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Adiós tras 48 años

Cierra el Casi, el último bar sin turistas en la ruta del Park Güell

El local abrió en 1978 y ha sido un templo para los vecinos, que componían el grueso de la clientela habitual del establecimiento

Barcelona pierde un icónico bar de Sant Andreu tras 109 años de historia

Javier Monte, con su padre, Casimiro Monte, este jueves, último día de funcionamiento del bar Casi, en la calle de Massens.

Javier Monte, con su padre, Casimiro Monte, este jueves, último día de funcionamiento del bar Casi, en la calle de Massens. / Jordi Otix

Toni Sust

Toni Sust

Barcelona
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El bar Casi, situado en la calle de Massens, en la parte de Gràcia que queda debajo de la Travessera de Dalt, cerró este jueves. Entre abrazos y bromas y lágrimas reprimidas, sus parroquianos se iban despidiendo del responsable del establecimiento, Javier Monte, 50 años, y de su padre, Casimiro Monte, que dio nombre al bar, que lo fundó, y que hace ya un año que dejó la primera línea de la cocina, de la que era el alma.

Situado en una de las calles por las que bajan los turistas, ahora una pareja extranjera, ahora una familia entera, tras visitar el Park Güell, el local llamaba escasamente la atención desde fuera. Pero una vez dentro: qué mundo, el del bar Casi. Hay bares que se convierten en un segundo hogar y luego sitios en los que comes como Dios. Aquí han pasado las dos cosas a la vez. Llama la atención que pese a la cercanía del turismo, todos o casi todos los clientes fueran siempre vecinos.

Cartel situado dentro del bar Casi.

Cartel situado dentro del bar Casi: 'No se hace menú'. / Jordi Otix

“No hay menú”

Hace mucho tiempo ya que en el Casi intentaban frenar a la gente: siempre estaba lleno y Monte encontró una manera peculiar de detener a las masas. Colocó avisos: “No hay menú”. A menudo, la persiana estaba medio bajada. Un cartel informaba de que el servicio concluía a la una. Pero un par de horas más tarde la sala seguía llena de gente comiendo. Comiendo el menú. Y parecía una broma, parecía una recreación de un rodaje de ‘Cuéntame’, porque en las mesas siempre se ha podido ver algo que no es habitual en una vía que es una de las rutas por las que suben y bajan algunos de los visitantes del Park Güell: los mismos vecinos. El lampista, el del banco, los frigoristas, los pintores, jóvenes del barrio. De hecho, aquí han comido muchos residentes en el entorno del parque, donde no es fácil encontrar un lugar no masificado.

La capacidad de Javier Monte para relacionarse con los clientes parece difícil de igualar: podríamos estar hablando del responsable de bar más cachondo y amable de la ciudad, sin caer en la pesadez ni el servilismo, y sin dejar de ser efectivo y muy rápido. Un gancho que, dice él mismo, no funcionaría si lo forzase. Mientras se explica, los clientes van consumiendo sus últimos desayunos, una de las especialidades del Casi, en su última jornada abierto. “Si me sigue sin atender, mañana no vuelvo”, bromea uno de los presentes.

El padre imprescindible

Es algo muy personal, como lo de los chistes de Eugenio: dichos por otro, nunca tenían la misma gracia. “El desparpajo me sale así. Si me tú me dices que vienen tus amigos y que lo dé todo, me vengo abajo. El tema es sacar una sonrisa con picardía, sin faltar al respeto. Nunca se me ha molestado nadie”, explica. La comunión ha sido tal que en el Casi se veía a los clientes habituales servir platos y cubiertos a terceros, o llevar un café a una mesa.

El motivo por el que Javier optó por cerrar el bar es porque no quiere seguir sin su padre. “No solo porque fuera el cocinero: es que no se me hace estar en el Casi sin él. He trampeado este año pero es imposible. El papa para mí es lo máximo”, dice. Porque todo el rato habla del “papa”, igual como a los clientes les llama “tete”. La familia vivía en el Raval, y allí siguen sus padres. Javier reside en Cornellà con su mujer y su hija, de las que ahora se perdía muchas horas: “No la disfruto, tengo descuidada a la familia”. A las siete de la mañana ya estaba en el bar y no llegaba a casa hasta pasadas las ocho o las nueve de la noche. De lunes a sábado. “He preferido traspasar el bar para hacer otra vida”, argumenta.

Una mili de 15 días

El padre fundó el bar el 27 de noviembre de 1978 y el Casi ha cerrado el 28 de noviembre del 2024, 46 años y un día de trayectoria. Más o menos en el punto medio del camino, en verano de 1993, con 19 años, Javier se sumó al equipo que forman su padre y su madre: ha trabajado 31 años en el bar.

Empezó después de la mili, que le tocó en Melilla. Pero solo estuvo del 15 al 30 de agosto de 1993: un cliente del bar conocía a un miembro del tribunal médico de Melilla, que lo arregló para que se evitara el trance y volviera a casa.

Hijo único y claramente muy querido, aparece en una foto con sus padres, una familia feliz colgada en una pared del Casi. “Me dejé el pelo largo, pero me quedaba fatal. Entonces daban Operación Triunfo y le dijo al peluquero que me hiciera un peinado de un triunfito. Y me hizo el de la Chenoa”, se ríe. Otro cliente se va: “Perdona que interrumpa, ¿puedo darte un abrazo?”.

Javier Monte, delante del bar.

Javier Monte, delante del bar. / Jordi Otix

Cerramos a la una

“Prefiero llegar adonde yo pueda. Dentro hay menú para la gente del barrio que lleva 30 o 40 años viniendo”. Algunos son nietos de antiguos clientes. Pero Monte no tiene nada contra los turistas. Sencillamente, no le cabían. Años tras venían más: “El turismo también me dio trabajo. Pero se me fue de las manos. No puedes decir ‘tú entras, tú no’. El barrio se me enfadó muchas veces por haber mucho turismo, y estos últimos años prefería captar a la gente del barrio”.

Como si fuera algo pactado, era frecuente ver que una de las 10 mesas del local (siete grandes y tres de dos comensales) estaba ocupada por turistas. Sobre eso de poner un cartel fuera que decía que cerraba a la una, Monte lo admite: “No era verdad”. La comida: “Producto fresco, mucho chup-chup, platos de salsa. Cocina de casa”.

La última comida

“¿Y ahora qué haremos?”, se preguntan tres mujeres que trabajan delante del bar y que se llevan la comida hecha: huevos fritos. Cuando todos estén servidos, Javier se sentará a comer con su padre en este último día de apertura del bar: huevos fritos con patatas, morcilla, judías.

Todavía quedan clientes, que se van viendo. La persiana está a media altura. Más abrazos y una sensación de incredulidad. Al Casi le ha costado un tanto cerrar. Tenía que hacerlo hace unas semanas pero un trámite en el traspaso lo retrasó. Hace una semana, Javier iba por la Diagonal cuando se le cruzó otro coche. El sistema de su vehículo lo frenó en seco y la furgoneta que venía por detrás le pegó un golpe tremendo. Bajó del coche y los que iban en la furgoneta habían sido clientes del bar.

Por eso el Casi cerró este jueves, porque su responsable, con un collarín en el cuello que se quitó para la foto, tiene que coger unos días de baja. Después descansará un tiempo. A mediados de enero empezará a buscar algo. No le molestaría cambiar de sector, pero tampoco seguir en la hostelería. Quizá estemos hablando del mejor del mundo en lo de llevar un bar. Que los ojeadores lo tengan en cuenta.

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