Transformación urbana

Los últimos de las Casas Baratas del Bon Pastor, un modo de vida en extinción en Barcelona

  • Pablo y ocho de sus nueve hermanos nacieron en la 'casa barata' del Bon Pastor en la que todavía vive junto a Loli, su mujer, y su hijo pequeño, Carlos, también nacido en este rincón de Sant Andreu

  • Como otras casi 100 familias, están a la espera de que el ayuntamiento termine los últimos bloques para realojar a una barriada a punto de desaparecer tras un larguísimo periodo de transformación

Loli y Carlos en el frondoso jardín de la casita en la que todavía viven.  / JORDI OTIX

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Guirnaldas de colores que pasan de acera a acera regalando una serpenteante sombra, bonita aunque insuficiente para el sofocante calor, sobre piscinas de plástico en plena calzada, frente a las pocas casas que quedan sin tapiar o incluso frente a las tapiadas. Cotidiana postal veraniega, vestigio de una forma de vida que se apaga, a los pies de los desafiantes bloques de pisos que realojarán a las últimas familias de las Casas Baratas del Bon Pastor, la que fuera la primera promoción de vivienda pública de Barcelona y la segunda de España, tras la de Ciudad Lineal, en Madrid. 

De las 784 pequeñas viviendas levantadas en 1929 a la orilla del Besòs hoy quedan solo algunas decenas, las que habitan las casi 100 familias pendientes de realojo de la conocida como cuarta fase. Familias que, en muchos casos, llevan 18 años -el principio del fin de las Casas Baratas empezó en el lejano 2004- viviendo entre casas vacías con puertas blindadas y enormes grúas.  

Carlos y Loli, en el salón de la 'casa barata' del Bon Pastor donde todavía viven.

/ JORDI OTIX

Loli Morales Úbeda tiene 74 años -los cumplió este 13 de julio, día del encuentro- y vive en las Casas Baratas desde que la "trajeron a la calle de Salomó con dos añitos". "Mi marido nació en esta casa. La vecina de al lado, la Adela, tuvo que dejarle el colchón a mi suegra para dar a luz en la habitación en la que yo duermo. No tenían colchones en condiciones y la vecina le dejó uno. Es que mi suegra tuvo 10 hijos, aquí, más la abuela, que es la abuela con la que vivíamos”, explica, toda amabilidad y alegría, Loli. 

Dos literas de cuatro

En la habitación pequeña, dos literas de cuatro, dos hijos en cada cama. "Mi suegro trabajaba en el Renfe, y se trajo maderas y las hizo él,", prosigue Loli. "Cuando estaba embarazada del décimo hijo se fueron a los pisos, que eran más grandes, y mi marido se quedó a vivir aquí con la abuela para que no estuviera sola; ya éramos novios entonces. Y aquí han nacido mis tres hijos", continúa la mujer en la humilde vivienda, que tiene ya llena de cajas listas porque hace años que la mudanza era algo inminente. Cuando se presentó el plan se decía que estaría terminado en el 2010, es decir, hace 12 años. 

Carlos, en el terrado de la casita en la que todavía vive, con los pisos nuevos al fondo.

/ JORDI OTIX

Los pisos en los que realojarán a Loli, a su marido y a su hijo Carlos, que vive con ellos, todavía no están terminados. Es la última promoción para terminar con los realojos. "Calculo que el traslado será en enero o febrero -cuenta con un optimismo contagioso-; el piso es muy bonito y tiene una terraza guapa, que era lo que necesitaba Pablo [su marido]". La frágil salud del marido de Loli, hace que pueda salir muy poco de casa, con lo que su vida son las plantas de su diminuto pero aprovechadísimo y precioso jardín, frente a la puerta de entrada de la casita en la que nació y vio nacer a sus tres hijos. Allí tiene su silloncito y una mesita y pasa las horas cuidando sus plantas.

"Tengo hasta una higuera, que está llenita de higos. Era de la Tere. Cuando se fue a vivir con su hijo Pablo le dijo, ‘Tere, ¿no te vas a llevar la higuera? Le dijo que no y aquí la tenemos, en un macetón grande", muestra. En los pocos metros del jardincito tienen también un ciruelo que "echa unas ciruelas de aquellas rojas, dulces, que no veas", explica orgullosa.

