Arqueología comercial

La Casa Dolors Calm, sin pies ni cabeza patrimonial

En el edificio de la Rambla de Catalunya, las 'remuntes' acabaron con su coronamiento modernista en época Porcioles y los actuales alquileres inasumibles han vulgarizado sus bajos con el cierre de las históricas galerías Joan Prats y Ferreteria Villà

Los bajos de la casa Dolors Calm en la actualidad, sin las emblemáticas Ferreteria Villà y galería Joan Prats.

Los bajos de la casa Dolors Calm en la actualidad, sin las emblemáticas Ferreteria Villà y galería Joan Prats. / Elisenda Pons

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Natàlia Farré
Natàlia Farré

Periodista

Especialista en arte, patrimonio, arquitectura, urbanismo y Barcelona en toda su complejidad

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La casa Dolors Calm -Rambla de Catalunya, 54- rezuma patrimonio perdido, en sí misma y en los bajos comerciales. Una cornisa modernista, un interior racionalista y dos establecimientos emblemáticos. Pocos edificios han extraviado tanto en Barcelona, aunque la aseveración es arriesgada en una ciudad que no ha dudado en alimentar la piqueta con construcciones y comercios enteros sentenciados por la especulación, las reformas urbanísticas o por la ignorancia del patrimonio poseído. La desidia pétrea es endémica en la ciudad. La citada casa, apreciada por las espectaculares tribunas de madera de su fachada principal, perdió su coronamiento por obra y gracia de las ‘remuntes’ con las que el alcalde Porcioles decidió afear Barcelona durante los 16 años (1957-1973) que lució la vara municipal. La pérdida de los históricos comercios de los bajos de la finca tiene fechas más recientes y otros culpables: la voracidad rentista auspiciada por la ley de arrendamientos urbanos que ha convertido la ciudad en un páramo de patrimonio comercial. 

Primero, en 2014, levó anclas la galería Joan Prats, que no era el negocio original pero si conservó la herencia histórica material e inmaterial de cuando a principios del siglo XX el espacio se convirtió en sombrerería y en los escaparates, junto a los bombines, lucían esculturas de Alexander Calder y en la trastienda Joan Miró atravesaba cajas con una cuchara para crear ‘Reloj del viento’. Sí, sí, Joan Prats era sombrero pero también mecenas y promotor cultural, de ahí su relación con las vanguardias. Y de ahí, también, que cuando Joan de Muga, en 1976, reconvirtió la tienda en galería de arte conservara el nombre y los delicados exteriores del local y, además, encargara su interior al arquitecto Josep Lluís Sert. Pero lo dicho, esta ciudad tiene querencia por pasar por pico y pala cualquier elemento de interés si hay lucro de por medio, así que en 2015 el local mutó a tienda de ropa deportiva y el trabajo del arquitecto, a escombros. Dejaron, eso sí, la fachada y la placa de hierro fundido en la calle con la que en su día el ayuntamiento decidió homenajear a los establecimientos con pedigrí y que a estas alturas (y cierres) funcionan como lápidas.  

Josep Lluís Sert diseñó el exterior y el interior de la joyería Roca. El local, el único establecimiento comercial racionalista de Barcelona se mantiene aunque en otras manos.

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El caso es que la destrucción de la obra de Sert dejó huérfana a la joyería Roca, que pasó a ser el único establecimiento de Barcelona con diseño puramente racionalista, también de Sert, que en su concepción se esmeró tanto por fuera como por dentro, aunque desde que el comercio cambió de manos, en 2009, el mobiliario descansa en el Museu Nacional. Pero donde ahora aún luce la herencia del movimiento arquitectónico moderno en 1902 reinaba uno de los monumentos del modernismo: el café Torino. Que, oh sorpresa, tampoco se conservó. En 1911 murió su promotor, Flaminio Mezzalama, y con él sucumbió el templo del arte que levantaron Antoni Gaudí, Pere Falqués y Josep Puig i Cadafalch. Ahí es nada. 

En la decoración del café Torino, un templo del modernismo, participaron Antoni Gaudí, Pere Falqués y Josep Puig i Cadafalch.

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Con todo, el de paseo de Gràcia con Gran Via no es el único establecimiento modernista del que no queda ni rastro en una ciudad que presume de ser cuna y capital de dicho movimiento. La lista de ausentes se antoja interminable pero merecen un apunte la cerrajería Casa Mañach, un delirio onírico firmado por Jujol en la calle de Ferran; la farmacia Grau Ynglada, una filigrana de Alexandre de Riquer, en la calle Nou de la Rambla y la también farmacia Gibert decorada por Gaudí cuya ubicación no está clara porque tuvo una vida muy corta, pero que algunas fuentes sitúan en los bajos de la modernista casa Sicart, derrumbada en 1991 para mayor gloria de los grandes almacenes que copan la plaza de Catalunya y necesitaban ampliar espacio. La desgraciada operación tuvo a bien dejar un mínimo vestigio de la edificación: salvó la tribuna modernista y la incrustó en la moderna fachada. Y ahí luce como testimonio de lo mucho que se ha dejado perder Barcelona y de lo poco conseguido a cambió. 

Pero este réquiem empezaba por la casa Dolors Calm y sus establecimientos perdidos, la ya citada galería Joan Prats y un segundo: la Ferreteria Villà tan emblemático y protegido como el primero e igual de desaparecido. La tienda tuvo que mudar de emplazamiento por lo inasumible del alquiler en 2018, y con ella marcharon la centenaria colección de herrajes que adornaban los escaparates y tienda desde 1912, y todo el mobiliario interior de madera. La placa de hierro fundido (a estas alturas, lápida) sigue en la acera. Barcelona, camposanto comercial.