Planes fallidos

¿Sabrá Barcelona algún día qué hacer con Montjuïc?

Aspecto de Montjuïc durante la Exposición de 1929.

Aspecto de Montjuïc durante la Exposición de 1929.

  • Los barceloneses siempre han sentido desafección por la montaña que históricamente ha acogido lo no querido: cementerios, pedreras y vertederos, y un castillo símbolo de opresión

  • Los múltiples intentos para urbanizar la zona siempre se han quedado a medias, ahora habitantes y agentes del parque exigen más servicios en unas jornadas que acoge el MNAC

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Natàlia Farré
Natàlia Farré

Periodista

Especialista en arte, patrimonio, arquitectura, urbanismo y Barcelona en toda su complejidad

Escribe desde Barcelona

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Barcelona es hija de Montjuïc. Hay dos razones para que el arquitecto Estanislau Roca verbalice tan rotundamente la máxima. Uno de los motivos emerge del albor de los tiempos, cuando la montaña era islote y el mar llegaba a la ladera de Collserola, entonces su ubicación permitió que los sedimentos que arrastraban corrientes, ríos y torrentes crearan lo que ahora es el plano de la ciudad. Y por ende, su potencial existencia como asentamiento humano. La segunda se ancla en un tiempo más reciente, entre la romanización de estos lares y el siglo XX, durante estas veintiuna centurias la piedra que salía de las entrañas de Montjuïc sirvió para edificar Barcelona, de Santa Maria del Mar a la Sagrada Familia, del Saló del Tinell al Banco de España, que fue el último edificio de la ciudad en levantarse con tal preciado material.

Exposición de 1929

Visto así no hay duda: Barcelona es hija de Montjuïc. Pero pese a esa deuda que la capital catalana  mantiene con su montaña, esta nunca ha ocupado un sitio privilegiado en el imaginario de los barceloneses que siempre la han utilizado como el cuarto trasero de la ciudad. Ahí se instaló el cementerio, ahí se abrieron canteras (más de 25), ahí se ubicó el vertedero, ahí se levantaron barracas y desde ahí se bombardeó la ciudad: primero Espartero y luego Prim. También ha habido episodios buenos, como su urbanización para la Exposición Internacional de 1929, y su reurbanización para la cita olímpica de 1992, pero los arreglos en Montjuïc indefectiblemente se quedan a medias.  Para Xavier Theros, escritor y cronista de la ciudad,  “la montaña de Montjuïc siempre ha sido un propósito no realizado, arrastra una gran tradición de proyectos inconclusos”. 

La construcción del muro de contención para la gran terraza de Miramar de Montjuïc, en 1920.

/ Artur Ferran. Arxiu Fotogràfic de Barcelona.

Zona ajardinada

Ahí estaba la idea de convertirla en un Central Park o un Bois de Boulogne a la catalana, cuando la zona fue ajardinada para el encuentro de 1929, y, antes, Ildefons Cerdà ya había contemplado el área como un parque urbano. Ha habido otros proyectos sin suerte, Theros, sapiencia sin fin sobre Barcelona, es capaz de enumerar a todos los arquitectos que han tenido ideas para Montjuïc: Narcís Aran, Josep Fontseré, Josep Amargós, Ferran Romeu, Nicolás María Rubió Tudurí...

A destacar dos propuestas: la del GATPAC, en 1935, que pretendía construir un ascensor desde la estación del Morrot hasta el castillo; y la del trío Antonio Bonet Castellana, Oriol Bohigas y Josep Martorell, en la década de los 60, que buscaba eliminar el cementerio para edificar un barrio residencial que prolongara la ciudad por la fachada marítima. Un plan muy parecido al que en 2007 propuso Xavier Trias, también fallido, con la creación del barrio Blau@Ictinea. “Es una montaña que se resiste a ser un parque urbano”, sentencia Theros.

Detritus en Can Clos

La realidad de lo que acabó pasando en Montjuïc es que se llenó de barracas -como las de Can Valero, Las Banderas, Maricel, Tres pins, Jesús i Maria y La vinya- y se convirtió en el vertedero de Barcelona. Literalmente. En 1963, las antiguas canteras pasaron a almacenar los residuos (la basura, vamos) de la ciudad. Entre 400 y 1.400 toneladas llegaban cada día a la montaña saturándola de un olor desagradable y de riesgos para los chabolistas. Los vertederos se cerraron en diciembre de 1971, tras una fuerte tormenta que desencadenó una lengua de barro y detritus que inundó de mierda el barrio de Can Clos. 

