Conmemoración del centenario
Un siglo como ciudad a través de tres generaciones: "El orgullo de ser de L'Hospitalet es una cuestión de resistencia"
Estela (25 años), Jaume (63) y Máxima (102) explican a EL PERIÓDICO la evolución social del municipio a través de sus vivencias
MULTIMEDIA | Cien años como ciudad: de pueblo agrícola a la zona más densa de Europa

Máxima Cercadillo (102 años), Estela Alais (25 años) y Jaume Llagostera (63 años), vecinos de L'Hospitalet de Llobregat / Manu Mitru / Jordi Otix

Cuando Máxima Cercadillo nació, en 1923, L'Hospitalet de Llobregat era una villa en que vivían algo más de 12.000 personas. El rey Alfonso XIII aún no había dado al municipio el título de ciudad. Lo haría dos años más tarde, el 15 de diciembre de 1925, y por eso este año en L'Hospitalet la decoración navideña recuerda que se celebran 'Cent Anys' y 'Cent Nadals'. Cuando Máxima emigró desde su Casillas de Atienza (Guadalajara) natal a L'Hospitalet en 1938, en la ciudad habitaban ya casi 50.000 personas. Fue el primer gran 'boom' poblacional, protagonizado sobre todo por catalanes del interior, murcianos, valencianos y aragoneses que emigraban para trabajar en las obras del Metro y de la Exposición Universal de 1929. Las voces de tres generaciones de hospitalenses explican a EL PERIÓDICO la evolución del municipio desde aquel momento hasta hoy.
Máxima fue a parar al barrio del Centre, a la calle de Enric Prat de la Riba. En sus primeros años en la ciudad vivió detrás del colmado que regentaba la familia, y que ahora es una óptica. Ahí se enamoró del que fue su marido. El día de la boda, los novios partieron del colmado hacia la iglesia de Santa Eulàlia de Provençana. El cura les dijo que el altar estaría lleno de flores porque ese día haría dos comuniones. Les pidió que llegasen muy puntuales a la iglesia. Son poco menos de 20 minutos a pie, pero se tenían que cruzar las vías del tren: "Entonces no estaba el túnel, había que esperar a que subiese la barrera", recuerda Máxima.

Máxima Cercadillo, en su piso de la calle Enric Prat de la Riba de L'Hospitalet de Llobregat / MANU MITRU
"No había comercios, ni aceras, los coches aparcaban en plena Rambla Marina"
Tiempos de posguerra, de cartillas de racionamiento, de estraperlo y "de penurias", evoca Máxima. Ese tren llegaba cargado de gente que, agarrada al convoy, lanzaba a familiares y amigos paquetes de comida que conseguían en otras poblaciones: "Les perseguía la policía", rememora la centenaria. Como regentaban el colmado, las estrecheces no eran tan graves en la familia de Máxima. Si sobraba algo, se regalaba a los vecinos. "Hasta hace pocos años, aún había vecinos que me paraban por el barrio para darme las gracias; dimos de comer a mucha gente", asegura.
El éxodo rural dispara la población
Jaume Llagostera nació en 1962, dos años después de que se empezase a construir el polígono de viviendas de Bellvitge. Entonces, 180.000 personas habitaban un Samontà (al norte) y una Marina (al sur) que ya hacía cerca de un siglo habían sido separados por las vías del tren. Cuando Jaume, natural del Raval de Barcelona (entonces, Barrio Chino), empezó a moverse por el barrio de Bellvitge, en 1977, para visitar a su novia, el éxodo rural del sur de la península había disparado la población de L'Hospitalet hasta los 280.000 habitantes. El músculo industrial hospitalense lo formaban fábricas y 'bòbiles' (adoberías, en castellano) que salpicaban una trama urbana aún no del todo compacta: "Todo esto era huerto", señala Máxima. Que recuerda el "rugir de las barras de metal" que salían de fundición de la Farga: "No podías tender la colada porque saltaban chispas y se nos quemaba la ropa". El paisaje urbano en Bellvitge era, entonces, muy diferente: "No había comercios, ni aceras, los coches aparcaban en plena Rambla Marina, aquí solo llegaba el bus EB y los taxis se lo pensaban dos veces", rememora Jaume, que describe el Bellvitge de mediados de los años 70 como un "barrio dormitorio" formado por "gente obrera y luchadora".

