HISTORIAS METROPOLITANAS (19)

Un cuarto de siglo aprendiendo a escuchar(se)

  • Ana y Marc, madre e hijo, superaron su doloroso distanciamiento con ayuda del servicio de mediación comunitaria de El Prat. Son dos de las 8.000 personas que han pasado por este espacio en el que desde hace 25 años intentan resolver a diario conflictos vecinales o familiares (ninguna de las dos cosas se elige).

Una madre y un hijo en el servicio de mediación de El Prat de Llobregat.

Una madre y un hijo en el servicio de mediación de El Prat de Llobregat. / JORDI COTRINA (EPC)

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Ana se emociona al volver a hablar y revivir lo sucedido. Las lágrimas humedecen su mascarilla quirúrgica y los interlocutores con los que comparte una pequeña mesa redonda le permiten ese espacio. Aquí -y esta es una de las peculiaridades del lugar- llorar no incomoda. Muchas veces es necesario. Liberador. “Una de las cosas que llevaba mal es que mi madre siempre me dijera que no llorara. Sentía que no se me permitía”, explica Marc, su hijo, sentado a su lado frente a los mediadores Curro Palacios y Gala Montseny. Ana y Marc son eso, madre e hijo. No son sus nombres reales, pero en esta historia cuáles son sus verdaderos nombres es lo de menos. Ana y Marc son también vecinos de El Prat de Llobregat y usuarios del Servei de Mediació Comunitaria del municipio, uno de los primeros del Estado, creado hace ahora 25 años (este 2022 están de aniversario).

Su caso llegó al servicio tras el confinamiento, momento en el que este recurso se hizo más necesario que nunca. Muchas horas, todas las del día, encerrados en la misma casa. Con nuestras familias e, indirectamente, con nuestros vecinos. Ninguno de los dos suele ser elegido. Llegaron a Cases d’en Puig, equipamiento en el que se sitúa, vía la psicóloga de Marc, a la que acudía en otro servicio municipal. Era evidente que parte del malestar de este joven que hoy tiene 22 años, entonces, 20, venía del distanciamiento con su madre, a la que siempre había estado muy unido. Cuando propusieron a Ana participar en la mediación no lo dudó. Quien estaba enfadado era él con ella, no ella con él. “Sentía que mi madre me había fallado”, señala el joven frente a ella (en este espacio la sinceridad es otro puntal). 

"Hacia arriba"

El origen de (casi) todo era el padre de Marc, quien no aceptaba la homosexualidad de su hijo. El problema de Ana era no pararle los pies a su pareja. “Yo quería estar bien con los dos”, rememora esta madre. “Cuando escuché en esta mesa, todo lo que mi hijo se había guardado, el daño que sin querer le había hecho, me sentí una mala madre”, relata emocionada.  Tras tres sesiones en esta misma mesa redonda -hoy con Curro y Gala, los actuales mediadores del servicio, en su día con sus antecesores-, “la cosa ha ido hacia arriba”, apunta, feliz, Ana.

Curro habla de la magia de la mediación. Una magia que es posible a partir de una premisa: los usuarios no pueden sentirse juzgados. Se trata de escucharles. Dejarles hablar, que se encuentren. “Dejando que se expresen libremente se producen conversaciones restauradoras. A veces pasan cosas muy peliculeras; si fuera un guion dirías que no es realista, que ha quedado demasiado bien”, señala el mediador.  

Mirada a futuro

Los mediadores ponen mucho énfasis en la necesidad de poner la mirada a futuro. "Cuando tú tienes un accidente de coche es muy probable que a esa persona no la vuelvas a ver en la vida, pero a si tu tienes un conflicto con tu vecino de arriba estás condenado a verle todos los días", ejemplifica Curro, quien insiste en que en muchas ocasiones la raíz de todo es el desconocimiento mutuo de los que tenemos cerca. Que el vecino no sabía que trabajabas de noche y dormías de día.

A veces pasan cosas demasiado peliculeras; si fuera un guion diríamos que es poco realista

En Cases d’en Puig ofrecen principalmente dos tipos de mediación, la comunitaria y ciudadana -ya sea entre familia, como el caso de Ana y Marc, como entre vecinos- y la reparadora (personas multadas por la ordenanza de convivencia que acuden a la mediación como alternativa a la multa), "siempre con el criterio de voluntad", subraya Gala. Da un ejemplo: un joven multado por miccionar en la calle. Al acudir a la mediación, tras la citada escucha activa, descubren que el problema es que el chico bebía demasiado. La reparación fue vincularse al Centro de atención y seguimiento de las drogodependencias (CAS).

Teresa habla con Curro y Gala, mediadores de El Prat de Llobregat.

/ JORDI COTRINA

Teresa -quien tampoco se llama Teresa, pero qué más da- se enteró de la existencia del servicio por la revista de El Prat. Al leer de que iba el servicio se da cuenta de que era lo que necesitaban. "Vivimos en una escalera de toda la vida, en la que todos los vecinos nos conocemos. El hijo de una de las vecinas la que cogido con su vecina de arriba, una mujer mayor que vive sola. Le molesta todo lo que hace. Que vaya al baño a la una de la mañana y tire de la cadena. El problema es que para protestar da unos golpes en el techo que despiertan al resto de vecinos", relata la vecina. Y cuando dice que le molesta todo, es todo. "Que se ponga la radio flojita para dormir por la noche", ejemplifica.

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En este caso, la mediación se hizo vía el presidente de la escalera, a quien el vecino "reconoce como interlocutor". Hay aquí también un problema de misoginia. Desde la mediación, la situación también ha mejorado, concluye Teresa, ejemplo de buena vecina, agradecida.

Algunas cifras

El servicio de mediación del Prat ha actuado en 4.000 casos con 8.000 personas involucradas desde su nacimiento en 1997. Durante la pandemia creció especialmente la atención de casos por conflictos vecinales. En 2019, se atendieron 52 casos de este tipo, cifra que se incrementó hasta 112 durante 2020 y que en 2021 ha vuelto a bajar a 71, "pero que se sitúa todavía por encima de los niveles prepandemia", indican.