Arqueología comercial

Capsa, una Barcelona de ¡pan y cine!

Que el gremio de panaderos pusiera la levadura que hizo crecer dos inolvidables instituciones culturales de esta ciudad jamás debería ser olvidado

Las siglas de la Compañía Auxiliar Panificadora SA, que dieron nombre primero a un teatro y, después, a un cine de emocionante recuerdo.

Las siglas de la Compañía Auxiliar Panificadora SA, que dieron nombre primero a un teatro y, después, a un cine de emocionante recuerdo. / RICARD CUGAT

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Pan y cine. ¡Qué años aquellos, entre el 11 de septiembre de 1977 y el 27 de diciembre de 1998, cuando en la esquina de Aragó con Pau Claris sobresalía de la fachada la marquesina del cine Capsa! Solo 21 años sobrevivió aquella sala, o sea, que ni fue la más longeva de la ciudad ni mucho menos la más grande (esa, la colosal, fue otra a la que luego habrá que hacer referencia), pero en aquella pantalla se proyectaron películas nunca vistas en Barcelona, incluso estrenos con prolongadísimo retardo, como ‘To be or not to be’, de Ernst Lubitsch, una obra maestra de 1943, que no pudo ser vista en España hasta que no cayeron los velos de la censura, y eso que aquel admiradísimo director pasaba por ser un maestro en el arte de decir sin mostrar. De él dijo Billy Wilder, y no exageró, que con el plano de una puerta cerrada era capaz de sugerir mucho más que los directores actuales con una bragueta abierta. Totalmente cierto.

Viene el cine Capsa a esta veraniega ruta por los restos arqueológicos de los establecimientos extintos de la ciudad porque de él solo quedan, en la fachada de la finca, las letras que le daban nombre, uno que en realidad no era suyo, sino que lo tomó prestado. Capsa es en realidad un acrónimo. CAPSA. Compañía Auxiliar Panificadora SA, vamos que era oportuno lo dicho en la primera frase del texto, pan y cine. Qué años.

El Gremio de Panaderos de Barcelona es dueño de la finca como mínimo desde finales de los años 40. Aún tiene ahí sus oficinas. Es la sede de CAPSA. La cuestión es que hasta 1969 los panaderos de la ciudad utilizaron los bajos del edificio para montar un teatro de aficionados y, hay testigos, alguna que otra parranda. Fue, perdonen lo fácil de la expresión, una acertada levadura, porque en 1969 la sala creció artísticamente y pasó a ser un nuevo teatro de la ciudad, abierto al público en general, con Gonzalo Pérez de Olaguer como primer director artístico, un tipo mitad entrañable, mitad socarrón, que dedicó 30 años de su vida profesional al periodismo en este diario como crítico de cuanto sucedía en la escena barcelonesa, pero que entonces, en aquella experiencia capsiana, destacó sobre todo por programar a directores y compañías que con los años darían mucho de qué hablar, Josep Maria Benet i Jornet y Els Joglars, por ejemplo.

Era el teatro Capsa, una aventura que, sin embargo, no duró más de 10 años, una triste muerte prematura que permitió alumbrar, ahora sí, la etapa más recordada de esa esquina, la de sala de cine de arte y ensayo, una ventana del séptimo arte que las autoridades permitieron que se abriera porque entre los subtítulos y la temática supusieron, equivocadamente, que solo interesaría a cuatro gatos. Se estrenó con ‘El acorazado Potemkim’, acumuló colas para entrar a gozar de ‘To be or not to be’, batió la plusmarca local de público dormido en la sala con ‘Koyaanisqatsi’ y, en lo que tiene especial mérito en una ciudad como esta, abonada el vicio, dejó ojipláticos a los amantes del cine de culto con ‘El imperio de los sentidos’, película de la que la leyenda dice que cuando se estrenó en Estados Unidos hubo un significativo repunte en la venta de huevos en el mercado. Quienes la conozcan lo entenderán.

Del Capsa, en estos tiempos de extinción masiva de cines, quedan las letras en el 134 de Pau Claris, de igual modo que en el número 31 de la calle de Urgell, en la entrada de un supermercado Bonpreu, quedan, a modo de homenaje, tres butacas del que fue el más gigante de los cines de España, que llegó inaugurarse con capacidad para 2.324 espectadores, aunque tiempo después su aforo se redujo a 1.823 asientos, que no es poco.

Tres butacas del extinto Cinema Urgel, que dan la bienvenida actualmente a los clientes de un supermercado.

/ RICARD CUGAT

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El caso del cine Urgell merece estar en esta serie de viajes por la arqueología comercial de Barcelona no solo porque quedan vestigios palpables de su pasada existencia, sino porque lo que sucedió allí en 2017 es un claro ejemplo de que hay una suerte de nostalgia colectiva por esa larga lista de establecimientos desaparecidos en la ciudad. En marzo de aquel año ocurrió allí algo hermoso como un final de película de Frank Capra. El cine hacía ya cuatro años que había programado su última proyección. Estaba cerrado y, de puertas adentro, en un lento pero inexorable proceso de deterioro. Lo que sucedió es que cuando Bonpreu eligió aquel inmenso espacio para instalar uno de sus supermercados, el movimiento de operarios de la empresa constructora no pasó inadvertido para los amantes del cine que tantos recuerdos atesoraban en ese lugar.

Varios de ellos desfilaron por esa acera los días en que se procedió a desmontar la inmensa marquesina que como un palio laico había acompañado desde 1963 a los espectadores que entraban en la sala. Los más suertudos de ellos obtuvieron como preciado botín alguna de las letras que daban nombre al cine, piezas únicas de medio metro de altura que no son visitables salvo que uno sea amigo de uno de aquellos afortunados.

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