Adiós a una figura inimitable e irrepetible

El placer de vivir 30 años en un 'bohigas'

Salvador Matas, arquitecto e incluso alumno en su día de Bohigas, en lo que podría considerarse un homenaje póstumo, nos abre las puertas de Escorial 50, su hogar y hermosa obra del fallecido

Salvador Matas, en el salón de su piso, suelo hidráulico y paredes de hormigón, una obra que en 1962 obtuvo el galardón FAD.

Salvador Matas, en el salón de su piso, suelo hidráulico y paredes de hormigón, una obra que en 1962 obtuvo el galardón FAD. / Ferran Nadeu

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Ha muerto Oriol Bohigas, un arquitecto en las antípodas del calatravismo, si por ello se entiende que en esa faceta profesional pocas veces buscó la monumentalidad, como si de la escala y de las formas, y de la calidad de los mármoles y del tamaño de los arcos de metal, se pudiera deducir el tamaño del ego del autor del proyecto. No era su caso. Apenas han pasado 24 horas de su plácido deceso, en casa y en compañía de su familia, y la mejor manera de afrontar un segundo y merecido obituario (el primero, ‘El amante de Barcelona’, intentó ser un compendio de 95 años de vida, que no es poco) tal vez sea compartir un café con Salvador Matas, arquitecto, como Bohigas, pero, sobre todo, inquilino desde hace 30 años de un ‘bohigas’, es decir, uno de sus primeros y más representativos edificios residenciales, en el número 50 de la calle Escorial de Barcelona. Es, vaya esto como anticipo de la conclusión final, una obra que, aunque una placa recuerda justo en la entrada que es premio FAD de 1962, conserva aún una exquisita modernidad.

A lo mejor parecerá extraño que la forma de encabezar un obituario de un personaje capital en la historia de Barcelona, como Bohigas, sea comenzar la primera fase por un subrayado de lo que no era, o sea, calatraviano o, por extensión, uno de esos arquitectos que tan a gusto se sienten actualmente trabajando a cambio de grandes minutas para las autoridades saudís, con proyectos pornográficamente caros y de dimensiones megalómanas. A su manera y con mucha humildad, esta forma de comenzar es solo un atropellado homenaje a la desinhibida, provocadora y radical forma de expresarse que el propio Bohigas tenía, una figura referencial de la historia de Barcelona, para la que no está ni siquiera previsto un funeral de aquellos en que amigos y conocidos esculpen un monumento de palabras con su figura. Dejó decidido tiempo atrás que su cuerpo fuera donado para la ciencia y que no hubiera ceremonias de adiós.

Recuérdese, antes de proseguir, lo sucedido en 1986. Aquel año, como tantos otros, fue el encargado de pronunciar el discurso inaugural del curso de la escuela de diseño Eina y creyó oportuno hacer notar a los estudiantes que el recién estrenado Centro Cultura Reina Sofía era arquitectónicamente “más feo que el Escorial”. Con un único disparo acababa de tumbar dos iconos del orgullo madrileño. La polémica (ya se sabe cómo era entonces y es aún la canallesca) fue morrocutuda, pero eso a Bohigas nunca pareció importarle.

Las vistas desde la última planta de la finca sobre la Vila de Gràcia, a través de una pared íntegramente de cristal.

/ Ferran Nadeu

La cuestión es que no deja de tener su qué el hecho de que ahora, por puro azar, esta crónica podría haberse titulado perfectamente ‘Más bello que Escorial, 50’, dirección postal en la que vive Matas, en la última doble planta de uno de los edificios más altos de Gràcia, incomprendido por muchos, pero una maravilla si se tiene la ocasión de poder visitarlo. No en vano, hace dos años, durante la celebración del Open House Barcelona, era un piso visitable. El propio Matas era el encargado, aunque justo de tiempo, para facilitar así la rotación de público, era el encargado de destacar las peculiaridades residenciales de esa finca.

No deja de tener su gracia que el propio Matas fue alumno de la Escuela de Arquitectura cuando Bohigas era el director. El temido y detestado director, para ser más exactos. Su carácter directo, como un puño, no le hacía simpático a ojos de los estudiantes, pero en verdad la animadversión que le profesaban tenía que ver más con el contexto del momento, en el que un director sí o sí representaba el poder y era, en cierto modo, el rival en el pulso. Confiesa Matas que estuvo presente aquel día en que le tapiaron el despacho, que se supone que será la peor de las ofensas si del gremio de arquitectos se trata, pero asegura que él al menos no puso ningún ladrillo.

Por eso es que hace 30 años terminara por comprar un piso en esa rareza arquitectónica de la calle Escorial, en la que lo primero que se respira es hasta qué punto el Bohigas viajero en su etapa juvenil se empapó de las nuevas formas de vivir que despuntaban en Europa. La finca tiene algo, por no decir mucho, de la Unité d’Habitation de Marsella de Le Corbusier, un edificio de viviendas considerado el renacer de la arquitectura de la posguerra. Tiene también algo, porque la pared principal del salón comedor és íntegramente de cristal, de Mies van der Rohe, una filia confesa de Bohigas. Pero esos dos apuntes no deben inducir al engaño. Escorial 50 no es una torre con pretensiones. Es arquitectura popular, subraya Matas, un ejemplo notable de economía en la construcción y, sobre todo, un lugar para vivir.

"La calle", como dice Matas, que une los apartamentos de cada piso, lugar de encuentro y, a veces, hasta de sacar las sillas.

/ Ferran Nadeu

Sobre esa última afirmación, este arquitecto y vecino invita a disfrutar del pasillo que comunica todos los apartamentos de la novena planta. No es un pasillo cubierto. “Es como una calle”. Es un lugar en el que si uno se cruza con un vecino no se saluda escuetamente y adiós, sino que se comporta, un poco, como si coincidiera con él en la calle de verdad, pero con unas vistas excepcionales hacia el levante de la ciudad. Es un mirador privilegiado, ya que estamos, sobre las dos sagradas familias metropolitanas, la que detestaba Bohigas, o sea, la que fue continuada tras la muerte de Antoni Gaudí, y la de Sant Adrià, esas tres chimeneas sin las que el ‘skyline’ metropolitano sería mucho más insustancial.

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“Todo en este edificio es sobriedad, nada es ostentoso, no hay nada superfluo”, invita a observar Matas. Así es. Tiene incluso algún leve eco brutalista. Las paredes principales son de hormigón desnudo, no solo por fuera, también en el interior de los pisos. Arquitectónicamente son 18 pisos, pero como cada viviendas es un dúplex y los ascensores paran solo en la intersección de cada dos bloques de viviendas, en realidad los elevadores solo hacen cuatro paradas. Eso, a finales de los años 50, cuando un aún treintañero Bohigas participó en el proyecto, era, podría decirse, economía de guerra arquitectónica. Hoy es una filigrana que las nuevas normativas no permitirían, pero su supervivencia en la trama urbana de esta ciudad, que tanto ha cambiado y no siempre a mejor, es un lujo.

Barcelona acaba de perder, lo dicho, a alguien que la amó tanto que hizo de ella, en la medida de sus fuerzas, una ciudad mejor. Su herencia es sobre todo visible a pie de calle. Pero Bohigas era tantas personas a la vez que incluso esta visita a uno de sus primeros edificios, que parecerá modesto, sirve para retratarle como alguien mayúsculo e, incluso, quién sabe, para que algún día, en el discurso inaugural de Eina, alguien diga, a modo de máximo elogio, que algo es más bello que Escorial 50.

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