Encuesta de Valores Sociales

¿Qué es un barcelonés en 2022?

Antimonárquica, feminista, descreída, animalista, individualista..., cómo y por qué una sociedad tan heterogénea como la de Barcelona se comporta como un homogéneo enjambre de ideas ante cuestiones cruciales de la vida

¿Qué es un barcelonés en 2022?
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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Le han preguntado a una muestra representativa de barceloneses qué opinan del feminismo, la religión, la inmigración, el suicidio, el aborto, la eutanasia, la monarquía, la venta ambulante, de colarse en el metro, de fumarse un porro, de la llamada torta a tiempo a los niños…, vamos, un salpicón de ingredientes que, recosidas adecuadamente las respuestas, se puede explicar a alguien de fuera qué es un barcelonés en 2022. Hay resultados sorprendentes, vaya esto por delante. ¿Un ejemplo? El movimiento feminista cuenta con un respaldo envidiable. En 2014 era del agrado del 56,2% de los ciudadanos y ahora lo es del 72,3%, pero lo raro es que de todos los ‘ismos’ defendibles (ecologismo, multiculturalismo, pacifismo y el mencionado feminismo) hay uno que despunta sorpresivamente por encima de los demás, el animalismo, con un 92,7% de apoyo unánime, prácticamente, en el otro extremo del espectro, el mismo porcentaje de rechazo que genera en esta ciudad cada vez más multiétnica el racismo, un 94,7%.

Un consejo humilde y honesto es ir directamente a los gráficos que acompañan esta crónica, un manantial de información del que cada cual puede beber los sorbos que más le apetezcan, pero hay un relato de fondo que merece no pasar inadvertido.

Barcelona es un crisol, una macedonia o un Jackson Pollock (llámenlo como quieran) de mil colores, es decir, un lienzo de apenas 99 kilómetros cuadrados en el que conviven humanos nacidos en 172 países distintos del mundo, en el que menos ya de la mitad de los habitantes es barcelonés de nacimiento y donde más de la mitad de los vecinos hace menos de 15 años que se empadronó en las oficinas municipales. Ese es el perfil demográfico y, sin embargo, por osmosis, contagio o por la razón inexplicada que sea esa heterogénea población de 1,6 millones de personas se comporta como un perfecto enjambre de opinión.

Están a favor del aborto un 81,1% de los encuestados. De la eutanasia, un 84,9%. Desconfía de los partidos políticos un 90,9% de los vecinos. Se la trae al pairo la monarquía a un 89,8% de los barceloneses, dato muy interesante precisamente estos días. Recela de la prensa (o sea, de lo que usted está leyendo ahora) un 73,4%. Cree que hay que actuar ante la amenaza del cambio climático un 71,7%, y que además hay que hacerlo sin dudas ni miedos y con la máxima urgencia. Un 94,3% opina que jamás se puede justificar el castigo físico a los niños. Hay unas pocas unanimidades más, pero sobre todo hay una batería de respuestas, las concernientes a la inmigración, que tal vez definan más que otras qué es ser barcelonés.

Primero, un par de antecedentes. Esta era en 1991 una ciudad en la que ser extranjero era un exotismo. Solo un 1,5% de los residentes había nacido en otro país. En 2001, pese a esa bocanada de internacionalidad que trajeron los Juegos Olímpicos, la cifra aún era tímida, un 4,9%. En 2010, con la economía en modo propulsión (aunque fuera en parte la turística, mal pagada), el porcentaje de extranjeros era ya del 17,5%. La última prospección en esta materia revela que un 30% de los barceloneses ha nacido en el extranjero, aunque parte de ellos ha tramitado la nacionalidad española. ¿Cómo se ha recibido esa transformación?

Tres ideas responden a esa pregunta. Primera. Que Barcelona sea una ciudad receptora de inmigración se acepta como algo muy bienvenido (21,6%), bastante bueno (45,4%) o simplemente bueno (25,1%) de forma natural y creciente. La aceptación suma un 92,1%. En la anterior encuesta de este tipo, esos porcentajes eran algo menores.

