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Una calle para Bohigas, ideas sobre la mesa

Lo prometió Ada Colau y se abre así la posibilidad de sacar el polvo y la mugre del nomenclátor barcelonés o, en peor de los casos, de ladrar y no morder

Una calle para Bohigas, ideas sobre la mesa

Ferran Nadeu

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El melón lo abrió el pasado lunes Ada Colau durante la ceremonia organizada en recuerdo de Oriol Bohigas en el Saló de Cent. Dijo que habrá calle, plaza o parque dedicado a ese gran amante de Barcelona que fue Bohigas. No dijo avenida ni paseo, y es una lástima, porque la comunidad bohiguista, mucho más amplia de lo que en principio podría parecer, ha llamado a la puerta de la alcaldesa con ideas atrevidas, de aquellas que ponen a prueba si esta ciudad tiene arrestos o simplemente ladra pero no muerde. Pronto o tarde se sabrá si el melón es dulce o su sabor es apepinado. Mientras, he aquí, servidas con apostillas, algunas de las propuestas más o menos sobre la mesa.

Bohigas era, como se ha insistido estos días, el hombre de las mil máscaras, un intelectual con posicionamientos para todo. Era, por ejemplo, un republicano de palabra y de obra, y la prueba es que su intervención fue decisiva para que Barcelona replicara en 1992 en el parque de la Clota el Pabellón de la República que Josep Lluís Sert y Luis Lacasa levantaron en París en 1937, que fue la primera casa del ‘Gernika’ de Picasso. Es por ese apego a la bandera tricolor del fallecido que una de las propuestas consiste en descabalgar algún rey o similar del callejero de la ciudad.

Desborbonizar

El primero de la lista es Juan de Borbón, que tiene un paseo estupendo con vistas a las aguas del puerto. Tal vez pasó inadvertido para el público que asistió al homenaje a, pero en esa suerte de programa de mano que esperaba a los asistentes en los bancos del Saló de Cent había oculta una pista que apuntaba en esa dirección. En ese programa aparecían frases de personajes célebres que en un momento u otro de su vida Bohigas había comentado. Entre ellas destacaba, por encajada con calzador, una de Santiago Carrillo. “Don Juan es el cero a la izquierda más ilustre de la historia española”. Que Barcelona tenga un paseo tan apañado como ese dedicado al padre de Juan Carlos I y abuelo de Felipe VI debería llamar la atención más de lo que lo hace, aunque, en honor a la verdad, el nomenclátor de esta ciudad, sentando en el diván, es una psique indescifrable.

El paseo Joan de Borbó, una conquista de los JJOO y que ha degenerado en un mirador sobre la vulgaridad del lujo.

/ Ferran Nadeu

La oportunidad de que el paseo de Joan de Borbó pase a ser el de Oriol Bohigas estaría justificado por una de sus aportaciones a esta ciudad, la apertura al mar que obró con motivo de los Juegos Olímpicos, aunque, puestos a ser, como él, ‘torracollons’, no está de más recordar que tras la caída de los tinglados que ahí impedían ver las aguas llegó el disparate de construir ese gigantesco cubo tapavistas que fue el cine Imax y, después, la construcción de una marina privada e inaccesible que hace las veces de escaparate sobre los excesos de algunos de las grandes fortunas del mundo, yates de colosales dimensiones ante los que, como consuelo, solo se puede recordad lo que un día dijo Jorge Luis Borges, que el lujo le parecía un vulgaridad.

Dentro de la categoría de monarcas a ceder su lugar han sugerido los bohiguistas otro nombre, el de Carlos I, que tiene un parque a las puertas de la Vila Olímpica, otra de sus herencias, y que probablemente a la mayoría no le venga a la memoria por su nombre, pero sí por una de las esculturas que lo decoran, un monumento sin igual dedicado simplemente al culo. Así lo bautizó precisamente su autor, Eduardo Úrculo, gran figura del pop-art, ‘El Culo’. Dedicarle ese parque a Bohigas sería, en cualquier caso, una solución comodona, pues no comporta el quebradero de cabeza de cambiar las direcciones postales, principal escollo en este tipo de situaciones.

Antes de proseguir con tres propuestas más y un par de sugerencias lanzadas al aire por quien esto firma por si sale cara, conviene abrir, antes, un brevísimo paréntesis para recordar que, efectivamente, la norma municipal establece que deben pasar cinco años desde la defunción para poder dedicarle una calle a alguien, pero esa ley tiene su excepción. En caso de que el finado hubiera obtenido en vida la Medalla de la Ciudad, el periodo de cuarentena, establecido sabiamente para que no se tomen decisiones en caliente, queda en suspenso.

Oriol Bohigas, en la plaza Reial, que durante la república fue la plaza de Francesc Macià.

/ JULIO CARBÓ

Hay una propuesta que, lo que son las cosas, ha nacido muerta, explican las fuentes consultadas. Dedicarle a Bohigas la avenida Icària podría parecer natural, pues es la columna vertebral del barrio que alumbró para los JJOO de 1992, pero los propios bohiguistas temen que se les aparezca enojado el espectro del arquitecto si lo hacen, porque, al parecer en vida le gustaba hablar de los vecinos de ese barrio como los icarianos, como si fueran realmente seguidores de las enseñanzas del socialista utópico Étienne Cabet, al que no hay que negarle que ganas le puso para crear comunidades en el mundo en las que bajo el nombre común de Icària se desarrollaran sociedades libros de todo poder.

