Import & Export (IV)
Barcelona y París: un pan inconfundible que podríamos copiar y las fiestas de barrio que nos envidian
En la capital gala no confusiones entre el pan artesano y el industrial, pero hay que rebuscar mucho para encontrar una fiesta de barrio
Capítulo I - Barcelona y Berlín: el abono de piscinas que podríamos copiar versus cómo combatir violencias machistas
Capítulo II - Barcelona y Estambul: el transporte público marítimo que podríamos copiar versus urbanismo asfixiante
Capítulo III - Barcelona y Londres: pago 'contactless' envidiable en el metro frente a ir de 'shopping' entre coches

La torre Eiffel , Paris / Luis Robayo/Pool

Las ciudades globales comparten muchos retos y preocupaciones. Barcelona se ha inspirado en numerosas ocasiones en las soluciones ideadas por otras urbes y también ha servido de modelo para consistorios que buscaban buenas prácticas. EL PERIÓDICO radiografía este verano políticas públicas y experiencias locales que podrían alimentar los próximos años este flujo de importación y exportación, de la mano de la red de corresponsales y periodistas de esta redacción.
Tras las entregas sobre Berlín, Estambul y Londres, le toca el turno a París por sus boulangeries y su escasa descentralización festiva.
IMPORT
Pocos se atreven a criticarla, y mucho menos a despreciarla. La baguette es algo más que un pan: es un símbolo de Francia, de su cultura y de su estilo de vida, pero también puede llegar a ser un tema político. Es tal su importancia en el país galo que su receta está regulada por el Ministerio de Agricultura francés junto con la Confédération Nationale de la Boulangerie-Pâtisserie Française, y no cualquiera puede hacerse llamar panadero o panaderia.
El uso del nombre “boulangerie” en un lugar de venta de pan está regulado por la ley del 25 de mayo de 1998, que tenía como objetivo garantizar una competencia leal para los profesionales y no inducir a error al consumidor final. Es decir, solo puede llamarse panadería aquel local que elabora su propio pan desde cero. A diferencia de Barcelona, donde cada vez más se recurre a masas congeladas y el ritual de acudir a una panadería y hablar con algún vecino durante la espera se ha ido perdiendo entre vidas ajetreadas y supermercados.

Unas 'baguettes' en una panadería de París. / IAN LANGSDON / EFE
Para Théo, un vecino del distrito 17 de París, es más que una tradición. Antes de volver a casa, después de un largo día de trabajo, visita a Hakim, el panadero del barrio. “Une baguette tradition bien cuit, s’il vous plaît”, le dice, mientras Hakim le responde con la broma del día sobre el punto de cocción del pan. “La baguette es sagrada. No se mordisquea por el camino. Se acompaña de un buen queso después de comer”, afirma. No hay nada más francés que llevar una baguette recién horneada bajo el brazo por la calle. Como casi todo lo importante, también tiene su día internacional: el 15 de junio.
Se calcula que en Francia se consume una baguette al día por persona. Durante la Revolución Francesa, se decretó que todo ciudadano debía tener acceso a pan de igual calidad, lo que llevó a la estandarización de ciertos tipos de pan, y a regular por ley su receta, su precio y sus comercios. Aunque el consumo de baguette ha disminuido en las últimas décadas, jamás falta en una mesa francesa, porque como popularmente dicen "la baguette es la varita mágica de la vida”.
EXPORT
Igual que los franceses miman la baguette, Barcelona debería blindar sus fiestas de barrio. Preservar la “butifarrada popular” en la plaza de la Vila, acompañada de un vermut o una “birra” en ese vaso creado para la ocasión. Proteger de la extinción a ese DJ que hace resonar la Fiesta pagana de Mago de Oz. Hasta garantizar por ley que todo ciudadano tenga fiestas en su barrio.

Gran juerga y bullicio en las fiestas de Gràcia este sábado antes de su primera 'noche tranquila'. Ambiente festivo en la calle Mozart. / Manu Mitru
Aunque parezca impensable para cualquier niño, joven o anciano catalán, en París las jaranas de proximidad escasean. Recorrer los barrios para comparar qué fiesta ha sido la mejor es una delicatessen barcelonesa que se valora más fuera que in situ. Empezar el verano con las fiestas de Sant Roc, seguir por las ya internacionalmente conocidas fiestas de Gràcia, para acabar con las de Sants, todo ello en solo 15 días, es un privilegio y una muestra de vitalidad cultural. A quién aún le queda cuerpo en septiembre, puede seguir con las del Poblenou y rematar por todo lo alto con las fiestas de la Mercè. Es difícil recorrerlas todas, porque Barcelona tiene unas 90 fiestas populares.
La excepcionalidad no reside solo en la cantidad, sino en la dimensión comunitaria. Liman diferencias entre vecinos, retoman amistades y hasta reconcilian parejas, además por descontado de generar nuevos amores, amigos y vecinos. Nada une tanto como medir el tiempo sin reloj y dejar que la hora de ir a dormir la marque la programación de actos. A los afortunados que disfrutan de estos pequeños-grandes eventos del tejido social, quizás parezca una exageración plantear que Barcelona podría exportar las fiestas de barrio al resto del mundo. Pero miles de barceloneses esparcidos por otras ciudades globales lo ven muy claro desde la distancia.
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