Más de 600 en un mes

La recogida de jeringuillas se dispara en un punto caliente de La Mina

Jeringuillas y material de consumo de droga en un solar de La Mina, en Sant Adrià de Besòs.

Jeringuillas y material de consumo de droga en un solar de La Mina, en Sant Adrià de Besòs. / MANU MITRU

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Jordi Ribalaygue
Jordi Ribalaygue

Redactor

Especialista en Barcelona y área metropolitana

Escribe desde Barcelona

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Hay un indicio preocupante sobre la evolución de la venta y el consumo de droga en La Mina, un barrio trabajador castigado por el estigma del narcotráfico persistente desde hace décadas. Ocurre en el parque del Besòs, un lugar habitual de consumo de estupefacientes por hallarse cerca de los puntos de venta. Allí, la brigada de limpieza del Àrea Metropolitana de Barcelona recogió 661 jeringuillas el pasado septiembre, la cifra más alta si se compara con los 12 meses anteriores. El dato es parcial y no refleja las tareas de limpieza de otros servicios ni en todo el vecindario. 

Un año antes, los mismos equipos habían retirado un centenar en el jardín, casi seis veces menos. A finales de la primavera pasada, se superaron las 400 jeringas localizadas al mes y se alcanzaron las 600 en agosto. Pese al aumento notable, las cifras llegaban a ser más abultadas antes de la pandemia: se encontraron 1.741 jeringuillas en total en el mismo parque en septiembre de 2018, según los datos disponibles.  

Cifras al margen, varios cortafuegos sofocan las molestias. Uno de ellos son los diferentes servicios de recogida de jeringuillas, que empiezan a peinar el barrio temprano. “No veo más jeringuillas últimamente en la calle. Quienes las quitan dan una buena vuelta por el barrio, pero procuro que mis hijos no jueguen mucho por la calle”, comenta un vecino.   

Como ocurre desde hace unos años, una zona de juegos infantiles del parque del Besòs permanece vallada para impedir que los consumidores se aposenten allí y arrojen las agujas. El contorno de la entrada de la biblioteca está cercado por el mismo motivo.   

"Llamamos para que vengan a quitar las jeringuillas si vemos alguna en medio de la calle”, explica otro vecino, que ha encontrado una junto a los contenedores de la plazoleta que separa los bloques de Venus y Saturno. Justo ahí delante suelen reunirse algunos toxicómanos cuando anochece. Los cartones que les sirve de asiento permanecen todo el día colocados en el pavimento. “Ahora no es habitual que se metan en la escalera o en los rellanos a consumir, pero hace unos días me encontré a uno en el ascensor”, explica un residente en la zona.

El dique de la sala de venopunción

Otro dique de contención para el barrio es la sala de venopunción del CAP de La Mina. Asistió a 1.178 personas y controló 39.240 inyecciones de estupefacientes bajo supervisión clínica en 2021. Solo la sala Baluard de Barcelona la superó, con 58.784 consumos registrados. El espacio de La Mina también atendió 83 sobredosis el año pasado.

De no ser por sus instalaciones, el consumo por adicción quedaría desamparado y expulsado a la calle. Quienes acuden solo a aprovisionarse de jeringuillas para consumir escondidos en los alrededores dicen preferirlo así para hacerlo en soledad, fumar sin prisas tras inocularse la dosis o evitar identificarse en el centro. También hay quien lo justifica por haber protagonizado algún incidente en el recinto.

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Vox pinchó la semana pasada con una manifestación a las puertas del equipamiento, bajo el lema “Narcosala fuera de La Mina”. No acudieron más que una quincena de personas, incluidos miembros del partido de extrema derecha. Alberto, toxicómano, lamenta lo que tacha como prejuicios: “Los hay que hacen daño por una papelina, pero otros no. O buscamos chatarra o pedimos dinero. Nos han etiquetado a todos como malas personas, pero hay que conocer mejor a la gente”.

Al margen de la concentración, las opiniones en el barrio difieren. “Es un foco de inseguridad desde que les suministran la metadona aquí cerca”, afirma un residente de un bloque situado enfrente de un solar en el que se consume. “La sala es necesaria y los usuarios nunca me han creado problemas, pero no debería estar al lado de un colegio. Tendría que reubicarse”, opina una comerciante. “Hay un acuerdo de hace muchos años para que este servicio exista y evite más problemas y más muertes. Muchos niños del barrio de 14, 18 o 20 años murieron en los 70 y los 80 por la droga, que hizo estragos”, zanja un histórico del movimiento vecinal de La Mina.