Segunda. A la inmigración se le reconoce su aportación a la riqueza económica del país, su papel crucial para poder mantener el sistema de pensiones y un escaso protagonismo en el uso de los servicios públicos en detrimento de la población autóctona. El hecho de que un 41,7% de los extranjeros residentes en Barcelona tengan estudios universitarios o de grado superior probablemente influya en esas respuestas.

Tan solo hay un pero. Un 43,3% de los encuestados sostiene que la inmigración puede causar problemas de convivencia, pero... Es aquí donde entra en juego, paradójicamente, la tercera respuesta. Ocho de cada 10 barceloneses cree que es bueno que bajo el paraguas de un mismo país convivan gentes de diferentes culturas y costumbres.

La encuesta constata una vez más, por otra parte, el desplome de la religiosidad, a costa, sobremanera, del catolicismo, fe mayoritaria en 1998, cuando entre practicantes (19%) y no practicantes (59,5%) pareciera que era omnipresente en todos los rincones de la vida cotidiana, y que pasados 24 años va camino de la insignificancia. Un 54,7% de los barceloneses se autoproclama no creyente.

Hecho ese apunte, más profundamente tratado en este diario el pasado mes de enero, es una obligación revelar la cara b de la encuesta, que perfectamente podría haber encabezado el texto.

Retrocede el asociacionismo, se sitúa en lo más alto de los aspectos importantes de la vida el ‘yo’ y la familia, se percibe el resto de la sociedad como un entorno (y por este orden) materialista, individualista, machista (así lo expresan un 84,2% de las mujeres y un 77,6% de los hombres), racista (es curioso, son los españoles los que más creen que su país es racista, un 75,1%, y lo opinan menos los extranjeros extracomunitarios, 60,9%), violento y conservador.

Las razones de ese descuadre, entre lo que los barceloneses dicen ser y lo que observan a su alrededor, puede tener muchas explicaciones, pero entre todas las respuestas de la encuesta hay una sintomáticamente reveladora. ¿Se puede justificar el comprar pisos no para vivir, sino para ganar dinero? Eso se les preguntó. Un 63,5% respondió que sí. Qué oportuno repescar aquí la manera en que el economista Pierre-Yves Gómez definió un día lo que es un rentista, alguien dispuesto a beneficiarse de la riqueza creada sin sentirse obligado a participar del esfuerzo productivo. Puro individualismo.

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En ese apartado de la cara b de la encuesta hay que subrayar también un paulatino crecimiento del apoyo a la pena de muerte (alcanza ya el 33,1%, con un respaldo inusitado entre la gente más joven) y, aunque en cotas aún muy bajas, un ‘je-m’en-foutisme’ sobre cuál es el mejor sistema político para convivir en comunidad. La democracia es sin rival la fórmula preferida, para un 81,9% de los barceloneses, pero para un 12,1% (un dato que tal vez reafirma desde otra perspectiva esa mirada individualista de la vida que rezuma la encuesta) no le importa cuál es el sistema político vigente. Son pocos, pero cada vez más. Hace 24 años eran la mitad. Frente a ellos hay, con todo, una mayoría de la población que, aunque con desdén por el sistema de partidos políticos, se posiciona mayoritariamente a la izquierda. Solo un 9,5% de los barceloneses se percibe de derechas.

Se dijo antes. La observación paciente de los gráficos puede aportar aún más colores a esta paleta sobre qué es un barcelonés, como se ve ante el espejo y cómo contempla la realidad que le rodea. Sería interesante comparar esos resultados con los de otra ciudad, pero para ello sería indispensable utilizar la misma metodología de trabajo. No se da el caso. Qué es un barcelonés en 2022 queda, en cualquier caso, aproximadamente definido. Solo queda una única cuestión. ¿Es feliz? ¿Está satisfecho con la vida que le ha tocado vivir? Le ponen a esta pregunta una nota. Un 7,9. No está mal.