Casa Beethoven, un refugio entre el ruido de la Rambla

Jaume Doncos, propietario de la Casa Beethoven, el único comercio añejo que queda en la Rambla

Jaume Doncos, propietario de la Casa Beethoven, el único comercio añejo que queda en la Rambla / Ricard Cugat

  • La histórica tienda de material musical y partituras sobrevive en el corazón de la avenida. "La reforma de la Rambla es una pijada; debería entrar más al fondo", defiende su propietario

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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En esta Rambla alienada sobrevive un pequeño poblado galo, un comercio volcado en la música, las partituras y los libros situado junto a la Virreina, uno de los mejores exponentes de la arquitectura barroca en Barcelona y abanderado de la misión municipal de culturizar la calle. Casa Beethoven, abierto en 1880, medio siglo después de la muerte del genial compositor alemán, ha superado una semana trágica, dos guerras mundiales, una guerra civil, dos exposiciones universales, unos Juegos Olímpicos, una pandemia de covid, la epidemia de gripe española, el atentado del 17A y un congreso eucarístico. Pero los dueños no tienen claro que vayan a sobreponerse a la reforma de la arteria.

Jaume y Àngels Doncos regentan el negocio. "La reforma de la Rambla es una pijada; debería entrar más al fondo. El cemento está muy bien, pero lo importante son las personas. A los barceloneses no les interesa bajar porque esto no tiene ninguna personalidad. Y si lo que quiere el ayuntamiento es que no pasen coches, no hace falta gastarse 40 y pico millones de euros. La estética es importante, pero lo fundamental es el contenido", sostiene Jaume. Cuenta que viven de las partituras, y que tienen suerte de tener una clientela muy fiel y de toda la vida. "Vienen a Casa Beethoven a pesar de saber que pueden encontrar lo mismo en internet". También los turistas entran, más por curiosidad que con ánimo de consumo. Para ellos han destinado una pequeña vitrina con productos musicales que caben en una maleta de mano.

Miedo a las obras

Jaume trabaja unas 60 horas a la semana. No porque le guste, que también, simplemente porque no puede permitirse "pagar un sueldo digno de 1.500 euros al mes a otra persona". Se nota que disfruta con lo que hace a pesar de destilar un cierto derrotismo. "He visto caer muchas tiendas a nuestro alrededor", argumenta. Sobre el futuro, sobre la llegada de la reforma a su zona, cosa que debería pasar en unos cinco o seis años, teme que sea "la muerte de Casa Beethoven si se bloquea el paso a los peatones". Terrible ironía sería que el último galo de la Rambla fuera víctima del proyecto pensado para que florezcan negocios como el suyo.

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/ Ricard Cugat

Reflejo del alma

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"La reforma es necesaria, pero no ayudará a recuperar la Rambla", insiste el presidente de los Amics de la Rambla, Fermín Villar. Las obras empezarán después de las fiestas de la Mercè. Se abordarán por tramos y el primero irá desde Colón hasta el Portal de Santa Madrona. Villar se queja de que ahí ya hay afectadas dos terrazas y un quiosco y el consistorio todavía no les ha dicho dónde les colocará de manera provisional. La transformación, considera, no invitará al barcelonés a bajar más allá de la primera curiosidad, pero la calle será "más cómoda para pasear y seguirá mostrando la tendencia y la tensión social del momento".

Volquetes de turistas pasean por la Rambla, a finales de julio

/ Ricard Cugat

Ramblear, ese verbo que se conjuga desde la duda de saber qué es lo que te vas a encontrar. Nadie lo definió mejor que Maria Aurèlia Capmany en el prólogo del libro 'La Rambla i els seus misteris', de Josep Maria Carandell: "La Rambla pertany a tota Barcelona. A qualsevol veí de qualsevol racó remot de Barcelona. De vegades, fins i tot els veïns d’antic s’impacienten i murmuren: la Rambla ja no és el que era. La Rambla no ha estat mai el que era. En primer lloc perquè ens es impossible de reproduir-la com era i el record col·lectiu la fa diversa, variant, sempre més bonica en la seva memòria del que realment és. I el secret d’aquest carrer, ple de la xerradissa dels ocells, sempre sorollós, sempre una mica malgirbat, sempre ple de gent que no hi viu i que no fa més que ramblejar-hi, és, precisament, la seva capacitat de canviar cada dia i, en canvi, no perdre mai el seu aire".