Historia en primera persona
“Me duele dejarlo, pero la montaña ya no es la misma”: habla el último pastor del parque de La Mola
A los 39 años, Daniel S. Lobera deja su rebaño de 300 ovejas y cabras tras sufrir agresiones y la masificación del entorno
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Adiós al último pastor de Sant Llorenç / Zowy Voeten y Patricio Ortiz

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Vive por el ganado, pero la masificación de la montaña y el desgaste acumulado le han hecho colgar el cayado. A sus 39 años, Daniel S. Lobera deja un oficio que iba más allá del sustento. Era, como él mismo dice, su “manera de estar en el mundo. Una vocación”.
Su marcha deja el Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac —ese pulmón verde entre el Vallès y el Bages, coronado por la cima emblemática de la Mola— huérfano de pastores. Ni de cabras ni de ovejas. Y, sobre todo, sin el silvopastoreo, la forma más ancestral y sostenible de guiar rebaños por el bosque para mantenerlo vivo y a salvo de incendios.
Lobera ha sido el último en resistir con un rebaño de casi 300 ovejas y cabras que recorrían, como antaño, bosques y cortafuegos del parque. "La montaña ya no es la misma", lamenta. Dormía al raso si hacía falta, se movía siguiendo la lógica de la transhumancia y defendía una forma de pastoreo que limpia el sotobosque y previene incendios. Pero no ha podido más. “Lo que más me ha cansado ha sido la gente”, confiesa. “Los 'runners', los ciclistas, la gente con perro… No tienen mala fe, pero no aguantan que les digas que algo no lo están haciendo bien con el ganado. Y a mí eso me desgasta”.

Reatrato del último pastor del parque natural de Sant Llorenç, en la zona de la Mola / Zowy Voeten
El suyo no ha sido un abandono repentino, sino un lento desgaste. Primero fueron las discusiones constantes con excursionistas que se cruzaban en sus rutas. Luego, la burocracia interminable que "asfixia al sector primario". Sin embargo, el detonate ha sido una agresión física que explica recibió de un ciclista.
El pastor también es conocido por haber creado el proyecto “Happyxais”. Nació precisamente para dar valor a ese trabajo: ofrecer carne criada en libertad, sin campos cerrados ni piensos, desde los primeros días de vida de los corderos. “No era ecológica por etiqueta, pero sí natural. Carne de silvopastoreo, de calidad, local”, resume.

Daniel S. Lobera mantiene vivas las tradiciones pese a las dificultades del oficio mientras saca a pastar su actual y pequeño rebaño de unas 40 ovejas / Zowy Voeten
De Montserrat a la Mola
Lobera, nacido en Barcelona, se formó en la Escola de Pastors de Catalunya, un vivero que ha permitido a jóvenes con vocación acercarse a un oficio en riesgo de extinción. Allí se curtió, aprendió de otros pastores veteranos y decidió hacer de esa vida nómada su proyecto vital.
Su trayectoria ha pasado por tres enclaves muy distintos: en El Bruc, a los pies de Montserrat; en Barcelona, en el distrito de Horta-Guinardó -cuando cautivó a muchos por ser el único pastor de la capital catalana-; y finalmente, dentro del citado parque natural. Curiosamente, dice, fue en Barcelona donde trabajó más cómodo. “Allí estuve muy bien. La gente aprendía rápido a convivir con el rebaño, te respetaban mucho”, recuerda.

El rebaño del último pastor del parque natural de Sant Llorenç / Zowy Voeten
La montaña masificada
El pastor señala que el Parc de Sant Llorenç y, en especial, La Mola, están “masificados” como nunca antes. La montaña, convertida en icono excursionista del área metropolitana, soporta un flujo constante de corredores, senderistas y familias. “Falta educación y respeto hacia la naturaleza —lamenta—. La montaña es de todos, sí, pero hay que aprender a convivir con quienes también trabajan en ella”.
No es una percepción aislada. Este enero se cumplen dos años desde que la Diputación de Barcelona (DIBA), propietaria del parque, decidió no renovar la concesión del restaurante de la cima de la Mola alegando precisamente la excesiva masificación. El cierre fue un gesto simbólico: La Mola, lugar de romerías, caminatas familiares y excursiones escolares, se había convertido en un emblema de la saturación de espacios naturales cercanos a la ciudad.
“Educar es clave. Si no enseñamos a respetar la montaña, se degrada. No podemos tratarla como un gimnasio al aire libre”, insiste Lobera.

Un momento de la entrevista al último pastor del parque natural, en la zona de la Mola / Zowy Voeten
El declive de un oficio
La renuncia de Lobera es también un reflejo de un declive más amplio. Según los últimos datos del Institut d'Estadística de Catalunya (Idescat), los rebaños de ovejas y cabras en Catalunya han caído casi a la mitad en 15 años: en 2008 había 748.841 cabezas; en 2014, 530.792; y en 2023, apenas 413.538. El gráfico habla por sí mismo.
Aunque ha reducido su rebaño, Dani no ha renunciado del todo a los animales. Mantiene alrededor ahora unas 40 ovejas y prevé quedarse una decena repartidas entre dos razas. Por un lado, las ripollesas de patas cortas, un linaje autóctono que se va perdiendo y que él quiere conservar como un pequeño acto de resistencia. Por otro, las camerunesas, un tipo de oveja muy poco frecuente en Catalunya, de pequeño tamaño, rústica y que no produce lana. “Me gustan mucho, casi nadie las tiene y no necesitan esquila. Conservarlas también es importante”, explica.
Su plan de futuro es más discreto: vivir en el pueblo junto a su pareja, criar a pequeña escala, conservar estas razas y avanzar hacia una cierta autosuficiencia. “Ya no estaré todo el día fuera con el rebaño, y eso es lo que da pena. Es como cuando encuentras una bolsa de plástico en el bosque: da la misma pena”, confiesa.

Un oveja de raza ripollesa del rebaño de Daniel S. Lobera / Zowy Voeten
Una red que resiste
A pesar del abandono, Dani no se siente del todo solo. Forma parte de un grupo de WhatsApp con más de 250 pastores de toda Catalunya, donde se comparten consejos, experiencias y apoyo mutuo. “Existe red, existe apoyo. Eso te da fuerzas, aunque cada uno siga su camino”.
Además, agradece especialmente el trabajo de asociaciones como Ramats de Foc y el Camí Ramader de Marina. La primera impulsa el pastoreo como aliado directo en la prevención de incendios; la segunda, reivindica la memoria de las antiguas rutas trashumantes entre el Pirineo y el litoral. “Les doy las gracias. Hay gente que cree en esto y que lucha para que no desaparezca”, subraya.
Antes de vender la mayor parte de su rebaño, se aseguró de que cayera en buenas manos: un pastor octogenario de Arenys de Munt, con toda una vida de experiencia. “Sabía que allí estarían bien, y eso me dejó tranquilo”, explica.
Hoy, con un rebaño pequeño y otra perspectiva vital, Dani echa la vista atrás con un poso de tristeza pero también de orgullo. “Era mi vida. No era solo un trabajo. Me quedo con lo aprendido, con los animales y con el bosque. Pero me duele tener que dejarlo”.
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