barceloneando

Laietana: tras las obras, el yate seguía ahí

Cual recreación del célebre cuento corto de Monterroso, las obras de la discordia avanzan en Barcelona con el yate 'Lady Moura', más que atracado, aparcado en la ciudad

’Lady Moura’, más que atracado, aparcado junto a la Via Laietana.

’Lady Moura’, más que atracado, aparcado junto a la Via Laietana. / JORDI COTRINA

5
Se lee en minutos
Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

ver +

Tras las obras, el yate seguía ahí. La primera frase de este texto ha bebido para inspirarse del que se considera el más corto y a la par más célebre microrrelato de la lengua española, siete palabras escritas por el escritor centroamericano Augusto Monterroso (Guatemala, Honduras, México…, esa es su trayectoria vital) que se han convertido en un clásico: “Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. Es un clásico que viene al caso porque el enardecido debate que ha suscitado la reforma de la Via Laietana, que casi llega a las manos judiciales, ha versado tanto sobre la anchura de las aceras, sobre el número de carriles para coches y sobre si buses y bicis deberán compartir asfalto de bajada que apenas ha habido tiempo de alzar la vista y anticipar qué silueta verán en el horizonte los barceloneses que vayan a descubrir el aspecto de esa remozada calle a mediados del 2023, fecha final de la primera fase de las obras. Será la del ‘Lady Moura’ u otro monstruo similar, un yate más largo que una manzana del Eixample y tasado en unos 200 millones de dólares como poco.

La apertura de Barcelona al mar casi fue el cuarto eslogan de los Juegos Olímpicos de Barcelona. ‘Citius, altius, fortius…, apertio mare’. Fue parcialmente cierto, salvo en el Puerto de Barcelona, un gigantesco espacio convertido desde entonces en una suerte de Isla Tortuga del Urbanismo, un espacio que lleva lo de autónomo hasta sus últimas consecuencias (ora un hotel con forma de vela, ora un Hermitage…) y que a las primeras de cambio permitió, en lo que solo era un anticipo de los tiempos venideros, la construcción de un cubo blanco y gigante para el que iba ser el primer cine Imax de la ciudad, una pared de 27 metros de altura que literalmente tapaba el mar. Aquello fue objeto, por cierto, de una controversia política que murió en la orilla.

Una postal de 2022, Via Laietana.

JORDI COTRINA

En aquellos años atracaban aún al lado del muelle de los antiguos tinglados decenas de pequeñas embarcaciones, la mayoría de recreo. Por ahí se podía pasear e incluso asomarse para ver cómo entre las chalupas, los fuerabordas y alguna embarcación neumática hasta había peces capaces de desafiar la contaminación por si caían algunas migas de la merienda de los niños que paseaban con sus padres. Es cierto que no todo el mundo podía permitirse ahí un amarre, era un espacio sobre todo de clases medias para arriba, pero si se tiene en cuenta que el vecindario más cercano era el de los callejones más humildes de la Barceloneta, la Ribera, el Raval y el Gòtic, aún se podía sostener entonces que Barcelona era miseria con vistas al mar. Ya no.

Una de las herencias del breve paso de la derecha catalana por la alcaldía de Barcelona es la tramitación final de ese proyecto que propuso convertir aquel espacio de marinería popular en un muelle para los grandes yates del mundo, cronológicamente, además, en un momento en que la brecha de la distribución de la riqueza de la ciudad comenzaba a convertirse en un abismo con la paulatina pauperización de las clases medias de la ciudad. Miseria con vistas a los superyates, que es, por cierto, como los define la propia empresa gestora de aquel recinto con un estricto derecho de admisión.

Antes de la guerra de Ucrania, los ‘vecinos’ de la aquella marina de lujo eran, por ejemplo, ‘Solaris’, la embarcación de recreo de Roman Abramovich, un capricho de más de 500 millones de euros y 140 metros de eslora. La embarcación de la fotografía, lo dicho, es ‘Lady Moura’, la curiosa manera en que el multimillonario saudí Nasser Al-Rashid cumple con el coránico precepto de “caminar por la Tierra humildemente” (será que en el mar tiene dispensa), pero que más que por su eslora, 100 metros, y su precio, es conocida por ser el yate de las letras de oro, sobrenombre que adquirió cuando en 2002 unos granujas se colaron n unos talleres y se las llevaron todas menos una ‘a’. No son macizas, esta es una cuestión que merece ser aclarada, son de níquel bañadas en el metal precioso, pero solo por su tamaño parece que ya merecen el calificativo de botín en caso de robo.

'Lady Moura', largo como una manzana del Eixample, con sus letras bañadas a un lado de la cubierta.

/ JORDI COTRINA

La cuestión, pero, no es esa. La cuestión es que la Via Laietana está en obras para hacer de ella una calle caminable, menos hostil, más acorde con las urgencias medioambientales y, he aquí lo no voceado por el ayuntamiento, un mirador privilegiado sobre los tiempos que corren, de pornografía del lujo, como dijo Borges, esa vulgaridad.

Un abrazo

Noticias relacionadas

Posdata, por si gustan. Los años preolímpicos fueron de gran entusiasmo. Entonces, el paisaje divisable desde la Via Laietana fue objeto de un cambio radical. Cayeron la mayor parte de los antiguos tinglados portuarios, de los que solo se conservaron un par como iconos del pasado arquitectónico de aquel lugar, y de este modo la fachada de poniente de la Barceloneta era perfectamente visible, por ejemplo, desde la plaza de Antonio Maura, punto central de la Via Laietana. Entonces cualquier acción de cambio era observada con lupa, como la construcción del mencionado sarcófago del Imax, pero en honor a la verdad, la oposición ciudadana a los errores fue cada vez más apagada, como si Barcelona fuera (perdonen el salto geográfico hasta las antípodas y hasta la comparación) la fauna de Nueva Zelanda. Aquel es un país de aves extrañas, porque muchas de ellas no vuelan.  En su libro ‘Mañana no estarán: en busca de las más variopintas especies de animales al borde de la extinción”,  el loquísimo escritor Douglas Adams le presta una cariñosa atención al kakapo, una variedad de loro gordo y tontorrón que no solo no vuela, sino, lo que es peor, que ha olvidado que no sabe volar, así que cuando se siente amenazado es capaz de saltar de la rama de un árbol, agitar las alas y caer al suelo como un ladrillo. ¿Nos olvidamos de que nos olvidamos de protestar?

“A uno le entran ganas de darle un abrazo y decirle que no se preocupe, que todo irá bien, aunque lo más probable es que no sea así”, escribe Adams. Cuando finalicen las obras y el yate siga ahí, agradeceré ese abrazo. Palabra de kakapo.