrinas y puertas de cristal tallado que todavía hoy marcan la estética de la casa. Con el tiempo, la gestión recae en Maria Fargas Bosch, sobrina de su esposa.

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario

Los bombones son el producto estrella de Chocolates Fargas / JORDI OTIX

Tras su muerte en 1985, la chocolatería pasa a manos de tres empleados de confianza que habían trabajado durante años codo a codo con la familia y asumen el reto de continuar la producción artesanal. Ninguno de los tres tiene descendencia directa y las participaciones se van concentrando hasta que, en plena pandemia, todo el negocio acaba en manos de la rama familiar de Maria Àngels Allué, de la que forma parte Puigdollers. Sus padres sostienen el relevo hasta que el cansancio y la brecha digital les obligan a apartarse, y ella asume la dirección junto a Rullán hace medio año. “Para mí, Fargas es tradición y familia; nunca he comido una mona que no fuera de aquí, ni un turrón que no fuera nuestro”, resume.

La memoria sentimental atraviesa el local. En el archivo interno se conservan fichas de antiguas familias burguesas que compraban en Fargas, anotadas como si fueran tarjetas de biblioteca. En ellas se detalla cómo prefería cada casa su chocolate –más o menos dulce, con ciertas mezclas o formatos concretos– para servir las elaboraciones a gusto de cada una.

La Navidad ha desbancado Pascua

La emprendedora recuerda una escena de Navidad, cuando la tienda cerraba al mediodía para poder reponer y preparar lotes: una cola inmensa empezó en la esquina y subió por la calle Duc de la Victòria solo para comprar turrones artesanos. “Aquel día entendimos hasta qué punto la gente sentía que la Navidad empezaba aquí”, rememora. También evoca monas muy especiales, como un tranvía azul o una Torre Eiffel construidos a partir de planos, y huevos de Pascua personalizados con peluches, billetes o anillos de compromiso escondidos, que convirtieron a Fargas en escenario discreto de pedidas de mano y otras celebraciones íntimas.

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario

Chocolates Fargas, en la calle del Pi, conserva su mobiliario centenario / JORDI OTIX

Navidad es hoy, con diferencia, la época más fuerte del año. Antes, la campaña invernal competía con la de Semana Santa, pero el peso de las monas y de los huevos ha disminuido, en parte por la pérdida de padrinos y la competencia de los supermercados, que venden figuras industriales a precios más bajos. “Ahora todavía hacemos huevos y monas, pero nada que ver con aquel volumen; la Navidad concentra casi la mitad del año”, apunta Rullán.

Nuevas modas y sinergias

El contexto actual no ayuda. El precio del cacao, la mantequilla, los frutos secos y las cajas –que el negocio procura comprar a proveedores locales en lugar de importar de Asia– sube sin que sea posible prever los costes a allá de una semana vista. Puigdollers explica que algunos proveedores ya no se atreven a dar precios estables y que, por tamaño, Fargas no puede hacer grandes compras para asegurarse stock barato. Al mismo tiempo, muchos clientes comparan el precio de una tableta artesana con el de un chocolate industrial o con una cerveza en una terraza del centro.

Frente a esta realidad, la estrategia pasa por abrirse a nuevos públicos sin renunciar al sello propio. El equipo trabaja para atraer jóvenes con gustos de hoy –bombones con pistacho, café o el chocolate Dubai, nacido de la demanda turística– y busca sinergias con restaurantes de barrio y hoteles boutique que valoren el producto de calidad. En paralelo, apuesta por la digitalización, la activación de redes y una comunicación constante que recuerde que la tienda sigue viva, abierta y produciendo a diario.

Vinculada desde pequeña a la tienda, Laia dice que intenta asegurar el futuro de la chocolatería consciente de que cerrar sería “perder una parte de la Barcelona que la hace única” y de que la ciudad “está irreconocible” después del cierre de muchos comercios históricos. Sabe que hoy es muy complicado sobrevivir, pero insiste en que el comercio no ha cerrado, pese a los titulares alarmistas del traslado, y que el reto ahora es resistir como mínimo hasta celebrar los 200 años de la casa en 2027.

Mientras ese aniversario se acerca, cada caja de turrones es parte de esa batalla por la continuidad. En un Gòtic cada vez más globalizado, la chocolatería Fargas, en plena calle del Pi, intenta seguir siendo lo que siempre fue: un lugar donde el chocolate artesano se funde con el calendario festivo tradicional.

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