Jaume Llagostera, a las puertas del Mercat de Bellvitge, donde tiene una parada de herboristería / JORDI OTIX
El pico de población llegó a principios de los años 80, cuando se rozaron los 300.000. Nunca se llegó a esa cifra porque la ciudad se saturó. A partir de los años 90, la ya muy alta densidad de población, el agotamiento de la industria local, el envejecimiento de los que vinieron décadas atrás y la marcha de los hijos de aquella generación a otras ciudades con mejores condiciones residenciales hicieron que L’Hospitalet redujera población. Los padres de Estela Alais emigraron desde Guinea Ecuatorial y Camerún en estos años. Cuando Estela nació, en el 2000, la ciudad había perdido 50.000 habitantes.
Reconciliación con la ciudad
"Desde que éramos pequeñas, nos han dicho que el éxito es salir de L'Hospitalet —dice Estela—. Llegar a entender que el éxito no es salir, sino construir un L’Hospitalet donde podamos estar todas es muy difícil". Estela vivió hasta los cinco años en el barrio de la Florida, cuando se mudó a Santa Eulàlia. Insiste en que se quiere quedar en L'Hospitalet, pero no lo ve nada claro y asegura que le genera "mucha frustración" ver los nuevos edificios de viviendas, a los que no puede optar pese a llevar trabajando desde los 17 años y haber estudiado un grado, un posgrado y un máster: "Renuevan una ciudad que nosotras hemos construido, pero no la renuevan para nosotros, sino para los expulsados de Barcelona, que son los que sí que se lo pueden permitir".

Estela Alais, en el puente de Matacavalls, que salva las vías del tren que dividen en dos L'Hospitalet de Llobregat / MANU MITRU
Actualmente, la ciudad ha vuelto a escalar por encima de los 290.000 y tiene el dudoso honor de albergar el kilómetro cuadrado más densamente poblado de Europa. El repunte lo explican los sucesivos flujos migratorios de todo el mundo, pero también la vuelta de aquellos hijos que se marcharon años atrás, que heredan el antiguo piso familiar o que vuelven atraídos por unos precios de la vivienda algo más bajos que en Barcelona: "Muchos de los hijos de aquella generación se marcharon, pero se han dado cuenta de que fuera no se vive tan bien", resume Llagostera. Precios de la vivienda que si bien son algo más bajos que en Barcelona, son ya demasiado altos para barrios con algunas de las rentas per cápita más bajas de Catalunya.
Identidad y orgullo hospitalense
Desde que se casó, Máxima ha trabajado cuidando de la casa y de todos sus parientes. Lamenta que en la gran ciudad moderna se ha perdido la cercanía con los vecinos: "Ya no conozco a nadie de la escalera", explica. Pese a que les separan casi 80 años, Estela piensa parecido, cree que la sociedad está "altamente individualizada". "Frente a la sensación de que te están echando, tienes más ganas de quedarte, el orgullo de ser de L'Hospitalet es una cuestión de resistencia y también de transformación social", sentencia la joven desde el local Pomezia de Florida. Se trata de un espacio autogestionado que comparten diversas entidades, como la cooperativa de consumo Keras Buti, o Amra, una asociación juvenil liderada por mujeres racializadas, entidades de las que Alais forma parte, y desde las cuales busca mejorar el día a día de los vecinos de los barrios del norte, del Samontà.

Estela Alais, Jaume Llagostera y Máxima Cercadillo; vecinos de L'Hospitalet de Llobregat / Manu Mitru / Jordi Otix
Desde hace unos 30 años, Jaume vive en Bellvitge. Tiene una parada (una herboristeria) en el mercado municipal del barrio desde 2010, del que dice "es el ágora moderna, el lugar idóneo para entender Bellvitge", a su tenor, actualmente "el mejor" barrio de L'Hospitalet. Destaca que su evolución "ha sido genial". "Es uno de los barrios más seguros, se aparca de categoría, bien comunicado con las rondas, el tren, el metro, autobuses, con muchos espacios abiertos". Aquí la vivienda también se ha disparado hasta alcanzar precios de 350.000 euros: "Una barbaridad", lamenta.
"El éxito no es salir, sino construir un L’Hospitalet donde estemos todas"
Jaume se queda con el carácter acogedor y luchador de las gentes que han poblado este pedazo de tierra que va desde la falda de Collserola hasta lo que un día fue la playa de L'Hospitalet. Preguntado por cómo se imagina el L'Hospitalet del futuro, a Jaume le gustaría que las vías que separan el norte y el sur desaparezcan y que la ciudad esté "realmente unida". Que cuando le pregunten dónde vive, su respuesta sea "de L'Hospitalet, y no de Bellvitge", como siempre contesta. Estela destaca que aprecia mucho "la libertad que, dentro de todo, seguimos teniendo", y espera que en el futuro la ciudad siga siendo "de clase popular, negra, magrebí, pakistaní, latina, extremeña, murciana y gallega; si deja de ser así, que le cambien el nombre a la ciudad, porque ya no será L’Hospitalet", rubrica Alais.
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