Tomates en el terrado

La selvática entrada no es el único lugar en el que la familia de Loli tiene plantas. Su hijo Carlos tiene el también pequeño terrado lleno de maceteros grandes en los que planta tomates, pepinos, calabacines y hasta pimientos del padrón.

Loli, Isabel y Lola pasean por un Bon Pastor en transformación, este miércoles.

/ JORDI OTIX

Pero no todo es tan bucólico, por supuesto. "El ‘Cucal’ lo gasto que no veas, y vale ocho y pico cada botecito, ¿eh? Han venido a fumigar bastantes veces, pero ¿sabes lo que pasa? Que como estas casas tienen cimientos, son un agujero... Estas casas están hechas de tochos de esos que se van deshaciendo… Además, con todas las obras nos hemos quedado encerrados. Incluso vino la ambulancia a llevarse a mi marido y dos sanitarios tuvieron que llevarlo a peso porque la camilla no entraba por las vallas", relata sin dramatismo. 

Como hermanas

Aunque aún vive en las casas, hace mucho que ya nada es lo que era antes. No solo añora a Tere, quien murió. María, su vecina de enfrente, vive desde hace tiempo en los pisos de realojo, en el mismo barrio, bastante cerca, pero ya no delante. La acera de enfrente hace tiempo que fue derribada. "Éramos como hermanas, desde siempre; cuando teníamos los niños pequeños… Y ahora sí nos vemos y nos telefoneamos, pero no es lo mismo; antes yo abría la puerta y ella también y ya nos veíamos; porque las puertas siempre estaban abiertas. Nos levantábamos muy temprano y la primera que lo hacía decía, venga, el café con leche. Y si en su jardín daba el sol nos íbamos al mío que daba la sombra. Ahora nos encontramos muy poco, todo eso se pierde”, narra.

Isabel, en balcón de su nuevo piso, desde el que ve algunas de las últimas casas todavía en pie.

/ JORDI OTIX

Isabel escucha a su vecina Loli y asiente. Ella ya hace cuatro años que vive en los pisos nuevos; su casa es una de las más de 600 que ya son historia. "Me quedé seis meses tirada, solita en toda la calle. Se habían ido todos menos yo, fue muy duro. Por eso me adelantaron de fase y pasé a uno de los pisos que sobraron de la tercera”, relata esta vecina del Bon Pastor, quien tiene en un punto privilegiado del comedor de su amplio y luminoso piso -nada que ver con las humedades de las casitas de 37 metros cuadrados- una fotografía en blanco y negro de su pese a todo añorada vieja casa. 

Lola, frente a los pisos levantados sobre la casa en la que nació su madre en 1930.

/ JORDI OTIX

Los pisos son incomparables en cuanto a espacio -más grandes- y comodidad -nuevos, con calefacción...-, pero existen otras variables que se escapan a la fría objetividad. "Ha ido muy bien, el cambio, antes cuando no tenías que arreglar una cosa se estropeaba otra; pero con los vecinos ahora no es como antes, que te asomabas a la puerta, veías a tu vecina, y le decías, ‘voy a la plaza, ¿quieres algo?’; es muy diferente", resume Isabel, de la familia de "los Vinagre".

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"Aquí nos conocemos todos", añade Lola García Asensio, de 66 años y otra de "los Vinagre", cuya madre nació en esas casas en enero de 1930 -al año de estrenarlas- en otra de las muchas que ya han desaparecido. "Estaba delante de las casas que dejarán en pie para el museo", apunta Lola, quien no solo nació aquí, sino que ha trabajado durante 50 años en el mercado del barrio.

Además de sus recuerdos de niñez y juventud en las calles del barrio, Loli, Lola e Isabel comparten algo más: su agradecimiento infinito a Gemma y Aritz, trabajadores de La Fabric@, cooperativa contratada por el Plan de Barrios para acompañar a los vecinos durante el largo proceso. Y no solo es cosa de ellas. Carlos, el hijo de Loli, cocinero, les lleva de tomates de su cosecha hasta tuppers de paella. "Nos escuchan siempre y nos ayudan mucho; mucho", subrayan emocionadas.