Temor a los botellones

La apertura inesperada de un bar cerca de los búnkers del Carmel subleva a los vecinos

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El bar Búnkers, en el Carmel, tras abrir por primera vez esta tarde.

El bar Búnkers, en el Carmel, tras abrir por primera vez esta tarde. / JR

Jordi Ribalaygue

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Pese a que el Ayuntamiento pregonó que lo vetaría en todo caso, el bar situado en una de las cuestas que jóvenes visitantes de paso por Barcelona remontan en dirección a la cima de los búnkers del Carmel ya sirve a pie del camino al Turó de la Rovira. Es foco de turismo multitudinario, que lleva de cráneo desde hace tiempo, por haber degenerado a menudo en masificación, ruido y fiesta regada con alcohol a deshoras. El tejido asociativo del barrio teme que el local se convierta en “parada y fonda” de los que se entregan a la bebida en las cimas del escarpado vecindario, alargando allí la juerga y las molestias que desvelan a sus pobladores, expresa David Mar, miembro del Consell Veïnal del Turó de la Rovira.

“El Ayuntamiento nos dijo que era imposible que el bar pudiera abrir porque no puede tener licencia, que era imposible de todas todas… Lo dijo hasta la reunión que tuvimos la semana pasada”, reprocha. El local se ha acabado estrenando este miércoles, encajado en una vieja casa baja de la calle Mühlberg. El distrito de Horta-Guinardó repite que “no tiene licencia de actividad ni la podrá tener” y que cursa “los procesos administrativos correspondientes para frenar la actividad”. El gobierno municipal promete que “el cierre del establecimiento se efectuará tan pronto como finalice el procedimiento administrativo”.

En cambio, uno de los tres empleados del local, Sahid, ha negado saber nada esta tarde de la anunciada intención del consistorio de que la taberna se clausure. Aún más, ha remarcado que sí disponen de autorización y ha exhibido un documento del ayuntamiento, expedido el pasado 8 de septiembre, en que figura que el espacio de unos 80 metros cuadrados hará las veces de bar de comida rápida. "Tenemos permiso para abrir hasta las dos de la madrugada, pero estaremos abiertos hasta las 11 de la noche. Somos un bar normal, de tapas y comida, para los vecinos, no para turistas, pero no podemos prohibir a nadie que entre", contesta Sahid.

Fuera cócteles

El distrito comenta que el propietario presentó un comunicado de apertura de actividad en septiembre. El Ayuntamiento ha emprendido la vía para invalidarlo pero, añade, “no se puede detener la actividad” mientras “no se notifique la resolución para dejarlo sin efecto”.

En consecuencia, el establecimiento puede atender a clientes mientras los trámites no culminen con una orden de clausura. El consistorio no concreta cuánto tiempo podrían alargarse las gestiones. El movimiento vecinal teme que, entre los imperativos de la burocracia y los recursos que el promotor interponga, el lapso se prolongue durante meses.

Que el negocio haya acabado levantando la persiana contrasta con las garantías que el concejal de Horta-Guinardó, Lluís Rabell, y otros responsables del distrito transmitieron a los representantes de los movimientos vecinales. El recelo en el barrio germinó al hacerse patente que la antigua vivienda se remodelaba y se colgaba un cartel con la divisa Bar Búnkers, sustituido en las últimas semanas: el nombre del negocio se mantiene, pero las imágenes de unos cócteles y unas cachimbas que aderezaban el letrero han desaparecido, sustituidas por unos vasos con zumo de naranja y unas jarras de cerveza.  

El bar cercano a los búnkers del Carmel, mientras se estaba remodelando para abrir este pasado verano.

El bar cercano a los búnkers del Carmel, mientras se estaba remodelando para abrir este pasado verano. / RICARD CUGAT

“Nos dijeron que no había manera de que abriera, pero siempre lo dudé. Le dije a Rabell que alguien no se gasta un dinero en reformas si no tiene a qué agarrarse para abrir el bar”, manifiesta la presidenta de la Asociación de Vecinos del Carmel, Montse Montero. Recrimina “poca sensibilidad” al distrito. “Es una falta de consideración que se permita abrir un bar cuando los vecinos han estado este verano y ya antes intentando que no se hagan botellones en el barrio”, censura.   

Sanciones en marcha

El distrito explica que, al ser alertado de la reforma del domicilio para transformarlo en un bar, se efectuó una inspección. Se saldó con dos expedientes sancionadores. Por un lado, se tramita uno “por la realización de obras mayores sin licencia”, con sanciones que fluctúan de 3.000 a 1,5 millones de euros, según la gravedad; la otra multa en curso se debe a “la instalación de dos rótulos” incompatibles con la normativa, con castigos que pueden ascender de 450,76 a 1.803,04 euros. 

“No se tendría que haber llegado a este extremo. El Ayuntamiento se da prisa en otras cuestiones, pero aquí no aplicará una medida cautelar”, afea Mar. El consistorio responde que la adopción de medidas que lleven a precintar el negocio solo se prevé “cuando existe un riesgo evidente sobre las personas”. Es una “situación que no se da”, esgrime. “¡Pues claro que hay peligro! -replica Montero-. Puede haber grupos no deseados, peleas, broncas… No se ha considerado la salud de los vecinos, ni los ruidos ni las molestias”.  

“A la mínima infracción, la denunciaremos”, previene Mar. No obstante, recalca que no es tarea que corresponda a los vecinos. “Nos dicen que avisemos cuando veamos un incumplimiento de horarios o de las terrazas. Pero, entonces, ¿para que está la Guardia Urbana?”, pregunta.

“Tenemos unos puntos negros en el barrio y la gente está harta de llamar a la Urbana. No podemos ser los guardianes de los bares ni del espacio público”, zanja Montero. El Ayuntamiento dice que la policía velará por el cumplimiento de las ordenanzas, en especial por lo que se refiera a la convivencia. Añade que perdura el refuerzo de la Guardia Urbana activado tras las aglomeraciones y los saraos de la primavera pasada en los búnkers.

El tejido vecinal aboga por aprobar un plan de usos en el Turó de la Rovira, que “limite los pisos y negocios turísticos”, recalca Mar. “Ya no es cuestión de que pongan este bar ahora, sino que pueden abrir más comercios que solo atraen turismo de borrachera”, advierte Montero, quien rebate que en el Carmel se abomine del turismo: “Estamos en una ciudad turística y tenemos el Park Güell al lado. Pero lo que no es normal es el tipo de turismo que quieren implantar y que no se controle”.