Arqueología comercial

En ruta por las ruinas comerciales de Barcelona

Cerró la Farmacia Vilardell en 2006 y sus preciosa arquitectura modernista decidió vestirla un banco que simboliza como pocos el sindiós financiero de 2008

El rótulo de bandera de la antigua Farmacia Vilardell, ’okupado’ por el Banco Pichincha, un pastiche a la altura del arte provocador de Ai Wei Wei.

El rótulo de bandera de la antigua Farmacia Vilardell, ’okupado’ por el Banco Pichincha, un pastiche a la altura del arte provocador de Ai Wei Wei. / JOAN CORTADELLAS (Zeta_intramedia)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Hasta 1687, el Partenón se conservaba como Jessica Lange, estupendamente. Era entonces una mezquita, porque Atenas estaba en manos turcas, pero su hermosísima arquitectura era aún la de la antigüedad. Aquel año, Otto Wilhelm Königsmark, un conde sueco a sueldo de Venecia, inició el asedio cristiano de Atenas y, según algunas fuentes, de forma premeditada apuntó sus cañones hacia el templo antaño consagrado a Atenea. Se supone que sus espías le informaron de que el edificio hacía también las veces de polvorín. Bum. Lo que los turistas que hoy viajan a Atenas visitan es en realidad los restos de aquella brutal explosión. Ese es el espíritu del viaje que en los próximos días se publicará en forma de serie, una ruta por lo que queda de algunos de los comercios que en su día fueron ‘partenones’ de Barcelona. Primera parada, la bombardeada Farmacia Vilardell.

En la acera de la esquina de Pau Claris y la Gran Via se conserva intacta una de aquellas 125 placas que el Ayuntamiento de Barcelona concedió a otras tantas tiendas que, en su opinión, hacían de esta una ciudad admirable. Fue una decisión política tomada justo después de los Juegos Olímpicos. La Vilardell, como bien subraya aquella placa, nació como farmacia en 1914 y parece que se daba por hecho que tenía aún por delante una larga y esplendorosa vida. No fue así.

La placa de la Farmacia Vilardell, de cuando Barcelona se creía guapa

Que la primera etapa de esta ruta por los restos arqueológicos de la Barcelona desaparecida o, cuando menos, maltrecha sea ante el número 96 de la calle de Pau Claris tiene su razón de ser. Lo ocurrido en esa dirección postal, que conserva parte de la carpintería exterior de su época como comercio emblemático, es, según se mire, el más provocador monumento a la crisis inmobiliaria de 2008.

Aquella farmacia no bajó la persiana por culpa del cataclismo económico que se desencadenó aquel año. La razón fue por jubilación de la última dueña del negocio. Pasó en primer momento a ser una sucursal de Caja Castilla-La Mancha y, poco después, de Bankia, pero la sorpresa fue el día que amaneció con un nuevo nombre cuyo significado era todo un jeroglífico para el vecindario autóctono: Pichincha.

La esquina que desde 1914 ocupaba la Farmacia Vilardell, agraciada además con una fuente de estilo Canaletes, con cuatro grifos y hasta un abrevadero para perros.

/ JOAN CORTADELLAS

Una pichincha es, en algunos países de Suramérica, una ganga, según la Real Academia de la Lengua, “bien que se adquiere a bajo precio”. Parecía una broma de mal gusto. En 2011, antiguos clientes de Bankia recibieron en sus buzones, más que una carta, una advertencia. “Le informamos de que Banco Pichincha SA ha adquirido de Bankia la totalidad del crédito suscrito por usted con dicha entidad. Banco Pichincha es el legítimo titular del crédito, por lo que deberá cumplir usted con sus obligaciones de pago con nuestra entidad”. En principio parecía algo sensato. Un cambio de dueño no anula la deuda pendiente. La cuestión de fondo, sin embargo, no era esa.

La Farmacia Vilardell, tal y como lucía antes de 2006, año de su adiós.

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Con la crisis, inmigrantes a los que los bancos habían concedido alegremente hipotecas por el 100% o más del valor de los pisos que les animaban a adquirir con la promesa de que su valor jamás terminaría de crecer, temían de repente no solo un pronto desahucio, sino, más aún, que la pérdida del inmueble no comportaba la cancelación de la deuda. Los hubo que entregaron las llaves al banco y tomaron un vuelo de regreso a su país, y ahí fue donde apareció en escena Pichincha. En Ecuador, la polémica fue monumental. El presidente Rafael Correa, más que mediar, puso puntos sobre las íes, y a través de algunos de los ministros de su gobierno calificó esa persecución de intolerable. Se abrió así un zipizape político de dimensiones transatlánticas. Las deudas contraídas en España, trasladadas a la escala de los salarios de Ecuador, se convertían en astronómicas y, por lo tanto, en una condena a cadena perpetua económica para los afectados.

Uno de los célebres jarrones de Ai Wei Wei, exhibido en el Palau de la Virreina en una retrospectiva sobre su obra.

/ DANNY CAMINAL

De la esquina del entresuelo de Pau Claris con Gran Via sobresale en hierro forjado el rótulo de bandera con el que se anunciaba antes la presencia de la farmacia y, hoy, la oficina bancaria. El contraste es tan provocador que es casi artístico. Tiene un cierto aire a una de las más provocadoras obras de Ai Wei Wei, el llamado Andy Warhol chino, aquella ocasión en la que se agenció una colección de jarrones de la dinastía Han, vamos, de unos 2.000 años de antigüedad, y les estampó el logo de la Coca-Cola. Tan radical fue aquella osadía y tan excelente su resultado que el Met de Nueva York exhibe con gran placer uno de aquellos jarrones, lo cual debería hacer recapacitar al Muhba, al Mnac o al Macba si esa excentricidad modernista del Banco Pichincha no debería formar parte de una suerte de colección de arte local sin parangón. Ahí queda la idea.