La lista continúa, aunque con serias dudas, con la Rambla del Raval, en este caso por el empeño que Bohigas puso en distintas etapas de su vida para rescatar de la podredumbre urbanística el distrito central de Barcelona, Ciutat Vella. Aunque ejecutada en época de Joan Clos como alcalde, la apertura de la Rambla del Raval era una idea teorizada con insistencia por Bohigas ya en tiempos de Pasqual Maragall. En este caso, el hándicap es que, aunque le costó despertar, la Rambla del Raval es hoy una avenida con una vibrante vida indisociable tal vez de su nombre.

Que la plaza Reial, en la que tanto creyó que la convirtió en su hogar durante 32 años de su vida, fuera rebautizada como plaza de Oriol Bohigas podrá parecer una supuesta ‘boutade’, como esas que al propio homenajeado le acusaban de pronunciar, pero en defensa de esa opción solo hay un posible argumento, y es que Reial o Real no ha sido siempre su nombre. Entre 1931 y 1939 fue la plaza de Francesc Macià. Queda dicho.

La plaza Reial, bautizada así porque por ahí pasó Isabel II para poner la primera piedra de una estatua erigida en honor de Fernando el Católico, que nunca se completó.

/ Jordi Cotrina

A partir de aquí, todo queda en manos, claro, del criterio del gobierno municipal, heredero, a lo mejor de la errática trayectoria de Barcelona en esta materia. Parece difícil que se supere el bochorno que supuso dedicarle a Ildefons Cerdà la plaza que tiene en su honor. Antoni Rovira i Trias, el que fue su gran rival en el concurso de ideas para el Eixample, tiene una plaza en Gràcia, mucho más pequeña, cierto, pero más mona, con incluso una estatua del propio Rovira sentado en un banco y con una placa en el suelo que recuerda cómo era la ciudad radial que imaginó y que nunca fue posible porque, con buen criterio, se impuso el nombre de Cerdà.

Lo fácil y de achantado por parte de las autoridades competentes será, si es que llega el caso, recurrir a un interior de manzana, el todo vale del callejero, un cajón de sastre en el que, por caber, se ha metido incluso Samuel Hahnemann, el padre de la homeopatía, lo cual sería poco menos que diluir (nunca tan bien dicho) la figura de Bohigas en el nomenclátor de la ciudad.

Desacralizar

Ya para concluir. La web de oficina del nomenclátor tiene una pestaña abierta a modo de buzón de sugerencias, lo cual invita a proponer desde esta imprudente sección ‘barceloneando’, alguna idea más para rendir tributo a Bohigas. La primera, por aquello de desmonarquizar el callejero, sería poner fin a ese sinsentido que es el hecho de que Fernando VII, un rey del que más de un historiador podría sostener con sólidos argumentos que era gilipollas, tenga adjudicada una de las calles más hermosas de la ciudad, Ferran, por mucho que en un intento de maquillar  tal infamia se catalanizara el nombre de esa vía en 1910.

La calle de Ferran, que ya es triste que tanta belleza fuera dedica en su día a un rey tan detestable como Fernando VII.

/ Ferran Nadeu

Segunda propuesta, desacralizar el nomenclátor. Ese es un inmenso campo en el que labrar.

Por ejemplo. ¿Merece una calle alguien que escribió que “toda malicia es muy pequeña en comparación con la malicia de la mujer: ella será la suerte que cabrá al pecador en castigo de sus maldades”, y que sostuvo que “no solo la mujer ha sido causa de tan grandes calamidades en los reinos y naciones, sino también en la Religión, de modo que los heresiarcas y sus herejías han andado siempre acompañados de la mujer”. Era el padre Antonio María Claret, confesor de Isabel II y santo desde su canonización en 1950, pero que ya tuvo su calle, primero como beato, en la ola de bautismos de calles que impuso el franquismo en 1939. Era, además, un convencido defensor de que la mujer debe aceptar con resignación los malos tratos domésticos. “Como buena cristiana, sufrirás y callarás, y así desarmarás a tu marido...”.

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Se podrá sostener, y con razón, que en una calle perimetral del Eixample como aquella no tiene gran sentido que figure el nombre de Bohigas. De acuerdo. Ese absurdo podría corregirse con otra calle de resonancias clericales, la del Cardenal Casañas, otro ilustre de la ciudad, del que siempre se recuerda que sobrevivió a un atentado anarquista el día de Navidad de 1905 y se orillan, por el contrario, sus simpatías por el carlismo más retrógrado. En su faceta de arquitecto, Bohigas, a través del estudio MBM, fue autor de esa puerta lateral que a esa calle abre el llamado Palau Nou de la Rambla y que forma un perfecto marco para el campanario de la iglesia de Santa Maria del Pi, según se mira desde la Rambla.

Posdata final. Oído por ahí. Podían dedicarle la plaza dura por excelencia de esta ciudad, la de los Països Catalans, acceso principal de la estación de Sants, pero se trata de hacerle un homenaje, de no reabrir viejas discusiones de esta ciudad.