Vista aérea del recinto deportivo de Montjuïc, en 1929.

/ MNAC

Castillo maldito

Aunque la leyenda de montaña maldita, el emplazamiento la arrastra desde siempre. La construcción del castillo, en 1640, la potenció; pero mucho antes de levantar la fortaleza, Montjuïc ya era visto como un lugar habitado por seres sobrenaturales. De hecho, la tradición dice que Santa Madrona, copatrona de Barcelona, fue quien acabó con los demonios que se escondían en las cuevas, que las tiene, de Montjuïc. Las mismas que a lo largo de la historia han cobijado malhechores de toda clase y condición, desertores europeos durante la Primera Guerra Mundial y republicanos que no pudieron exiliarse después de la contienda.

Con todo, la presencia amenazadora del castillo por encima de la ciudad es lo que más ha ayudado a la desafección de los barceloneses por su montaña. Los bombardeos ya citados de 1842 y 1843 y las historias de torturas y ejecuciones en esa fortaleza la convirtieron en un símbolo de opresión. La paradoja es que sin los militares, seguramente, la montaña se habría edificado totalmente, como el Carmel o el Guinardó, y habría desaparecido como espacio verde.

Nuevo plan

Así que la pregunta es pertinente: ¿qué hacer con Montjuïc? Cuestión que lleva décadas dando vueltas en la mente de los responsables municipales: cómo convertir la montaña de Barcelona en un sitio más amable para los que la habitan y para el resto de ciudadanos, y, lo dicho, las respuestas acumulan fracasos. Ahora, sobre la mesa hay un nuevo plan de actuación a desplegar hasta 2029, que bebe del plan director y la posterior Modificación de Plan General Metropolitano aprobados en el 2014, sin mucho entusiasmo y con muchas discusiones. Entre las propuestas, la de recuperar el espacio que actualmente ocupa la Fira para construir vivienda pública, una nueva trama de calles y acercar la montaña a la ciudad.

El parque de atracciones de Montjuïc, en 1967.

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Seguridad y transporte

Esto último, algo que los habitantes de Montjuïc -donde hay 53 equipamientos culturales, deportivos o educativos, además de barrios, como el Poble-Sec, La Marina y la Font de la Guatlla- llevan años pidiendo y reclamando. Alegan que la montaña es parque y es zona urbana, y que como tal merece ser tratada, con transporte público, seguridad, mobiliario, iluminación, señalización, conexiones, limpieza y todo aquello que puede invitar a la visita y al paseo. Es decir, todo aquello que puede hacer que los barceloneses no se miren la montaña con prejuicios y aprensión, y, sobre todo, todo aquello que permita a sus habitantes habituales o casuales circular con seguridad.

Ahora hay miedo, para muestra un botón: el pasado 8 de marzo el comité de empresa del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) denunciaba en un comunicado que la dejadez del parque es un peligro para las personas, para todas, pero especialmente para las mujeres y particularmente para las que trabajan en la montaña y que, por miedo, se organizan para marchar juntas cuando acaban la jornada. Así están las cosas y así está Montjuïc.

Más turistas que locales

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De todo ello se habló (el pasado día 15) y se hablará (7 de abril y 17 de mayo) en las sesiones de debate ‘Montjuïc, la muntanya incompresa’, celebradas en el MNAC, abiertas a todo el mundo y moderadas por Theros. En el último encuentro los vecinos expondrán sus experiencias. En el pasado se desgranó su historia y en el próximo se incidirá en la percepción que hay de la montaña: un lugar peligroso y poco recomendable a según qué horas del día, a medio camino entre la naturaleza y la ciudad, del que los barceloneses huyen pese a los esfuerzos realizados para atraerlos, como el parque de atracciones o el circuito de motos abiertos durante el franquismo y cerrados ya hace unos cuantos años.

“De alguna manera los ciudadanos siguen sin tenerle confianza: ven a Montjuïc como un sitio inseguro, mal señalizado, con poca iluminación y solitario. Esto hace provoca que a menudo hay más ocupación de la montaña por parte de los turistas que por parte de los locales”, concluye Theros.