Testimonio

Diario de un vecino del Poblenou en Barcelona: “Entre el calor y el ruido nos sentimos atrapados"

Jóvenes en las calles del llamado ’Triángulo golfo’ del Poblenou. / ZOWY VOETEN

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Enrique Castro Román (Grado en comunicación por la UOC y Máster en conflictos armados UAB) es vecino de la calle de Pere IV y ha accedido a hacer un diario de una semana, la del 18 al 24 de julio) para documentar el ruido y el follón que se vive en su zona. Un diario del llamado Triángulo Golfo.

LUNES

Es uno de los tres días más o menos tranquilos en Pere IV, aunque en el resto del Triángulo Golfo no puedan decir lo mismo. Noche sin percances. Un grupo de chicas está de botellón a eso de la medianoche (qué buen plan, beber sentadas en una acera mientras las cucarachas te suben por las sandalias), unos guiris se asoman a una de las ventanas del hotel y tratan de ligar con ellas, pero les sale mal. Las chicas desaparecen con su alcohol y los chicos se meten para dentro.

MARTES

Sin novedad. Me comenta un vecino que ojalá vinera al barrio un vecino oriundo de Texas, de esos que son miembro de la Asociación Nacional del Rifle, de los que se suben a la azotea y otean con unos prismáticos y luego cuando ocurre algo todo el mundo dice que era una persona normal pero muy callada.

MIÉRCOLES

Hasta las doce de la noche el Acid House, en la calle de Pamplona, está grabando un vídeomusical o algo así; focos, altavoces, estruendo de música máquina atronando la calle… Seguramente tienen permiso, pero eso no nos hace sentir mejor. La cosa se complica en Pere IV. Lo que a las 0.10 es un grupo de cinco jóvenes sentados en la acera bebiendo y gritando, media hora más tarde se convierte en un tumulto de unas cien personas. Hay varios grupos sentados en corro. Cuando se marchen dejarán las botellas, los vasos y las bolsas de plástico tiradas por el suelo.

Pánico a las 0.40, apagón en varios bloques. Los ventiladores y los aires acondicionados cumplen una doble función, aliviarnos del calor y disimular el ruido de la calle con su motor. Necesitamos ruido para escapar del ruido, un ruido blanco y anestésico. Por suerte la luz vuelve a luz cinco minutos. A los 20 minutos me hace efecto el lorazepam y me quedo sopas. La noche transcurre sin más incidentes, salvo que unos clientes del hotel le han tirado un Red-Bull lleno a un grupo de abajo. Han fallado. De haber acertado le habrían abierto la cabeza a alguien, tal vez habríamos vuelto a salir en los medios y tal vez los políticos retomarían su labor en el barrio con mayor vigor. Ya se sabe, “Red Bull te da aaaalas”.

JUEVES

Amanece. El típico escenario de charcos de vómito, mar de basuras, motos volcadas y algún coche con la luna rota. Por la tarde, a eso de las nueve, la hinchada del Rosario Central la lía a las puerta del Com-Tú Bar, un local del que suele salir música a todo volumen. Ya de madrugada siguen con tambores y cánticos por Pere IV. El aire no circula en las casas cerradas y el calor pringoso empapa las sábanas, pero abrir un poco la ventana implica sumergirse en el tumulto, la bulla y el insomnio.

El problema es que para que mi aire acondicionado funcione, tengo que abrir la ventana para que salga el aire caliente por la manguera. Me asomo al balcón, a lo lejos parpadean las luces de un coche de la Urbana, aminora en Pere IV para no atropellar a nadie y sigue de largo. El del tambor, a su paso, no ha dejado de tocar. Creo que esta madrugada han apuñalado a alguien en un fumadero de Llull con Corcega.

VIERNES

Un vecino de Pere IV, 81 saca varios vídeos de un grupo haciendo botellón. Abren la puerta del coche, se sirven, guardan la botella y cierran. ¿Realmente es tan atractiva esta calle para beber aquí jugándose una multa de 600€? Mientras estén estos cinco bares nos tememos que sí. Su derecho a ganarse la vida se confronta con el derecho a descansar de varios centenares de vecinos, pero ya sabemos que lo que manda es el dinero.

Nuestro grupo de WhatsApp está repleto de vídeos de gente bebiendo y gritando incluso hasta las seis de la mañana. Un matrimonio baja a las tres de la madrugada a hablar con la Urbana porque no lo soportan más. Los agentes les dicen que ánimo y que sigamos reivindicando nuestros derechos. Ya.

SÁBADO

El griterío es ensordecedor. No cabe un alma en la calle. Un coche se para debajo de mi piso y durante diez minutos nos bombardea con unos graves que repercuten en las ventanas, en las paredes, en nuestros cerebros. La niña se agita incómoda en la cama. Entre el calor y el ruido nos sentimos atrapados. ¿Alguien tiene idea de lo que es capaz de hacer un animal atrapado cuando sus crías corren peligro? Así nos hacen sentir: como animales. Entro en el grupo. X propone lanzar piedras, dice que ya hemos esperado bastante. Alguien dice que le podemos quitar un ojo a alguien. Otro habla de lejía. Los políticos, mientras tanto, nos proponen mesas, asambleas, y más asambleas para hacer seguimiento de las asambleas… Así ellos se ganan su sueldo y también ganan tiempo mientras no solucionan nada. Me asomo al balcón. Allá abajo todo el mundo parece feliz… y seguro.

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DOMINGO

Sin novedad. Por desgracia.